The Congress: bienvenidos a una imagen desligada de la realidad

The Congress, la última obra del israelí Ari Folman, es un baile interminable de imágenes y texturas. Porque su película es, ante todo, el tránsito en los modos de representación cinematográficos: ha construido una película en imagen real, en imagen animada y con planos que funden ambas texturas de imagen. Por todo ello, The Congress es, ante todo, una experiencia, más allá de que pueda ser interpretada como un experimento fracasado, a causa de su dispersión, o como una obra magnética.

crítica de the congress

Y, para ejecutar esta danza de texturas, Ari Folman recurre a la adaptación de una obra de Stanislaw Lem, el gran filósofo de la ciencia ficción. La trama sigue a una actriz Robin Wright a la que convencen para que su imagen como actriz pueda ser atrapada y reproducida para realizar nuevas películas en su ausencia, pues una nueva tecnología permite modular la imagen sin su fundamento real, el actor. Y todo este tránsito de imagen con actores reales a imagen animada encuentra una primera justificación genérica: la imagen real sirve para plantear las posibilidades tecnológicas para llegar a un mundo distópico, mientras que la imagen animada es la única posibilidad de representar la distopía. De este modo, lo real sirve como soporte del punto de partida, como medio para crear verosimilitud en la proyección de un mundo totalmente transformado por la tecnología, en su proceso de implantación; y lo animado sirve para representar sus efectos, ese mundo de imágenes que se ha desligado de la realidad que una vez lo engendró.

The Congress es como si Matrix lo hubiese rodado el director de los musicales psicodélicos basados en The Beatles. Y es que plantea la misma temática que la obra de los hermanos Wachowski, y sobre ella sobrepone una estética de animación psicodélica, donde Ari Folman ha ejercido una gran maestría en el diseño. Y aquí es donde la división en distintos modos de representación cinematográfica encuentra su fundamento, pues el mundo cinematográfico planteado por el film se escinde también en dos: por un lado, el Matrix, la ficción en donde se accede a la imagen que ha suplantado la realidad; por otro lado, la realidad en su crudeza.

Crítica de The Congress

En The Congress, las pastillas han sido sustituidas por ampollas que se digieren, y que permiten la desaparición del sujeto real para entrar en el mundo de las imágenes. Porque estas ampollas son un invento que el líder Rif Bobs, una clara deformación de Steve Jobs, pretende impulsar en un congreso celebrado en el Hotel Abrahama (este nombre que parece provenir de la necesidad de sacrificar al sujeto real para vivir en su doble). Unas ampollas que parecen impulsar una metamorfosis de la conciencia universal: el sujeto puede reimaginarse en un mundo donde todo fluctúa y cambia.

Se trata de un mundo fundado en el espectáculo, pues es una imagen evasiva que pretende alejarnos de lo traumático de la realidad. Un constructo que es una suma de la ideología social del espectáculo, que suplanta lo real por una imagen que la dulcifica; y de una aspiración del individuo por vivir en una mirada que obstruya lo real. Y aquí Ari Folman introduce, muy sabiamente, personajes extraídos del mundo del espectáculo, porque al fin y al cabo, estamos en un mundo de proyecciones, y así es como encontramos en el hotel encontramos una Betty Boop adelgazada, figuras que se transforman momentáneamente en Marilyn Monroe o Clint Eastwood, e incluso el líder de esta reforma de la sociedad, que se llama Rif Bobs, una deformación de Steve Jobs.

Crítica de The Congress

Y aquí encuentra su entidad la elección de la profesión de la protagonista: ella es actriz, porque la interpretación cinematográfica es la apoteosis de la claustrofobia de las imágenes. La imagen atrapa a quien es filmado, y el actor queda encerrado en una imagen que termina por suplantarle; queda fijado en signos visuales que cobran autonomía. Por eso, el Congreso utiliza la imagen de Robin Wright, la actriz protagonista, como símbolo, porque ella, en su trabajo como actriz, es una imagen antes que una persona. Es una idea, creada por la suma de sus personajes, más que un ser real. Y ella debe convertirse en una especie de vanguardia de las derivas de un mundo hundido en sus imágenes, desbordado y suprimido por ellas.

Pero no toda imagen es negativa: como afirma Slavoj Zizek, lo interesante no es buscar qué es imagen en la realidad, sino lo contrario, ver qué hay de realidad en las imágenes. Y así es como dentro de The Congress parece haber otro mundo más denso y profundo, donde se alcanza en las imágenes una cierta realidad: el director crea aquí un mundo de videojuego, con una Nueva York plagada de jardines, rascacielos con raíces como árboles, animales en las calles selváticas y paseantes que funden distintas ideologías, como la pareja formada por Picasso y Beyoncé, o la convivencia de Buda y Jesucristo.

Crítica de The Congress

Es el espacio en el que el sujeto logra una disociación para encontrarse en una intersubjetividad armoniosa: se pierde el principio de individuación para acceder a unas imágenes de lo real colectivas. Y estas imágenes están más allá de lo que se es capaz de desear; el deseo más íntimo traído a primer plano, y por lo tanto, también causa una saturación. Por ello, aquí hay contraposición de varios niveles de mundos que otorga una gran complejidad a la trama.

Y hay planos donde la imagen real y la animada se conjugan, aunque únicamente reproducen la imagen de la actriz Robin Wright: es el contacto de la imagen proyectada por el propio sujeto y el mundo de imágenes creado por la ideología social, y es la perfecta síntesis de lo que significa este personaje bisagra que toma como protagonista, consciente y conectado a ambos mundos. Aún así, creo que Ari Folman no ha logrado una perfecta fusión de imagen real y animada, pues los planos donde irrumpen unidas carecen de belleza, no consigue integrarlas en su estética.

Crítica de The Congress

Todas estas esferas construye Ari Folman, en una obra dispersa y que puede hacer aguas en algunos fragmentos, pero que sin duda, conduce al espectador en un río, en un torrente de imaginación, especialmente en la parte animada, que sin duda, lo convierten en una película imprescindible a ver de este año.

4 estrellas