«Organizamos nuestra memoria a partir de las narraciones del cine»

The Act of Killing es, sin duda, una de las propuestas más radicales que, seguramente, podamos encontrar en el panorama cinematográfico actual. Y es que su fusión entre realidad y ficción se erige como único medio para representar la muestra más paradigmática de la brutalidad del ser humano: el genocidio. Porque este documental ficcional pretende abordar uno de los genocidios más desconocidos del s. XX, el sucedido en Indonesia entre 1965 y 1966, en el que fueron asesinadas más de 1 millón de personas por su filiación comunista, en manos de un gobierno que se sirvió de gángsters, procedentes de la esfera de lo privado, quienes ejecutaron a la mayor parte de las víctimas. Un genocidio que ha quedado sepultado por el olvido, y que los directores, Joshua Oppenheimer y Christine Cynn, pretenden recuperar y representar, pero ¿cómo representar tal brutalidad? Pues la respuesta es inmejorable: han tomado a los ejecutores que perpetraron el genocidio y con ellos escenifican los métodos de matanzas que utilizaban, de modo que ficcionalizan los asesinatos en el presente como única forma de acceder a su sentido. Y, ante la bizarra propuesta que supone The Act of Killing, necesitaba más respuestas, y en una entrevista a Christine Cynn, su co-directora, en el Documenta Madrid 2013, hemos descubierto algunos de los motivos que han permitido su rodaje y han guiado su puesta en escena:

entrevista a christine cynn

Queridísimos verdugos

Uno de los aspectos que más conmocionan de la película es la naturalidad con la que los verdugos narran directamente a cámara las atrocidades que cometieron, sin avergonzarse ni desarrollar un sentimiento de culpa, e incluso se atreven a escenificar los métodos de asesinato a los que recurrieron en el genocidio. Y la entrevista a Christine Cynn nos permitió descubrir que ni siquiera fue necesario convencerlos o fingir que el documental no era crítico con el genocidio: "Fue fácil contactar con los asesinos y los perpetradores del genocidio. Tuve relaciones con varios perpetradores, el protagonista fue el asesino número 41 al que entrevisté. Pero ellos no tiene problemas en salir delante de la cámara: están orgullosos de lo que han hecho todos ellos. No tienes que convencerlos, porque piensan que ha sido esencial su papel para derrocar al comunismo".

Pero, en realidad, esta película es lo que estos verdugos estaban esperando. Porque los ejecutores se habían inspirado en el cine para construir sus propios métodos de matanza, especialmente en el cine policíaco, y por lo tanto, esta película podría ser la recreación de esta ambigüedad que vivieron durante el genocidio, fundiendo cine y realidad: "Los asesinos estaban atraídos por el cine y querían estar en el cine, y él quería expresarse en la cámara como si estuviese dentro de su género cinematográfico favorito. Él realmente quería escenificar los asesinatos, porque se sentía en una película. Había que buscar los trajes y el maquillaje pero él deseaba integrarse en la película y en su estética. La gente me pregunta: ¿cómo llegaste a ellos? Es que ellos realmente deseaban hacerlo, es lo que más querían hacer.

Entrevista a Christine Cynn

Todo documental es una ficción

Christine Cynn no quiso realizar un documental con imágenes de archivo, que funcione como una especie de arqueología del pasado. Porque lo que ella desea es investigar los espacios en los que nace el mal: pretende una sumersión en los abismos de la maldad. Por ello, no servía una investigación histórica, pues con ello no se accedía a la mente de sus protagonistas: era preciso el recurso a la ficción. En la entrevista a Christine Cynn descubrimos una idea fundamental: "Con esta película trataba de documentar la imaginación".

Además, Christine Cynn sabe que la realidad no se puede captar en bruto en un documental, pues la cámara siempre implica una construcción. Por ello, prefiere tomar la ficción como método de acceso a la realidad y al pasado: "Y es que siempre hay una ficción en el documental, el hecho de que haya una cámara filmando y se actúe como si no estuviera, es en realidad una ficción, no es verdad. Por qué no usar la cámara para catalizar una realidad que, es en realidad una performance: la cámara recoge una idea, no la realidad en bruto".

Entrevista a Christine Cynn

Y toda vida es también una ficción

Su película utiliza un lenguaje cinematográfico a la hora de recrear las matanzas, como si asistiésemos a una escena de tortura en un cine policíaco o un thriller. Pero con ello no quiere señalar que la representación de la violencia lleve a una mayor violencia en la realidad: "La idea de que el cine engendra violencia es demasiado simple, no pretendo en ningún momento apoyarla". Su idea es mas compleja, pues pretende señalar la forma en que ficcionalizamos la realidad de forma inconsciente, de modo que somos incapaces de acceder a la realidad en bruto, y actuamos a través de su imagen: "La división entre lo que consumimos y lo que somos no es tan fuerte, y en esa frontera se encuentra la identidad. Nos vemos a nosotros mismos a través del filtro del cine, de la televisión, como un fotograma. Utilizamos el lenguaje del cine para vernos a nosotros mismos. Si hiciésemos una película de ficción sobre uno mismo, utilizarías el lenguaje que conoces de la ficción cinematográfica".

En el fondo es la idea que defendió Jean Baudrillard en Cultura y simulacro, donde advertía que la realidad ha sido suplantada por la imagen que reproducen los medios y, por lo tanto, ya no vivimos sino en un simulacro de la realidad, que ha perdido toda conexión con la fuente que lo engendró. Por eso, los ejecutores recurren al lenguaje del cine para perpetrar sus matanzas. Y es que, a partir de este simulacro, que se reproduce en el cine, donde la historia real ha quedado suplantada por su representación en imágenes y las convenciones narrativas del cine, llegamos a interpretar nuestra propia vida: "no quiero apoyar la idea simple de que somos personajes en nuestra propia existencia. Pero normalmente ordenamos la vida de acuerdo a los principios de una historia cinematográfica, con el comienzo, el final y las fases de la redención, el anticlímax, etc. E incluso organizamos la memoria a partir de las narraciones del cine, y The Act of Killing es una película sobre el precio que supone concebir así la realidad. Y es que la vida no tiene principios ni finales, y sin embargo, siempre extraemos el sentido a partir de los finales que fijamos en la historia vital, aun cuando son ficciones".

Y esto tiene una consecuencia sobre nuestra concepción de la realidad: al ficcionalizar nuestra visión del mundo, hay elementos que quedan expulsados de su representación en el simulacro, y uno de ellos es el dolor, que es desterrado. En el simulacro no hay dolor y, por lo tanto, los ejecutores pueden ejercer la violencia sin sentimiento de culpa, pues no creen que estén causando sufrimiento al vivir en la virtualidad de lo real que hemos construido en el s. XX. Y es que una concepción ficcional de la vida es, sin duda, reductora de la realidad, y The Act of Killing pretende traer a la imagen esa violencia: "Pero a la vez, es una película sobre lo que no está en el fotograma, sobre lo que está desaparecido de esta memoria cinematográfica, pues muchas imágenes no caben en esta forma de organizar el pasado".

Entrevista a Christine Cynn

La repercusión de la película

Y, si algo certifica esta película es que el cine sigue teniendo una influencia fundamental sobre la sociedad. De hecho, su estreno nos recuerda a esa etapa en el cine occidental en el que una película podía dejar en shock a la cinefilia ante lo que representa en sus imágenes, elemento que ya no se da tan frecuentemente, gracias a que la libertad de expresión y la supresión de toda censura (sea el Código Hayes, o la censura franquista) ha permitido la representación de cualquier acontecimiento en el celuloide. Pero en Indonesia se ha instaurado un pacto de olvido respecto al tema y no es posible hablar abiertamente del genocidio, por lo que podría generar polémica en el país. De hecho, los títulos de crédito están compuestos por gente que no ha podido fijar su nombre porque su vida correría peligro, y sólo podemos descubrir la palabra "anónimo". Por el momento, ha encontrado al menos su hueco entre las salas del país: "soy pesimista por naturaleza, pero el film está teniendo un gran eco en Indonesia. No se ha estrenado en salas comerciales, pero sí en pases especiales, y cada día lo ven más espectadores, e incluso una revista de cine le ha dedicado un monográfico al film. Este hecho es sorprendente, porque el ejército tiene un gran poder sobre lo que se publica. Después de escuchar la historia más terrible en el más terrible de los mundos, he encontrado la esperanza en la resonancia internacional que está teniendo la película, pues puede crear efectos internos".

Entrevista a Christine Cynn

Y The Act of Killing al menos debe servir para remover la conciencia de la gente y obligarles a revisitar el pasado, no solamente a los que lo vivieron, sino también a las nuevas generaciones que durante años han vivido en una amnesia histórica: "Con The Act of Killing quiero comenzar un debate, especialmente para las generaciones jóvenes, que no conocieron el genocidio. Mucha gente joven está en shock al conocer la matanza a través del film, y se preguntan: ¿por qué ocurrió esto? ¿Por qué nadie me habló de ello, ni los padres ni los profesores? Es un proceso muy positivo si la película genera estos efectos".