The Bling Ring, de Sofia Coppola, o cómo descubrir que Hermione era una cleptómana

Sofia Coppola ha ofrecido en The Bling Ring el reverso de toda su filmografía: el análisis de la frivolidad y la superficialidad continúan, pero ahora la cámara se traslada al otro lado del espejo. Tres películas, Lost in Translation, Marie Antoinette (Maria Antonieta) y Somewhere, habían ubicado su mirada en la fama, en ese espacio a veces rodeado de la nada, sobre el que se proyectan imágenes para hacerlo atractivo. Y bien, en The Bling Ring, ahora estamos en el germen de la proyección, en una serie de adolescentes que roban objetos valiosos de sus actores y actrices predilectos para mantenerlos como fetiche: es una ebriedad de mitomanía, pues no es el dinero su motor, sino su aspiración a la celebridad.

Crítica de The Bling RingEl hecho de ubicar la cámara en el origen de los focos, y no en su destino, es lo que hace mucho más interesante el film que Somewhere, donde se repetían temas de Lost in Translation y no había ningún elemento realmente innovador. Porque ahora estamos junto a personajes con un deseo asintótico que no pueden satisfacer, admiradores de una fama que desean alcanzar, pero que ante todo desean tocar: el contacto con los objetos les basta. Estamos, por ello, en un film plagado de objetos, porque su subjetividad, es decir, su deseo más íntimo, reside en ellos. Así, ya no andamos con personajes célebres y lánguidos, sino con personajes mucho más potentes y enérgicos, con un punto de fuga en su personalidad que colman a toda costa con la cleptomanía de lentejuelas. Estamos ante kinkas pijas que roban bolsos y zapatos por las noches, y eso siempre seduce más que el pijerío en su pureza.

Emma Watson aquí se desliga de su túnica y toma los atuendos más atrevidos, que permiten hacernos conscientes que, bajo Hermione había una auténtica bitch. Y Coppola juega con ello, con esa estética de la frivolidad, pues sus personajes se hacen fotos a sí mismos con el móvil con dos dedos en sus ojos, y fundan sus conversaciones en la celebridad. Sin embargo, tienen una cierta entidad, pues estos personajes, en particular el único masculino, muestran una carencia, una no aceptación en su entorno, que les lleva al refugio de la fama: no hay sexo, porque el sexo está en la mirada.

Pero no sólo es en el grupo social retratado donde encontramos la innovación: Sofia Coppola ha proyectado una estética acorde con la mitomanía que mueve al robo a sus personajes. De este modo, ha abandonado el estatismo de Somewhere, síntoma de la parálisis de sus personajes, y ha construido un mundo estético que atrapa por los sentidos: la cámara en mano persigue a sus personajes con audacia cuando ejecutan los robos, y ante todo, hay una seducción a través de la combinación de música e imagen.

Crítica de The Bling Ring

La escena de apertura es paradigmática de este hecho, con un robo realizado con música electrónica de fondo, y con planos montados al ritmo de la pieza musical, próximo a ciertas pautas del videoclip. Del mismo modo, los planos dentro de la discoteca son sintomáticos de esta hipnosis, a través de la conjugación de música e imagen, que logra instaurar en el espectador. En este sentido, parece que estemos ante un Spring Breakers suavizado, donde el sexo se sustituye por un coito a través de las imágenes. Desde mi punto de vista, Sofia Coppola ha avanzado en su faceta como directora, y ha logrado su film más atmosférico y sugerente.

Asimismo, hay un plano fundamental: un robo que se produce en una casa acristalada, y que filma con un plano general, y nos muestra a los ladrones transitando por habitaciones mientras encienden y apagan las luces; un plano que sintetiza su deseo, robar no para ellos, sino robar para la explicitación de su objeto adquirido ilegalmente. Ellos toman lo de otros para adquirir una segunda piel, una identidad diferente, hacia los demás, y por ello, no es un robo en secreto, pues se produce un desprendimiento de la intimidad a través de la cleptomanía.

Crítica de The Bling Ring

La idea de la película surgió de la lectura, por parte de Sofia Coppola, de un artículo de Variety donde narraban el caso de la cleptomanía. Así, otro gran rasgo del film es su capacidad para combinar una estética que desborda con un cierto halo de documental: Coppola nos recuerda que estamos ante un caso real introduciendo numerosos recortes de revistas, imágenes de televisión o incluso utilizando el Facebook, que aquí adquiere rango cinematográfico, pues pocos directores han sabido integrarlo en su narrativa: es una película sobre la fama y, por lo tanto, no puede dejar de lado un cubismo de texturas en su metraje, pues bombardea al espectador con los artefactos que permiten la transmisión de la fama y la generación de la admiración.

Aunque Coppola no olvida la celebridad, pues ésta aparece en la profundidad de campo o en los puntos de fuga de la película, a través de dos recursos: en primer lugar, a partir de imágenes de revistas y grabaciones de la televisión, mostrando la textura directa de la fama, siempre filtrada por la imagen televisiva; y en segundo lugar, a través de los objetos de las estrellas, que son sintomáticos de un narcisismo de las propias celebridades, pues encontramos las paredes de la casa de Paris Hilton forradas con sus propias imágenes, en una especie de idolatría propia. Y tanto ellas como los aspirantes al mito son vistos desde el filtro de la ironía: una ironía libre y siempre respetuosa con los personajes, sin llegar a tomarlos como una broma. Una ironía que estalla, ya, desde su comienzo, cuando unas letras similares a las Comic Sans irrumpen en el plano. Y así, Coppola construye un film de imágenes pleno de ironía para recordarnos todo el sistema que hemos construido de mitomanía a través de los medios.

3 estrellas