The Act of Killing: ¿alguien dijo genocidio?

"Esta prohibido matar; por lo tanto, todos los asesinos son castigados, a menos de que maten en grandes cantidades y al sonido de las trompetas". Con esta frase de Voltaire, que alude indirectamente al Apocalipsis, arranca The Act of Killing, de Joshua Oppenheimer, sin duda, el documental más radical de Documenta Madrid 2013 y una de las propuestas más arriesgadas de este modo de representación de los últimos años. Y es que esta frase de resonancias bíblicas tiene, sin duda, una aplicación práctica a cualquier genocidio que haya quedado impune y no ha recibido unos juicios de Nüremberg tras su ejecución. Porque si el Apocalipsis se justifica como forma de purificar a la sociedad, del mismo modo, todo genocidio se argumenta por el anhelo de pureza racial de la clase que lo ejecuta; y, si se realiza en grandes cantidades, más difícil será fijar su castigo.

Crítica de The act of killing

En el caso de The Act of Killing, nos trasladamos al genocidio que se produjo en Indonesia en 1965 y 1966, totalmente velado para la sociedad occidental y que este documental pretende lanzar a la primera plana. Porque en apenas dos años, más de un millón de personas fueron asesinadas, acusadas de militar en el comunismo o compartir tal ideología; entre ellos, toda la etnia china fue erradicada, pues su simple procedencia de un país con el comunismo instaurado como forma de gobierno era suficiente pretexto para su ejecución. Pero al documental, que obtenido el Primer Premio en el festival, se le plantea una interesante cuestión: ¿cómo representar un genocidio en la imagen? ¿cómo trasladar al cine una matanza sistemática?

Y The Act of Killing ofrece una respuesta brillante a esta pregunta. Porque lo primero que propone es desterrar dos elementos que impulsan el sensacionalismo: en primer lugar, la reconstrucción de los hechos de forma fiel, pues el documental sabe que es imposible acceder a la realidad del pasado y que todo intento de emularlo es, al fin y al cabo, una ficción; en segundo lugar, la imagen de archivo, que supone, en por un lado, una expulsión de todo aquello que una vez no fue fijado en una imagen, y en segundo lugar, una imposición de imágenes sobre las retinas del espectador, impidiendo el libre vuelo de su imaginación.

Crítica de The Act of Killing

The Act of Killing recurre a la ficcionalización de las matanzas: no a su reconstrucción, pues no pretende ser fiel al pasado, sino a una recreación de las mismas en las condiciones actuales. Porque la directora sabe que la convención del documental, que afirma que recoge la realidad y que la cámara al final desaparece, es una ficción, ya que todo documental parte inevitablemente de un punto de vista. Así, lo que ha deseado es explicitar ese carácter ficticio del documental y mostrar que la única forma de acceder al pasado es, en realidad, desde la ficción.

De hecho, sería impensable reconstruir las escenas de matanza sistemática, pues un genocidio es un hecho excesivamente traumático, que siempre ciega por su sadismo y crueldad: es imposible representar en la mirada la violencia y la muerte de un millón de personas. Y es que, en esa erradicación de un sector de la población, emana lo real lacaniano, lo traumático de una sociedad que expulsa a los que no aceptan la ideología oficial y recurren a su asesinato: eso real lacaniano no puede captarse directamente, sino que sólo lo captamos a través de sus efectos, de sus síntomas sociales. Y, para acceder a ese núcleo irrepresentable, sólo se puede recurrir a la ficción: Joshua Oppenheimer ejecuta, aquí, una documentación de la imaginación, como única posibilidad de conocer las masacres perpetradas.

Crítica de The Act of Killing

Pero esta ficcioanlización es guiada por artífices de lujo: la directora contacta con los propios ejecutores de la matanza en 1965 y 1966, que más de 40 años después siguen orgullosos de sus actos, pues afirman que gracias a su actuación lograron detener el comunismo: este orgullo procede de un país que no ha vivido una transición y, por lo tanto, no ha sido capaz de reescribir la historia tomando el punto de vista de los vencidos también. Un país que todavía no ha mirado al pasado, que ha impuesto un pacto de olvido, y en el que es posible escuchar frases lapidarias de los ejecutores como una que vierte directamente a cámara:

Lo difícil no es asesinar a alguien, ni eludir el castigo. Lo difícil es no sentirte culpable de ello, y para ello, cualquier excusa es válida.

Estos ejecutores no son, en realidad, hombres del gobierno, sino gángster privados que actúan siguiendo la ideología capitalista del gobierno, pero por sus propios medios, de forma privada: fue en ocasiones una matanza organizada desde el ámbito privado, pues así podrían obtener favores de lo público. De hecho, gángster en indonesio se traduce como "Free Man" de forma literal, pues estos elementos sociales disponen de una libertad radical en su conducta.

Crítica de The Act of Killing

Y ellos, quienes una vez ejercieron la crueldad más absoluta, la vuelven a ejercitar, aunque en esta ocasión de forma ficcional. Delante de la cámara toman la posición de verdugo y nos muestran las técnicas que utilizaron para erradicar a parte de la población, a través de actores que sirven como víctimas. Pero, más tarde, ellos mismos toman el papel de víctimas, y se sumergen en la escenificación de la matanza en la piel de quien está condenado, a muerte, de antemano. Así, el documental no pretende, únicamente, escenificar el genocidio, sino invertir los roles, tratar de poner al ejecutor en la posición de la víctima e inicia un proceso de empatía. Para ello, obliga a los ejecutores, a los verdugos, a visionar los videos de las matanzas ficcionales, tratando de entender así, a través de la imagen fijada, ya con la distancia, y fomentando su imaginación, la crueldad y el sadismo que han movido su conducta en el pasado.

Pero el discurso de la ficción es mucho más denso, pues no sólo sirve como medio de representación y acceso al pasado, sino también como medio de comprensión y análisis. Porque los propios ejecutores afirman que, en sus métodos, se inspiraron en las películas de gángsters de Hollywood que por aquella época llegaban al país, y de ellas extrajeron la idea de asesinar a los individuos con un alambre rodeado al cuello, pues se sumerge tanto en la piel que impide a la víctima su extracción. Por ello, la directora filma las escenas como si se tratase de una película de ficción, de cine negro con el humo colapsando el plano. Así, la ficción tiene dos fases en el metraje: en un primer momento, inspiró los mecanismos de asesinato, y en un segundo lugar, se convierte en la única forma de representar la matanza.

Crítica de The Act of Killing

Pero esta idea trasciende el discurso de que la ficción puede engendrar efectos sobre la realidad: no desea la directora señalar que la representación de la violencia crea violencia en la realidad. No, su discurso es mucho más interesante y menos maniqueo. La película parece señalar la facilidad con la que vivimos la realidad como una ficción gracias al consumo masivo de cine, de modo que los actos que ejecutamos en la realidad en ocasiones no parecen reales, sino simulados: vivimos en un simulacro, como decía el filósofo francés Jean Baudrillard, donde la imagen ha suplantado la realidad. Por ello, los ejecutores están contaminados por las imágenes que les han invadido, y actúan sin vislumbrar los efectos en la realidad que producen: por eso se sienten orgullos de sus crueles hazañas. Y The Act of Killing sirve como una toma de conciencia doble: para los ejecutores de la realidad de sus hechos, y para la sociedad, de la necesidad de recuperar la memoria y no repetir estas matanzas sistemáticas.

4 estrellas