Metamorphosen: vivir en una de las zonas con mayor radioactividad del mundo

Todos conocemos los casos de las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki, o los accidentes nucleares de Chernóbil o, más recientemente, de Fukushima, con sus catastróficos efectos radioactivos sobre la zona circundante. Pero, sin embargo, ha permanecido velado a la opinión pública uno de los accidentes nucleares más graves de la historia de esta forma de producción energética: el de la región de Mayak, ubicado en los vastos parajes de las zonas más deshabitadas de Rusia, al sur de los Montes Urales y ya próximo a Kazajistán. Una región de 20.000 km2 que contiene un nivel similar de radioactividad a los alcanzados en Chernobyl, y donde se sumerge la cámara del joven cineasta alemán Sebastian Mez, que con este retrato sin concesiones de los efectos del accidente nuclear firma la película para su graduación en la escuela de cine.

Crítica de MetamorphosenY es que sorprende que un caso así todavía permanezca velado para la opinión pública. Porque en Mayak tuvo lugar en *1957** una explosión en una de las primeras plantas nucleares instaladas por la URSS, formando una nube amenazante que la propia población divisó y comenzó a generar enfermedades y malformaciones entre los habitantes. Estos escapes empezaron a producirse ya en 1947 y se han repetido casi hasta el año 2000, pero el gobierno mantuvo en silencio para evitar el desprestigio de la URSS. A ello contribuyó el aislamiento de la zona, ubicada en esa Rusia que nunca aparece representada y que, por su despoblamiento, no podía hacer mucho para llamar la atención de la prensa ni alzar su voz. La cámara de Mez es su voz, quien después de realizar una pieza audiovisual sobre Fukushima, decidió seguir investigando sobre la historia de los accidentes nucleares, y así es como descubrió el caso de Mayak. Y con un presupuesto ínfimo y la única ayuda de una asistente, que traducía del ruso al alemán y viceversa, se sumergió en la zona, sin trajes de aislamiento, pues quería evitar la distancia entre su cámara y los habitantes.

Porque si una cosa caracteriza a las concentraciones de radiación es su invisibilidad, convirtiéndose en una amenaza constante; por lo tanto, un documental al uso, con entrevistas y planos generales de la zona, no serviría para el propósito de hacer visible lo invisible, de hacer palpable una tragedia oculta a la mirada. La cámara debe, pues, crear, no sólo representar: es el cometido de Mez lograr generar en huellas visibles en la imagen la amenaza de la radiación. Y aquí cobran entidad todos los recursos que integra Mez en la narrativa.

crítica de Metamorphosen

Porque Metamorphosen trata de recoger los efectos atmosféricos de la zona: se esfuerza en hacer visible el viento que agita constantemente los campos, y que sirve para simbolizar esa nube del pasado, que tantos perjuicios creó en la población. Asimismo, también hace visible la niebla, la nieve y las nubes, siempre como síntomas visuales de una radiación que escapa a los ojos. La cámara también filma con gran proximidad los bosques, aunque tan sumergida en su seno que recoge árboles individuales, no concentraciones forestales: para ello, los planos se deslizan por sus troncos, donde podemos ver las huellas de la radiación, como si estuviésemos en una película de Andrei Tarkovski. Los planos de los bosques recuerdan indudablemente a La infancia de Iván o a **Offret* (Sacrificio), y el propio director reveló la influencia del cineasta ruso en su trabajo, algo que crea una inquietante resonancia, pues el propio Mez se ha trasladado a Rusia para filmar su ópera prima.

Y, ante todo, también está el agua, omnipresente, y que sintetiza dos direcciones en su significado: por un lado, es el elemento de la purificación, presente en todas las culturas y religiones, y todo el metraje está colapsado por el sonido del agua que se desliza constantemente; por otro lado, las aguas del río Techa son unas de las corrientes más contaminadas del mundo, y por lo tanto, estamos ante una sensación de agua sucia, manchada, contaminada, que crea un conflicto con la simbología universal del elemento líquido. Así, el agua parece hilar todo este discurso de contrastes, de vida humana que trata de salir adelante, y de obstáculos de radiación que impiden el vitalismo en la región. De hecho, la narración del accidente, con la voz en off, se presenta con un plano fijo de un lago.

Crítica de Metamorphosen

Pero lo que realmente le interesa a Mez es captar la vida cotidiana en esos lugares, que permanece estancada y sin posibilidad de futuro, ante la extraña huella radioactiva que todos los habitantes disponen ya casi en su genética. Toda la película crea la sensación opresiva de una vida en una dialéctica entre al quietud y la constante amenaza. Para ello, utiliza planos secuencia, que condensan el tiempo e impiden su avance mediante el montaje: cada plano es un tiempo estancado. Asimismo, todo está filmado en blanco y negro y casi todos los planos son fijos, mostrando esa inmovilidad de la población. Al final, Metamorphosen es como si Béla Tarr hubiese filmado El caballo de Turín en planos fijos en lugar de en planos secuencia, o si Béla Tarr y Michael Haneke colaborasen en la realización de una película conjunta.

Únicamente disponemos de dos tipos de movimiento de cámara. Por un lado, panorámicas, que suelen ser de 180º o 360º, y que revelan, en su giro constante, unas ruinas que antes permanecían ocultas a la cámara, pues estaban detrás; en otras ocasiones, estas panorámicas revelan la nada, el vacío. Por otro lado, hay planos de cámara en mano, que siguen un movimiento cuando desean generar angustia: es el caso de la máquina que capta el grado de radiación en la zona, casi estallando al rebasar los límites permitidos por el cuerpo humano; o el plano nuca con la voz en off de un personaje solitario en mitad de la noche.

crítica de metamorphosen

Asimismo, todos los planos ubican la línea del horizonte en la mitad de la composición, creando de nuevo ese dualismo entre vida y muerte, entre vitalismo y amenaza nuclear, y generando una sensación de estatismo, de imposibilidad de salir de esa dicotomía. Y muestra Mez una gran sensibilidad a la hora de captar la vida cotidiana de los habitantes: filma sus bailes, sus actividades cotidianas y siempre enmarca sus historias con un primerísimo plano de su rostro, que convierte su cara en un auténtico paisaje donde se ven las huellas de la ola radioactiva.

Pero lo que desea recoger no es sólo la vida estancada, sino la metamorfosis de la vida, tal y como señala su propio título. Pero una metamorfosis que sólo tiene un único final: la muerte. Toda la película parece ser una deriva hacia la desaparición, y para ello, despoja cada vez más al metraje de la presencia humana, e integra también los otros dos elementos, la vegetación y los animales. La primera cada vez más abatida por el viento, y los segundos siempre próximos a la muerte: filma sacrificios de oveja en plano fijo, con la sangre brotando de la garganta, o un gato devorando un pez radioactivo. Así, Mez crea una especie de ciclo de la vida, entre humano, animal y vegetal, que inician un movimiento sutil dentro de la vida estancada, el único movimiento que es posible en una zona con radioactividad: el movimiento hacia la muerte en una constante metamorfosis, donde cada cambio sutil es un paso a la degradación.

Crítica de Metamorphosen

Sin embargo, hay un escollo moral que me llama la atención: el director ha preferido no filmar personas con malformaciones. Según él, lo ha decidido así porque prefiere sugerir, y porque los testimonios gráficos pueden buscarse en Google. Sin embargo, puede resultar un ejericicio de insinceridad: el verdadero reto hubiese sido mostrar las personas más afectadas por la radioactividad con la normalidad con la que se filma al resto de habitantes, y siempre evitando el morbo. El descarte parece ser resultado de un deseo de Mez de evitar lo estéticamente feo, dentro de un film de gran empaque visual, pero que le ha faltado arriesgarse en ese aspecto.

4 estrellas