Mea Maxima Culpa: una mirada a los escándalos de pederastia en la Iglesia católica

El documentalista Alex Gibney es un experto en retratar el lado oscuro de EEUU. De hecho, su película más célebre y con la que obtuvo el Oscar al mejor documental en 2008 se titula Taxi to the dark side (Taxi al lado oscuro), donde extrae de las tinieblas y lleva a la luz pública los casos de torturas que se han producido en las cárceles de Guantánamo, Irak y Afganistán creadas por EEUU. Anteriormente, ya había sido nominado por la dirección de Enron: The Smartest Guys in the Room (Enron: los tipos que estafaron a América), donde destapa la estafa de esta empresa del gas de EEUU. Y si ya ha repasado las esferas de la economía y el ejército, ahora le faltaba una última institución: la Iglesia. Y, para ello, ha presentado en el Documenta Madrid 2013 la película Mea Maxima Culpa: Silence in the House of God, donde pretende analizar los escándalos de pederastia que han surgido en el seno de la Iglesia católica.

Crítica de Mea Maxima CulpaY, en un principio, comienza con el germen que se dio en EEUU. Porque la polémica nació en la ciudad de Maulwakee en los años sesenta, no porque sea el primer caso de abusos sexuales, sino porque fue el primer caso que llegó al conocimiento de la sociedad. Allí, el sacerdote Murphy, encargado de un internado católico de sordomudos, abusaba de los niños aprovechando sus dificultades para comunicarse, pensando que no llegarían a delatar sus actos. De hecho, el documental muestra cómo el objeto de deseo de los sacerdotes fue, en un primer momento, el colectivo sordomudo, pues en los años sesenta todavía eran considerados casi personas con discapacidad mental, y apenas se les escuchaba: era necesario un movimiento de reivindicación como otros colectivos lo llevaban a cabo en el momento. Como ejemplo de esta marginación fue el intento de narrar los abusos a la policía, que les encerró y les dejó libres sin mover un dedo, pues no creyeron sus declaraciones. No se atrevieron a revelar los abusos hasta después de graduarse, pero lo hicieron colocando carteles por el poblado donde se utilizaba el código del gángster: "Se busca al padre Murphy"*, aunque sin número de contacto, pues todo era una llamada de atención; y mientras tanto, la Iglesia del Estado mantenía en secreto estos casos.

Para presentar sus casos, el documental recurre a entrevistas directas a los protagonistas y a imágenes de archivo, con instantáneas del padre Murphy y de ellos en el internado, aunque siempre con gran sutileza, evitando entrar en su vida privada. Ahora bien, aquí se produce una cierta inconsistencia: los entrevistados son sordomudos, que se comunican con el idioma de señas que aparece subtitulado; sin embargo, al respeto absoluto por su comunicación por señas en el plano, que nunca suprime, añade una voz en off de actores célebres, como Ethan Hawke, que sirven como dobladores y sirven narradores verbales del documental. Este doblaje sirve para imprimir un ritmo mayor a la narración, pero creo que hubiese sido más radical recurrir, únicamente, a los subtítulos.

Crítica de Mea Maxima Culpa

Por otro lado, aquí se produce el mayor escollo moral del documental: y es que Alex Gibney ha decidido reconstruir una escena previa al abuso sexual, la entrada del sacerdote Murphy al dormitorio compartido de los niños, donde selecciona a su próxima víctima y le cubre los ojos con las manos. Esta escena está filmada con gran belleza, con una iluminación roja estallando en el plano, pero es totalmente innecesaria y, lo que es peor, añade morbo al asunto: con los testimonios y las imágenes de archivo basta, pero reconstruir escenas de las que no se dispone documento gráfico es un recurso de televisión sensacionalista, y no de precisión en la construcción del relato, pues nunca se puede conocer la forma en que se desarrollaron los hechos.

Pero el documental recurre a estos casos como motivo desencadentante de la trama, como punto de partida, y a partir de ahí, el relato se expande como una mancha en una tela, sumando capas a su núcleo de Milwaukee para ascender en la trascendencia de su discurso. Y es que, como ya vimos en Taxi to the dark side, comienza con lo concreto para ir expandiendo su discurso a lo abstracto, pero siempre en una graduación muy medida que permite la credibilidad de sus argumentos. Si en el documental sobre Google Books los lazos entre lo concreto y lo abstracto se producían de forma demasiado inmediata y, por lo tanto, quebraban la credibilidad del discurso, aquí todo está en una progresión que empuja con firmeza el metraje.

Crítica de Mea Maxima Culpa

Su primera parada es en los internados para sacerdotes pederastas que el grupo de los Paráclitos ha construido por todo el país, donde se trata de reformar sus desvíos con métodos de religiosidad, no psicológicos. Así, en lugar de llevar a la sociedad para que encuentren tratamiento especializado, la solución fue camuflar, porque el prestigio de la Iglesia estaba por encima de todas las cosas. El problema es que este prestigio se derrumbó de forma abrupta cuando aparecieron los casos en la prensa.

Asimismo, la idea más común asocia la pederastia de la Iglesia católica con el mundo anglosajón, pero el documental pretende derribar esa idea: su próxima parada es Irlanda, donde analiza el caso de un sacerdote que se vestía de Elvis para ofrecer conciertos y que abusó durante décadas también de niños sordomudos, mientras que la Iglesia irlandesa también mantenía el silencio. Y de allí se traslada a Italia, para acercarse al centro de su crítica: el Vaticano. Porque lo que desea Alex Gibney es buscar la responsabilidad de las altas jerarquías ante su silencio continuado, y apunta al ex-papa Ratzinger, que en su cargo en la Doctrina de la Fe, era conocedor de los casos. Ofrecen un retrato bastante humano del papa, no desean demonizarlo: señalan que se escandalizaba ante los abusos, pero que ha habido una lentitud en la reacción hacia las polémicas.

crítica de mea maxima culpa

La crítica de Mea Maxima Culpa a las jerarquías eclesiásticas parecen sugerir una idea: la propia curia produce, de forma estructural, sacerdotes con tendencia a los abusos sexuales, ante la rigidez del celibato impuesto; de ahí que los casos sean específicos de la Iglesia Católica. Asimismo, todo el documental está construido con una música de cariz religioso constante, tocada al piano, que acompaña toda la declaración aunque de forma sutil: el resultado es que el visionado de Mea Maxima Culpa parece una epifanía, se asiste a la sala como si estuviésemos ante una revelación. Además, si en algo destaca Gibney es el preciso y dinámico ritmo que imprime en sus documentales, y que lleva a una escalada de tensión hasta llegar a la cúspide del estamento eclesiástico. Sin duda, uno de los trabajos más memorables de Gibney, y que dará que hablar después de su visionado.

4 estrellas