Jeune & Jolie: belle de jour, putain en la noche

François Ozon nos presenta en Cannes un film organizado en cuatro estaciones, siguiendo los Cuentos de Rohmer o la división de la magnífica Another Year, de Mike Leigh. Pero no pretende, con ello, realizar un calendario de las emociones distribuido a lo largo del año: la organización en estaciones tiene, como objetivo primordial, establecer cuatro fases en la narración, que aluden al clima de una manera simbólica; cuatro fases que parecen desencadenarse por sí mismas a raíz de la situación de la protagonista, una joven y bella adolescente, en pleno descubrir de su sexualidad. Una joven protagonizada por una modelo profesional, Marine Vacht, que ejecuta una fría y elegante interpretación, perfectamente amoldada a su personaje.

crítica de jeune et jolie

Sólo el capítulo del verano, que se inicia con su cuerpo bronceado en la playa, y que bebe directamente del cine de Rohmer, sirve como motor narrativo: la joven se encuentra en la costa y allí conoce a un joven con quien pierde la virginidad. Este acto, del que apenas vemos su respuesta, se marca en la elipsis del fin del verano como un punto de inflexión, pues cambia su conducta respecto al sexo: es en el otoño cuando decide dedicarse a la prostitución.

Pero a lo que asistimos es a un baile de espejos, un símbolo que surca todo el metraje y se erige en presencia dominante. Y es que la joven siente una escisión en dos, en la imagen de la joven estudiante y en su reflejo de prostituta de lujo nocturna, verdadera proyección de su subconsciente más profundo. Esta segunda faceta como prostituta irá dominando la narración y fagocitará a la faceta diurna, que queda como un residuo donde emerge, bajo el signo de contestaciones y conductas excéntricas, la nocturnidad.

crítica de jeune et jolie

Y así, al final, la verdadera virtud del film es la convivencia entre los dos polos de la personalidad, que si en un principio se distinguen con claridad, progresivamente se funden. Porque Jeune & Jeune se construye como un clivaje, como un díptico que convive en el mismo plano, y fundido a través de la bisagra de la protagonista: en cada imagen asistimos, a la vez, a lo perverso nocturno y a lo consciente diurno, fundiendo así lo apolíneo y lo dionisíaco en el desarrollo del relato.

Por todo ello, Jeune & Jolie se construye como una revisión de Belle de Jour, de Luis Buñuel. Una revisión que no requiere de planos autónomos donde se registre el inconsciente de la protagonista, como la magnífica escena de latigazos de Catherine Deneuve en el film de Buñuel. Porque la joven de Ozon logra convivir con su escisión a través de una gelidez de su erotismo, y así la película logra una contención perversa que, en todo momento, parece que va a estallar: pero se contiene y, con ello, traslada al espectador.

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A la vez, Jeune et Jolie es un film sobre la mirada: no en vano, el primer plano es un plano voyeur, con la sombra de unos prismáticos que se corresponden con la mirada de su hermano, confidente en sus aventuras. Es una mirada intrusiva, que la objetiviza y la convierte en ese objeto oscuro del deseo que será; pero después, consciente del poder de su cuerpo, toma la mirada como arma que desenvaina en la ópera para conquistar a un antiguo cliente. Así, la mirada depositada sobre ella inicia un giro de 180º y ella impulsa, con sus ojos, la propia narración. Pero estas miradas sólo son posibles en el espacio público, mientras que la intimidad del oficio de prostituta ciega toda visión: aquí todo es un deseo sexual que escapa por los orificios.

Y así, tras un verano de descubrimiento y un otoño de profundización, dotado de imágenes realmente sórdidas y escenas de gran poder, llega el invierno de la reflexión. Porque si el verano era el prólogo, y el otoño el acontecimiento, el invierno, donde el frío sepulta la posibilidad de revuelta, es el perfecto espacio para los efectos. El acto que en otoño adquiere entidad, se descubre en un invierno en el que todos los miembros de la familia se ven afectados: así, un desequilibrio interno provoca una explicitación de los desequilibrios familiares.

Y, finalmente, llega la primavera, con la presencia majestuosa de Charlotte Rampling y recordando, a la vez, el carácter cíclico de los actos humanos, como las propias estaciones del año. Ella se erige en el nuevo espejo de la joven adolescente, y en un plano cenital, con sus rostros reposando sobre la cama (un plano muy Ozon), se densifica el drama: parece comprender que su acto de rebelión, que ha sido también motivado por una innecesaria aspiración económica, desemboca siempre en la muerte. Y una vez con esta consciencia, la película no puede sino terminar, pues es aquí, en este nuevo estatus de la película, donde ya abandonamos la adolescencia y nos sumergimos en la adultez que definen los títulos de crédito.

4 estrellas