Vergiss mein nicht (Forget me not): representar el olvido en el cine

Es difícil representar el alzheimer en celuloide, pues si el cine se constituye como un ejercicio de nostalgia, que contiene en sus imágenes trazos de realidad ya vivida, transformadas en cápsulas de recuerdos, entonces choca frontalmente con el conflicto que define al personaje principal: la progresiva pérdida de la memoria. En las películas que abordan esta temática, la imagen entra en combate con la trama que pretende sostener, fundada en un olvido que devora todo rastro del pasado. Con tono amable y duro a la vez, nos presentaba este conflicto El hijo de la novia a través de un personaje secundario; mientras tanto, La caja de pandora, ganadora de la Concha de Oro en el festival de San Sebastián en 2006, trataba de extraer lirismo de la situación. Y contra esta omnipresencia del olvido pretende luchar Vergiss mein nicht (Forget me not), del director alemán David Sieveking y presentada en el festival Documenta Madrid 2013.

Crítica de Forget Me NotLa gran virtud del documental es que el propio director es el hijo de la mujer que sufre alzheimer, Gretel, y a la vez se muestra como personaje de la propia obra. De este modo, encontramos una mirada directa a la enfermedad, pero centrada no tanto en la mujer que lo sufre, sino en las relaciones familiares que se establecen ante la presencia de un caso así. Gracias a la confluencia de la figura del director, del familiar y del actor en una misma persona, podemos sumergirnos en la intimidad de la familia y mirar directamente la enfermedad.

De este modo, el director nos muestra un diario de la enfermedad y del proceso de degeneración desde su propia mirada, y por ello, el documental bascula a veces hacia la autobiografía, pues el propio autor es, a la vez, personaje que guía el relato; o más bien habia la biografía familiar. Y es que el desencadentante de la trama no es, en realidad, la enfermedad de Gretel, sino el viaje que su marido debe realizar a Suiza: así, David se traslada a cuidar unos días a su madre, y ese motivo impulsa la creación del documental. Por lo tanto, estamos ante un documental de un yo que reacciona ante una situación de conflicto en el entorno: este desencadentante de la narración nos ubica en el verdadero sentido del film, una película sobre los efectos del alzheimer en el entorno, y no centrado únicamente en el análisis de la enfermedad. Y el propio autor desvela, en las postrimerías del documental, las claves de construcción del documental, al mostrar a cámara el micrófono: pese al naturalismo que emana de la película, todo es un constructo.

Forget Me Not muestra en su estética el conflicto entre olvido y memoria, entre una mujer que sólo es capaz de vivir en un presente continuo ante la progresiva desaparición de sus recuerdos, pero que a la vez dispone de una historia personal, de un pasado. Un pasado que la imagen recoge inevitablemente, pues todo signo visual, tanto de su físico como de sus espacios cotidianos, son síntomas de su pasado. Por ello, el espectador está ante un conflicto entre una imagen que recoge una vivencia, y una voz que sólo es capaz de expresar una sensación inmediata.

crítica de Forget me not

Y David es el encargado de recuperar el pasado de Gretel, que ella no es capaz de restaurar con su voz ni ofrecerlo al espectador. Y otra virtud del documental es la técnica con la que lo ejecuta, pues parece emular la teoría del túnel de Virginia Woolf, quien dosificaba la información del pasado de los personajes y la ofrecía dependiendo de los estímulos que viviesen en presente. De este modo, cada recuerdo de Gretel se desgrana con un pequeño desencadenante, pero siempre requiere de la figura del hijo, que funciona como mediador entre el pasado de Gretel y el presente de su enfermedad, casi como un arqueólogo de su historia: así, su traslado a casa motiva revisitar fotografías antiguas, o el viaje a Suiza a visitar al marido de Gretel les lleva a recuperar su estancia en Suiza, donde se afilió al partido comunista y se enamoró de un activista político.

Además, el documental ofrece un sincero y bellísimo retrato de Gretel, siempre evitando caer en el pesimismo, lo melodramático o lo tremendista: hay un equilibrio entre humor y drama que lo convierte casi en un reverso amable de Amour, de Michael Haneke. Y todo ello gracias a dejar espacios para la voz de Gretel, pues el documental respeta las opiniones que vierte. De hecho, Forget Me Not pretende ensalzar la creatividad del personaje que sufre la enfermedad, que en la convalecencia expresa ideas totalmente alejadas de las convenciones sociales. Y, como ejemplo, una de las frases más contundentes que he escuchado en mucho tiempo en el cine, que Gretel le dice a su hijo cuando éste pretende que nade en una piscina y se asusta:

¿Por qué me llevas siempre a lugares en los que estamos muriendo?

Crítica de Forget me Not

Tras la primera hora de metraje, la mirada del documental inicia un movimiento centrífugo y proyecta sus redes hacia el entorno familiar. Gretel desaparece de la imagen, y ahora sólo disponemos de las consecuencias, de los conflictos psicológicos que despierta, especialmente en su marido, quien se ubica en el dilema de cuidarla personalmente o internarla en un asilo. Aquí encontramos otro de los puntos fuertes de la película, pues Forget Me Not analiza la responsabilidad que implica la convivencia con una persona con alzheimer. Destaca aquí la conversación del marido con su madre, que desea que internen a Gretel para que su hijo le visite más a menudo, a lo que se suma un sentimiento de culpa del marido por sus infidelidades pasadas, ya que él y Gretel mantenían una relación abierta. La ambigüedad de su figura es un gran logro del film, y más si se trata del propio hijo quien lo retrata, y es posible por la elusión de datos de su pasado.

Así, Forget Me Not sigue un movimiento de inmersión y explosión que se inicia con la llegada del hijo al hogar de su madre para cuidarla, que sirve como puerta de entrada al mundo documental; continúa con el análisis de la situación de Gretel y, finalmente, se traslada a la periferia familiar. Y todo ello con un epílogo como colofón que muestra un proceso de degeneración en límites extremos, impidiéndole la movilidad: es una escena que parece destruir con su dolor todo el recorrido, y que sirve como perfecto final para este sincero retrato del alzheimer.

4 estrellas