Fallen City: un terremoto que destruye las ciudades y los discursos

En 2008, la ciudad china de Sichuan sufrió un terremoto que segó la vida a más de 20000 personas y provocó la destrucción casi completa de toda la ciudad. Los días siguientes seguían produciéndose temblores que destruían las escasas ruinas que se sostenían, y un mes después se produjo una inundación que castigó con violencia a los supervivientes, dejando un rastro de barro y escombros insostenibles. Y el documental Fallen City, dirigido por el chino Qi Zhao, y presentado en el pasado festival de Sundance y en el Documenta Madrid 2013, pretende representar en la imagen fílmica el drama que vivieron sus habitantes, huyendo de las cifras y centrándose en el individuo, en la intrahistoria de la catástrofe definida por Unamuno.

crítica de Fallen CityAhora bien, el problema principal de Fallen City es su facilidad para caer en lo lacrimógeno: en la presentación del drama, pretende hacer de cada pequeña historia una catarsis del dolor para el espectador, y acompaña sus testimonios con una machacona música al piano, que retumba cada vez que desea convertir una imagen en una tragedia. Las entrevistas a los afectados, todos ellos habitantes de la ciudad que han perdido uno o varios familiares, se producen desde una silla que está rodeada de otras sillas vacías, tratando de construir un simbolismo de la ausencia que estalla por su simpleza. Y ante todo Fallen City destaca por la falta de distancia en el retrato del drama, pues la cámara no respeta la intimidad, se cuela en sus casas (o lo que queda de ellas) con escasa reserva, al contrario que las excursiones a hogares ajenos en la magnífica El otro día.

Además, el estilo de filmación oscila siempre entre lo cinematográfico y el reportaje, y en ocasiones parece que asistimos a un espacio de informe semanal extremadamente prolongado (sin desmerecer el programa), más que a una película de cine. Y en mitad de los testimonios, intercala imágenes de archivo que parecen sumar cierto morbo y, a la vez, imponen una referencia visual de la tragedia, eliminando la capacidad de evocar del cine: creo que es mucho más respetuoso no ofrecer las imágenes en bruto de la catástrofe, dejar que el espectador fabrique su imagen mental del suceso (que, inevitablemente, siempre se produce). Y es que las historias son, ya de por sí, demasiado duras, y no es preciso adornarlas con artificios para generar más impacto.

Visto así, parece ser más prudente huir de la sala que continuar con el visionado. Pero es que la construcción de Fallen City es, al final, más inteligente de lo que parece en un primer momento; y es que el documental se construye como una especie de díptico, y es la segunda mitad la que ofrece alguna luz al género documental y destaca por su originalidad. Una segunda parte que supone una deconstrucción de todo lo filmado hasta su ecuador, y funciona como un terremoto sobre los discursos que había construido hasta entonces.

Crítica de fallen city

Y es que la segunda mitad del film se centra en la reconstrucción de la ciudad, o mejor dicho, en la construcción de una nueva urbe, con edificios modernos que emergen de la nada en apenas un año, para que los habitantes puedan rehacer su vida. Y sigue las pequeñas historias dramáticas que había abierto con la tragedia, y las vierte en el nuevo contexto: el renacimiento. Y es aquí donde el dramatismo se deshace para dejar paso a la crítica de Fallen City a la política y, en general, a un retrato de la picaresca del ser humano para lograr sobrevivir.

Porque, en primer lugar, el director retrata con ironía y sutileza los discursos oficiales que alaban el papel del gobierno a la hora de reconstruir la ciudad. Así, filma el día del reparto de las viviendas ensalzando el carácter de espectáculo que las autoridades le dan, con un desfile, una banda musical y la elección de los afortunados mediante unas bolas que parecen extraídas del sorteo de la bonoloto. Y mientras los discursos del gobierno emanan desde la televisión oficial, los espacios donde se ubica la televisión muestran la profunda ruina en la que se encuentra la población.

Crítica de Fallen City

Por contraste, nace la picaresca entre la población. Y es que mientras tanto la antigua ciudad se reconvierte en museo, pues en sus calles se instalan vallas para evitar el contacto con los escombros de forma directa, buscando una mínima seguridad, y se contratan guías que exhiben la ciudad a los "turistas de las tragedias humanas" como si se tratase de una atracción turística. Y lo más interesante es la vuelta de tuerca de uno de sus personajes: una mujer que había perdido a toda su familia salvo a su madre fue contratada como administradora local, y en el sorteo de las casas, decidió estafar y quedarse con cuatro viviendas, pero fue pillada e introducida en la cárcel.

Así, la crítica de Fallen City de carácter político se transforma en ontológica, al señalar esta capacidad de corrupción del ser humano en situaciones extremas; y la administradora llega a afirmar que la culpa no es suya, sino del cargo. Así, un documental plañidero se quita el velo y, en un impulso vitalista, logra desmontar sus propias bases para atacar al régimen chino y al propio ser humano, en una crítica de Fallen City de múltiples aristas.

3 estrellas