Terra de ninguém (En tierra de nadie) o cómo ser un mercenario y vivir para contarlo

En 2000, el director alemán Romuald Karmakar presentaba un arriesgado documental, Das Himmler-Projekt (El proyecto Himmler), donde desarrollaba una puesta en escena que llevaba a sus máximos extremos las propuestas del minimalismo: el film consiste en la lectura, por parte del actor Manfred Zapatka, de un discurso pronunciado por Heinrich Himmler el 4 de octubre de 1943 en Posnania, Polonia, a los altos cargos de las SS que trataban de mantener el territorio polaco bajo control alemán; el documental únicamente consiste en un estrado, una botella de agua, el micrófono y el discurso que el actor lee de forma continua, durante las tres horas que dura el metraje. El documental fue adquirido por el MOMA en 2008, y lo consideró una de las 250 mejores adquisiciones del museo que habían realizado desde 1980. Y es que El proyecto Himmler destierra la imagen de archivo, eliminando esa imposición visual sobre el espectador. Repitió esta fórmula con El discurso de Hamburgo, en esta ocasión centrada en un discurso de un Imán radical ofrecido en una mezquita.

Crítica de En tierra de nadie

Y siguiendo este minimalismo en la puesta en escena, la directora portuguesa Salomé Lamas nos presenta Terra de Ninguém (En tierra de nadie), una de las propuestas más radicales del Documenta Madrid 2013 y que finalmente se ha alzado con una mención especial por parte del Jurado en el Palmarés. Porque Lamas parte de los mismos elementos: toma a un personaje, en este caso a un mercenario, que conversa directamente a cámara, con el único mobiliario de una silla y una tela de fondo, y a través de sus palabras viajamos al pasado, a sus avatares y su historia personal. Y aunque el primero sea una lectura y el segundo una entrevista, con ambos se produce el mismo movimiento: una actualización del pasado a través de la palabra.

Y es que este tipo de documentales parecen apuntar hacia una dirección: la imagen de archivo está sobrevalorada. Y es que la imagen implica una disminución de la libertad del espectador: por un lado, impone una visión a unas palabras que, en realidad, son mucho más abiertas a la interpretación que las imágenes, y así coartan la capacidad de imaginar del espectador y su motivación para reflexionar sobre el pasado, pues viene dado; por otro lado, la imagen parece afirmar que un hecho sucedió, que fue cierto y, por lo tanto, es incuestionable. La crítica de En tierra de nadie va dirigida, en primer lugar, contra la omnipotencia de la imagen, que siempre adquiere una credibilidad superior a la palabra.

Crítica de En tierra de nadie

Ahora bien, con ello no reivindica la directora confiar en la palabra, pues de hecho el propio mercenario, en sus derivas y la narración de sus anécdotas, parece contradecirse. Pero lo que desea motivar es la reflexión activa por parte del espectador a reflexionar y, ante todo, el vuelo de su imaginación, que debe inscribir tales palabras en imágenes que no se ofrecen directamente: por ello, no se puede ver esta película desde la pasividad. Y este aspecto queda fomentado por las propias anécdotas descritas: Paulo de Figueiredo, el mercenario protagonista, nos narra su pasado en las guerras coloniales de Mozambique y Angola, su trabajo como guardaespaldas en Portugal, su fase como mercenario en El Salvador y sus encargos como ejecutor de asesinatos por parte de los GAL, la organización de contraterrorismo que respondía a ETA con sus propias armas.

Y es que la crueldad de muchos de los hechos narrados sobrecogen, precisamente, por la ausencia de imágenes: sólo podemos ver su rostro, su expresión y, ante todo, escuchar su voz, que ubica al espectador en una situación incómoda, pues éste ha de imaginar los crueles acontecimientos del pasado del mercenario. El espectador representa, entonces, la violencia dentro de sí, como ocurre en una película de Michael Haneke con la violencia sucediendo fuera de campo. Aquí, el fuera de campo es el pasado, y a él accedemos por medio de esa voz que narra de forma incesante.

Crítica de En tierra de nadie

Esta entrevista se construye a través de una serie de capítulos, que se corresponden con las distintas preguntas que la directora le hace, pero de las que no queda rastro: sólo asistimos a los efectos, a la respuesta, a los fragmentos de narración que cuenta Paulo, pero la directora parece querer borrarse y dejar que sea su palabra la protagonista. Aunque, aún así, la directora sabe utilizar el espacio con gran maestría, con unas composiciones del plano que varían de acuerdo con las anécdotas narradas, con un predominio del fondo en los instantes más duros y la filmación de una luminosa ventana cuando la historia encuentra otros tonos menos sádicos.

Pero este personaje no guía únicamente al espectador, sino que también se construye a sí mismo. Y es que un mercenario es, por definición, un sujeto sin identidad estable, pues siempre es un flujo identitario que se adapta a las situaciones y, ante todo, a las demandas de su trabajo. Por ello, Paulo no dispone de un yo que pueda definir y apresar, y para ello, requiere de esta explicitación de su pasado, pues a través de la palabra proyecta una imagen de sí mismo: en la palabra que narra y ordena su historia personal, encuentra su yo. La palabra sirve, pues, como liberación y como construcción de un sujeto, y sólo después de sus relatos, puede volver a perderse y regresar al fuera de campo, que es de donde proviene, al fin y al cabo, todo mercenario.

3 estrellas