Elena: seguir las huellas que deja un suicidio

Es difícil filmar un suicidio. No en vano, un suicidio es, en gran medida, una ausencia, o el camino hacia ella, y si lo visible es la característica esencial de una imagen, entonces encontraremos serias dificultades para introducir en los encuadres un punto de fuga al que tiende el drama de los personajes. A tratar de dar una respuesta a esta difícil encrucijada llega Elena, la última obra dirigida por la brasileña Petra Costa y presentada en el festival Documenta Madrid 2013, que toma el suicidio como tema fundamental del relato.

crítica de Elena

Elena, la hermana de Petra Costa, es una joven brasileña que sueña con triunfar en el mundo del arte, ya sea el teatro, el cine, la danza o el canto. Ante los insalvables obstáculos que se le presentan en el Brasil de los años noventa, donde parece condenada a las telenovelas según ella misma afirma, decide emigrar a Nueva York, que idealiza como la ciudad de las oportunidades. Allí encontrará más su sepultura que su trampolín, pues ante la imposibilidad de triunfar en el arte, se sumergirá en una profunda depresión que le llevará al aislamiento y, más tarde, a su suicidio (y no es spoiler, pues aparece en al propia sinopsis de la película)

Pero Elena no es una película sobre el suicidio, sino que es una película sobre el duelo, pues seguimos la búsqueda que inicia Petra de las huellas que su hermana ha dejado en el mundo. Así, Petra es directora y, a la vez, personaje principal, que en su anhelo de reconstruir los últimos días de vida de Elena, desencadena la propia película: parece que el deseo de suturar una herida y superar el duelo es el motor del documental. El autor-personaje se lanza a la búsqueda de la ausencia, y para ello recurre a dos mecanismos: las imágenes filmadas con videocámara de la infancia compartida con su hermana, y de su propia videocámara, con la que inicia una especie de road movie hacia los síntomas y los vestigios del suicidio. Y la voz en off de Petra acompaña constantemente a las imágenes, a través del relato de la vida de Elena y de su búsqueda, y cuyo contenido es resultado de una serie de entrevistas con todos los conocidos en Nueva York, que desaparecen para formar parte del discurso de la narradora-directora-personaje.

El hecho de utilizar una videocámara, que ella misma muestra al filmarse en un espejo, condiciona absolutamente la estética de la película: hay planos desenfocados, y una calidad mediana de la imagen. Pero esto se integra perfectamente en el lirismo ultrasensible que impregna todo el relato, pues la postproducción salva las limitaciones de la cámara: Petra adorna, en el montaje, todas las imágenes con un sonido omnipresente y una corrección de los colores. El resultado es de un lirismo exacerbado, que en ocasiones se asemeja a un anuncio o a un videoclip, y que suprime todo el naturalismo que podría emanar de un documental: en todo momento se palpa una sensación de artificio, de envoltura extremadamente exquisita que no deja saborear el drama en bruto. A ello hay que añadir una voz en off demasiado intensa en su deseo de poeticidad. El resultado es bello, pero en ocasiones puede parecer cargante: esta opinión dependerá del gusto particular del espectador, aunque a mí me satisface, ante todo, por el uso constante de planos cortos.

Ahora bien, la película acierta en la plasmación visual del suicidio: las reflexiones sobre el descenso a los infiernos de Petra son, ciertamente, desesperanzadas y conmocionan. Un suicidio que hemos palpado a lo largo de toda la película, pues nunca obtenemos una imagen de la Elena adulta, sólo accedemos a la Elena niña de las imágenes de videocámara y, por lo tanto, está velada a nuestra mirada su físico anterior a la muerte. Asimismo, los planos de búsqueda suelen ser planos nuca, que siguen a la madre por las calles de Nueva York, pero que arrinconan su cuerpo a un extremo de la composición, mientras el otro extremo es un punto de fuga, una imagen desenfocada, abstracta, es decir, la pura ausencia.

El lirismo excesivo se diluye cuando llega el clímax, el suceso en torno al cual gira todo el film, el suicidio, que se representa mediante dos recursos muy bien ensamblados: en primer lugar, mediante la lectura de la carta que deja como despedida al mundo, unas palabras que, como las últimas escritas por Virginia Woolf, no pueden dejar de impresionar. Y, después, la imagen se colapsa con los archivos e informes policiales sobre su muerte, donde todo su drama queda reducido a un dato: en los folios se describe la longitud de sus cabellos, el color de los ojos o su estatura y peso, como un número sin vida. Aunque lo más impactante es la frase final:

El corazón pesa 300 gramos.

Crítica de Elena

Pero la continuidad de la trama después del clímax de la autólisis es lo que lleva el relato a la deriva. Y es que continuar el documental más allá de la desaparición del personaje hacia el que tiende toda la búsqueda implica, ante todo, un brusco cambio de tono; pero además de eso, es que es muy difícil lograr reinventar la narración después de llegar a un culmen absoluto: la carta de despedida de Elena. Así, tras llevar una hora de documental, éste sufre una mutación, pues cambia de protagonista y de pretensión: ahora es Petra quien toma las riendas y se erige en el centro de la imagen, y ya no es la reconstrucción de los últimos días de Elena el objeto del film, sino el deseo de Petra de seguir los pasos de su hermana, tratando de evitar el riesgo de depresión.

Así, Petra, que era más un personaje impulsor de la trama, pero nunca el epicentro de la imagen, se traslada en movimiento centrífugo desde los márgenes al núcleo. Pero su historia resulta, ya, cotidiana por contraste con la tragedia de su hermana, de modo que este ejercicio de ubicarse en el centro del plano resulta de cierto egocentrismo y carece de interés. Así, la película sólo se salva por el recurso al simbolismo, en una sucesión de Ofelias muertas de gran colorido, y que implican el solapamiento de dos discursos: el suicidio de su hermana y, en segundo lugar, el nuevo camino en el teatro iniciado por Petra.

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