Cine imprescindible: 9 razones para (volver a) ver A Clockwork Orange

Algo más de cuarenta años después de su estreno, quizás las nuevas generaciones, acostumbradas ya tanto a la violencia en la pantalla como a la estrategia de utilizar música asincrónica como contrapunto de determinadas situaciones, no encuentren A Clockwork Orange tan ultra-violenta y desagradable como antaño. Pero seguro quedarán sorprendidos ante la fuerza y contundencia de su discurso, así como por la poderosa estética de una película que sigue siendo igual de provocativa hoy en día que lo era entonces. Si así era como Stanley Kubrick veía que la sociedad evolucionaría estéticamente, ciertamente se equivocaba (lamentablemente, porque me habría encantado). Si creía que con una fábula como La naranja mecánica, título de la película para España y Latinoamérica, la sociedad podría encaminarse por caminos más justos, éticos y morales, volvía a fallar en sus predicciones, como también lo había hecho Anthony Burgess, autor de la novela en que da origen al relato. Pero no podemos rendirles cuentas a ninguno de los dos, sino a nosotros mismos, que no hemos conseguido cambiar desde entonces.

Moloko en La naranja mecánica de Stanley Kubrick

1. Una experiencia diferente cada vez que la ves

La primera vez que vi La naranja mecánica debía tener 15 años, la misma que se supone tienen Alex y sus drugos. La persona que atendía en el videoclub en el que alquilé una copia en VHS mostraba sus reparos para autorizarme a llevar la cinta. Menos mal que contaba con la ayuda de mi padre que, sin haber visto él mismo la película, prefería que tomara conciencia de su contenido en casa, sin arriesgarse a que accediera a ella a través de otras vías, en la calle. Es evidente que esta advertencia alentaría mucho más mi interés por la película, aunque quedé parcialmente defraudado pues no descubrí nada fuera de lugar ni percibí ningún contenido violento o sexual diferente a otras cosas que no hubiera visto ya.

Siendo ya era mayor de edad, tendría la oportunidad de volver a ver la película en una reposición (algo que ya raras veces sucede). En una sala de cine. Mi sorpresa fue que si de adolescente no tomé conciencia de la brutal violencia con la que actuaban los protagonistas de la película, tan sólo en la tercera secuencia quedé sorprendido por un impulso involuntario que me arrastraba fuera de la sala. En el momento en que me percaté de que no era más que un reflejo involuntario, y que la violencia manifestada en la pantalla no iba a saltar ni salpicar el patio de butacas, volví sentarme para "sufrir" y disfrutar de una película que sigue siendo hoy en día tan perturbadora y estimulante como en el día de su estreno.

2. Leí el libro y no era mejor

Cartel de la naranja mecánica de Stanley Kubrick

Debido a su perdurabilidad en el tiempo, podemos adscribir la novela escrita por Anthony Burgess dentro de la tradición de ficción distópica de obras inmortales como Un mundo feliz (Aldoux Huxley, 1932), 1984 (George Orwell, 1948) o Fahrenheit 451 (Ray Bradbury, 1953). Si bien no difiere gran cosa de la película, desde mi punto de vista demuestra que los accidentes fortuitos funcionan muy bien, a veces, para pulir la forma definitiva de una obra artística. Aparte de las variaciones que pueda haber tenido el título original propuesto por Burguess -que más que del dicho as queer as a clockwork orange (tan raro como una naranja mecánica), vendría del sustantivo orang, con el que se designa en Malasia al hombre, con lo que vendría a referirse al “hombre mecánico”-, la novela sufrió una considerable mutilación en su edición estadounidense con respecto a la europea.

Los 21 capítulos de los que constaba la publicación original quedaron reducidos a 20 por su editor estadounidense, que consideraba que el último era total y absolutamente prescindible. Al completo. Una drástica supresión a la que el autor de la novela no se opuso debido a sus apuros económicos en aquel momento. Dado que a pesar de estar rodada en el Reino Unido, Stanley Kubrick hizo su adaptación cinematográfica de la edición en inglés americana. Su película, que podría parecer inconclusa para los lectores europeos, adquiere de esta manera una nueva dimensión diferente a la de la novela original. Si el último capítulo de la novela responde a una concepción católica de la vida en la que el individuo toma conciencia de lo que ha hecho y se arrepiente de sus actos. La película, no sólo no entra en ninguna valoración moral ni religiosa, sino que despoja a sus personajes de cualquier psicología que permita explicar su conducta. El problema de Alex no son los motivos que le llevan a comportarse de esa manera, sino que su naturaleza es así de maligna y violenta de una manera natural. Y como tal, no es lícito cambiar su personalidad a través del tratamiento Ludovico, que anula su verdadera personalidad.

3. Un discurso ético que sigue vigente

Esas las licencia que el director se toma para demostrar su propuesta, basta comprobar las respuestas con las que Alex contesta al test psiquiátrico final, que con toda probabilidad no serían aceptadas como válidas por un psiquiatra de la sociedad actual. Kubrick no entra en valoraciones sobre el personaje, sino que centra su crítica contra el Gobierno, y por extensión contra la sociedad que lo elige, pero no contra el individuo. Una sociedad es capaz de erradicar la capacidad del libre albedrío en un individuo, dejándole indefenso ante estímulos a los que cualquier persona normal respondería de la misma manera que él, tal y como se demuestra también en la película, pues ninguno de los agredidos responde con la otra mejilla, tal y como haría un cristiano, sino con la misma violencia que él.

El tratamiento Ludovico en La naranja mecánica

Este discurso no sólo sigue vigente hoy en día, tanto por la violencia que sigue asolando la sociedad, como por la incapacidad de esta misma para erradicarla sin utilizar métodos tan depravados como el tratamiento Ludovico. Políticos y gobernantes siguen utilizando las mismas estrategias para librarse del partido opuesto, sin importarles realmente la moralidad tanto de sus métodos, como la validez de las propuestas del contrario. El objetivo sigue siendo recuperar el poder a toda costa. Y en ese sentido la película sí se ciñe completa y absolutamente a la realidad.

4. Repudiada por sus autores

La naranja mecánica de Anthony Burgess

Inspirado en unos sucesos reales, ocurridos a su propia esposa cuando fue víctima, en 1944, de un robo con violación que le provocó un aborto a manos de cuatro soldados estadounidenses en las calles de Londres, Anthony Burguess ha repudiado en algunas ocasiones haber escrito su novela, de la misma manera que también Stanley Kubrick ha lamentado, en cierta manera, haber realizado la película. El propio cineasta la retiraría de circulación, al menos en Gran Bretaña. Según unas fuentes ante la insistencia de su madre, según otras después de producirse un ataque de manera y circunstancias similares a la del mendigo de la película y una violación al ritmo de Cantando bajo la lluvia, y según una tercera versión por serias amenazas sufridas por Kubrick y su familia (apuesto a que vendrían de sectores tan reaccionarios como ese guardián de la prisión en la que encierran a Alex, más que a individuos violentos como los que se muestran en el filme).

Personalmente nunca he creído que una obra pueda llevar a un individuo a cometer unos actos determinados, ya sean buenos o malos -ahí está toda esa colección de cine antibélico que el propio Kubrick realizaría, como Senderos de gloria (Paths of Glory, 1957), Teléfono rojo, ¿volamos hacia Moscú? (Dr. strangelove or: how I learned to stop worrying and love the bomb, 1964) o La chaqueta metálica (Full metal jacket, 1987) y seguimos teniendo guerras en todo el mundo-, pero lo cierto es que la justicia británica admite como atenuante en un juicio haber visto A Clockwork Orange. Inaudito. En 1993 un popular club de cine se atrevió a mostrar la película sin permiso, fueron denunciados por Warner Bros y posteriormente se verían obligados a cerrar por bancarrota. Sólo un año después de la muerte de su director, en el año 2000, pudo volver a verse en las salas de cine británicas.

5. El uso de la música asincrónica

Beethoven en La naranja mecánica

La naranja mecánica es la película que sigue en la filmografía de Stanley Kubrick a 2001: una odisea espacial (2001: a pace odyssey, 1968), lo que no impide que tenga sus propias innovaciones, pues fue la primera película estrenada con el sistema Dolby Stereo en las salas de cine. Ciertamente la banda sonora tiene una función esencial no sólo en el desarrollo de la trama, sino con el uso asincrónico que la banda sonora provoca en el espectador. De la misma manera que Alex se rebela cuando utilizan la Novena Sinfonía de Beethoven al aplicarle el tratamiento Ludovico, el público se revuelve en la butaca (tal y como le sucedió a un servidor) al contemplar la violación de la devochka a ritmo de la deliciosa pieza de Giacomo Rossini y a la vez que culminan su batalla campal. Asimismo, señalar la ironía macabra de utilizar las primeras cuatro notas del primer movimiento de la Quinta Sinfonía de Beethoven (interpretadas como “el destino que llama a la puerta”) para el timbre de la puerta de la casa del escritor en la que irrumpen Alex y sus drugos.

6. Un gran precedente en el uso de música electrónica

Entre las piezas musicales, escogidas probablemente por el propio cineasta, podemos encontrar alguna de las primeras composiciones para el cine de Wendy Carlos (en aquel momento Walter), quien volvería a colaborar con Stanley Kubrick en El resplandor (The shinning, 1980), después de publicar sus conocidas interpretaciones de Bach en clave electrónica. Si Bernard Herrmann es el indiscutible pionero electrónico en el cine, Wendy Carlos incorpora la utilización del vocoder tanto en sus composiciones originales como en algunas de las versiones de Beethoven que se escuchan en la banda sonora de la película. Posteriormente sería la autora de una de las primeras bandas sonoras completamente electrónicas, la de Tron (1982, Steven Lisberger).

Wendy Carlos cuando todavía era Walter Carlos

7. Una película que influye en todo tipo de artistas y autores

Stanley Kubrick en el rodaje de A Clockwork Orange

La influencia tanto de la película como de su banda sonora se deja ver en numerosas películas de cineastas como Ken Russell -quien fuera uno de los candidatos a dirigir la película cuando Mick Jagger quería que sirviera como vehículo cinematográfico para los Rolling Stones- en Tommy (1975), George Miller en Mad Max (1979), Alex Cox en Syd y Nancy (1986), Takeshi Kitano en Violent Cop (1989), Oliver Stone en Natural Born Killers (1994), Danny Boyle en Trainspotting (1996), Michael Haneke en Funny Games (1997 y 2007), o Gus Van Sant en Elephant (2003).

La pequeña pantalla también ha dejado notar la influencia de la película a través de homenajes en series como Six feet under, en la que un personaje manifiesta su deseo de ver la película, o la serie de animación The Simpsons, que le ha rendido tributo en diferentes episodios y de muchas maneras. También diferentes bandas y músicos han dejado notar la influencia de la película en sus piezas, como U2 que compuso el tema Alex Descends Into Hell For A Bottle Of Milk / Korova 1 para la banda sonora de Johnny Mnemonic (1995, Robert Longo), Beastie Boys aluden a la película en la letra de Looking Down the Barrel of a Gun, o siendo todavía más explícitos, Moloko, la conocida banda liderada por Róisín Murphy y Mark Brydon que tomaba su nombre prestado de la bebida que se servía en el Korova, el bar donde iban a reponer sus fuerzas Alex y sus drugos después de las noches de ultra-violencia.

8. Una fascinante estética

Rodada en escenarios naturales, señalar que el “hogar” ante cuya puerta se presenta el destino responde al nombre de Spy Break y es una casa diseñada por Norman y Wendy Forster con Richard Rodgers cuando formaban Equipo 4. Sin duda alguna una localización de estas características, junto con el fabuloso diseño de producción de John Barry, contribuyen a dotar a la película de un concepto visual que si en algunos casos nos remite irremediablemente a la época en la que está realizada la película, también sirven para ubicarnos en un tiempo indefinido tan auténtico como irreal, tan pasado como futuro.

Malcolm MacDowell

Y si al personaje que interpreta Malcolm McDowell le bastó con una pestaña postiza para resultar retorcidamente inquietante, señalar la calidad del vestuario diseñado por Milena Canonero en su primera colaboración cinematográfica, antes de convertirse en una de las más espectaculares y codiciadas diseñadoras de vestuario contemporáneo, con títulos tan interesantes en su filmografía como Barry Lyndon (1975, Stanley Kubrick), Carros de fuego (Chariots of fire, 1981, Hugh Hudson), El ansia (The hunger, 1983,  Tony Scott), Cotton Club (The Cotton Club, 1984, Francis Ford Coppola), Memorias de África (Out of Africa, 1985, Sydney Pollack), Dick Tracy (1990, Warren Beatty) o Maria Antonieta (Marie Antoinette, 2006, Sofia Coppola). ¡Menuda trayectoria!

9. Esa mirada de Malcolm McDowell

Malcolm McDowell, que venía de interpretar al protagonista de If… (1968, Lindsay Anderson) -otro joven airado y rebelde que se erigía como uno de los mejores exponentes del Free cinema-, era la primera y única opción de Kubrick para interpretar a Alex. Si el actor no hubiera accedido a participar en el proyecto, probablemente la película no se habría realizado. Irónicamente no obtendría ninguna de las cuatro nominaciones al Oscar que obtendría la película (una para su montador, Bill Butler, y tres para Kubrick, al mejor guión adaptado, a la mejor dirección y a la mejor película) ni de las siete que obtendría a los premios BAFTA, aunque sí conseguiría una nominación a los Globos de Oro. En cualquier caso, Alex marcaría profundamente su carrera, siempre ligada a personajes turbios, morbosos y perturbados como los que interpretaría en filmes como El viaje de los malditos (Voyage of the Damned, 1976, Stuart Rosenberg), Calígula (1979, Tinto Brass) o El beso de la pantera (Cat People, 1982,Paul Schrader). Una de sus últimas apariciones se producía recientemente en la oscarizada The Artist (2011, Michel Hazanavicius).

Podría seguir enumerando muchas razones para ver La naranja mecánica, como el nasdaq, esa lengua que hablan Álex y sus drugos -imprescindible verla en versión original-; los sencillos y fascinantes títulos de crédito de la película al son de Singing in the rain, en otro fabuloso uso asincrónico de la música; porque es una elección perfecta para disfrutar en Semana Santa y por muchas otras razones que te recomiendo que (re)descubras y que hacen de A Clockwork Orange una película imprescindible.