Fallece Sara Montiel, la diva más internacional del cine español

Por mucho que el gobierno desee fomentar la marca España, ésta ya se publicita por sí misma, a través de iconos que emergen por sí mismos y perduran en el tiempo. Y, sin duda, la imagen de nuestro país en el exterior siempre estará encabezada por Sarita Montiel, Saritísima, la actriz más internacional que ha proyectado el cine español. Una actriz que, tras triunfar en México y Hollywood, regresó a España a realizar papeles protagonistas, hasta que abandonó el cine en 1973. Y hoy ha fallecido Sara Montiel, a la edad de 85 años, a causa de una grave crisis de salud, en su hogar en el barrio de Salamanca de Madrid, donde vivía, dejando tras de sí una estela de leyenda, de icono de cine y de diva. Una estela que han pretendido continuar Penélope Cruz y, en menor medida, Paz Vega, aunque sin lograr su relevancia. Y esta noticia salta a las portadas en una negra semana para el cine español, tras la muerte de Jess Franco, Mariví Bilbao y Bigas Lunas.

.Sara Montiel

Inicio de su carrera

Por su nombre originario, Maria Antonia Abad Fernández, apenas la conoce nadie, no en vano, es demasiado extenso para el éxito en el cine. Pero como Maria Antonia nació en 1928, en Campo de Criptana, en una familia humilde y campesina, que tras la Guerra Civil debió trasladarse a Orihuela, Alicante. En su entorno era conocida por su belleza y su talento para el canto, que fue ejercitado por una monja de su colegio de Orihuela, sor Leocadia. En la Semana Santa de 1941, con sólo 16 años, José Ángel Ezcurra, de la revista Triunfo, la escuchó y quiso iniciarla en el mundo del cine.

Se trasladó a Barcelona, y allí se inició en el cine en el film Empezó la boda, con Fernando Fernán Gómez, el primer actor que la besó en el cine. Con él repitió plano en Bambú (1945), La mies es mucha (1950) y El capitán veneno (1951), en un progreso desde los papeles secundarios a los principales. Su primer papel importante lo interpretaría en Locura de amor, de Juan de Orduña, un film histórico ambientado en la época de los Reyes Católicos, donde se pretendía ensalzar el papel glorioso del imperio español, del pasado (ya que el presente no tenía mucho que celebrar) a través de la pasión de Juana la Loca, con un estilo caligráfico y composiciones similares a los lienzos historicistas del s. XIX español. Allí hacía de la mala malísima, de la princesa Aldara, pero conquistó al público más que la protagonista. Por esta época cambió su nombre, tomando el de su bisabuela, Sara, y el apellido de la zona en que nació, Montiel.

México

El gran éxito de Locura de amor, junto a la recomendación del dramaturgo Miguel Mihura (su amante y quien la configuró como actriz), posibilitaron que Sara Montiel se desplazase a México, a trabajar en la edad dorada del cine mexicano, iniciando su nueva etapa con el film Furia Roja (1951). Allí compartió papel con Agustín Kara, Arturo de Dórdova, Pedro Infante, en el bando masculino, o con Dolores del río, María Félix o Katy Jurado en el bando femenino. De la decena de films que rodó, destacan Cárcel de mujeres, Piel Canela y Se solicitan modelos.

Éxito en Hollywood

En Hollywood se hacía necesaria una estrella de ascendencia latina para atrapar al público con su exotismo, al estilo de lo que Rita Hayworth simbolizaba a finales de los años cuarenta, pero con una figura más voluptuosa. Y así, fue contratada para un papel secundario en el western de Aldrich, Veracruz, donde encarnaba a la chica buena que incluso eclipsaba a la actriz protagonista, compartiendo plano con Gary Cooper. Después participó en Serenade, un musical con Joan Fontaine y que le sirvió para conocer a su primer marido, el director Anthony Mann. Finalmente, participó en Yuma, de Samuel Fuller, interpretando a una india y cuya voz fue doblada al inglés por Angie Dickinson. Firmó un contrato de 7 años, pero renunció a él para cambiar su carrera...

Regreso a España

Porque Sarita Montiel decidió volver a España, donde podía acceder con mayor facilidad a los papeles principales. Y más después del éxito El último cuplé, un film de bajo presupuesto de Juan de Orduña que se convirtió en un boom en taquilla, sobre todo gracias a su aparición en numerosos números musicales, interpretando canciones con voz sensual, susurrante, grave. De este film procede su canción más icónica, Fumando espero, o El relicario. Su fama se extendió más todavía, convirtiéndose en la actriz más taquillera de habla hispana.

Se repitieron películas al estilo de El último cuplé, donde todo pretexto servía para introducir un número musical, como en La violetera, con una recreación del Madrid de zarzuela de principios de siglo. Un cine que no cesan de proyectar en Cine de Barrio. También realizó varias coproducciones europeas, hasta que dejó el cine en 1973 con Cinco almohadas para la una noche, época en la que ya no encajaba con las nuevas directrices del cinematógrafo ni con el destape que empezó a extenderse. Entonces, su carrera se trasladó a la televisión y a las revistas de variedades, que nunca dejó de interpretar, con conocidos espectáculos como Ven al Paralelo.

Símbolo para todos

Sara Montiel es, sin duda, síntoma de un tiempo concreto y de un modo de ser, de un modo casi universal: sólo en el nuevo mundo que surge en la segunda mitad del s. XX, donde el triunfo viene adherido a la juventud y a la belleza, ella logra triunfar. Hubiese sido difícil su éxito en otras épocas, con otro sistema ideológico: pero el s. XX es el siglo de la explosión de las convenciones.

Sarita Montiel fue símbolo para todos también en nuestro país. Para los hombres, fue una manifestación de sus deseos y fantasmas más internos, pues su cuerpo voluptuoso cumplía con el arquetipo de mujer que triunfó en los años cincuenta: una mujer de curvas para ejercer el fetichismo, lejos de las divas famélicas de los años treinta y con frases inteligentes; ahora tocaba la mujer despampanente que mitificar sin conocer a fondo. Ejemplo es Marilyn Monroe, pero también Sarita Montiel, que incluso llegó a encarnar un supuesto constructo de la latina universal, pues podía hacer tanto de española como de mexicana.

Sara MontielPara las mujeres, era una figura ajena a los arquetipos del franquismo, una mujer deshinibida sin ser explícita, que pudo exhibir amoríos sin ser censurada, aunque siempre con su característica elegancia de diva. Lo que Ava Gardner desfasaba en Madrid, ella lo hacía en el extranjero en sus viajes, aunque luego lo importó a España. El papel de la mujer en el franquismo no se puede conocer sin estudiar su figura, aunque eso sí, está bastante distante de las mujeres intelectuales como Carmen Laforet, Josefina Aldecoa, María Zambrano, Carmen Martín Gaite o Ana María Matute, pues Sarita no reivindicaba el intelecto como motor de reconocimiento: lo suyo era la imagen, lo sabía y lo explotaba. De hecho, fue analfabeta hasta los 22 años, y al principio se aprendía los textos de memoria a través de una lectura ajena. Pero aún así, reivindicaba, junto a ellas, la presencia de la feminidad en el centro de la sociedad. Eso sí, a su manera peculiar.

Y para el colectivo homosexual, también ha devenido diva, aunque esto en una época más reciente: y es que, con la distancia temporal, sus actuaciones de revista de variedades o interpretando cuplés se veían con ironía, como exhibición de una fama que lleva, en su propia génesis, su decadencia. Es de las grandes divas homosexuales de la cultura española, a causa de su feminidad exacerbada y sin complejos, aunque siempre con una mesura integrada. Así, sus actuaciones se toman como una manifestación de lo camp en su fusión del erotismo y autocensura, y por su eclosión musical: si en el momento presente podía satisfacer los deseos heterosexuales, con el tiempo, cuando cambian los arquetipos de mujer, es apreciada por el colectivo homosexual como un símbolo de lucha desde los márgenes, aunque no sin cierta ironía integrada. Si en EEUU tienen a Judy Garland, aquí está presente Sarita Montiel.