Un été brûlant (Un verano ardiente): fijar el desamor en una imagen

En 2005, murió el pintor surrealista Fréderic Pardo, amigo íntimo del director francés Philippe Garrel. Y, en la presentación de la última película del francés en el festival de Venecia, afirmó que su película era un homenaje a su figura. Garrel quiso contar la experiencia de su amistad con Pardo, y así es como Un été brûlant (Un verano ardiente) parecía convertirse en una película del duelo, en un film que sutura el shock de las ausencias repentinas. Pero lo interesante es que Garrel ha logrado darle la vuelta al tema: partiendo de un sentimiento autobiográfico, ha construido una película totalmente nueva, que no se convierte en ningún momento en una terapia para el director. Porque Un été brûlant no narra las consecuencias trágicas de la muerte y el dolor que ha generado en el director, sino que se va al antes, a realizar una especie de retrospectiva sobre la amistad.

crítica de un verano ardienteY es que Un été brûlant está compuesta a través de un inmenso flashback, que narra los últimos días de vida de un pintor llamado Fréderic (interpretado por Louis Garrel, su hijo y actor fetiche), que toma el mismo nombre que su referente real. El comienzo de la película está focalizado en Fréderic, quien muere en un accidente, y su mejor amigo, Paul (la proyección del director Philippe Garrel dentro del metraje) comienza a rememorar su vida a raíz de su fallecimiento, tras decir en voz en off tres frases casi entrecortadas: "Fréderic ha muerto. Era mi mejor amigo. Fréderic era pintor". Así, aunque después sea el desamor el tema más analizado en la obra, la estructura de la película está determinada por la amistad, pues todo es narrado por Paul, que inicia sus recuerdos con su primer contacto con Fréderic y finaliza con su muerte. Aunque hay imágenes en las que no aparece, que pueden provenir de reconstrucciones de las narraciones de sus amigos, o concesiones del director para poder comprender mejor a los personajes (no hay que ser fiel a una estructura siempre).

La voz en off de Paul aparece en escasos momentos, dejando paso a un recuerdo que ha quedado fijado en imágenes más que en palabras. Y es que el dolor, a veces, es imposible de apresar en ideas o frases, sólo queda como instantes de memoria visual que emanan, sin control, en la mente. Por eso, cada plano de Garrel, que casi capta un tiempo real, con planos prolongados en el tiempo, llevan un sello de dolor en su propia constitución: son fisuras que se suturan en imágenes, y siempre están rodeadas de silencio antes y después de la palabra, con un verbo aislado que no puede gritar. Asimismo, el proceso de auscultación de Philipe Garrel de las emociones siempre está determinado por la fijación en los primeros planos, que se prolongan permitiendo expresar al actor la interioridad del personaje. El primer plano como mapa del dolor.

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Pero, ante todo, Paul describe el tiempo anterior a su muerte, y aquí encuentra su sentido el título, que encuentro bellísimo: un verano ardiente, pues estamos en el verano antes del otoño de la muerte, y no en cualquier verano, sino en uno ardiente, con un adjetivo superlativo; es un incendio estival, donde se suceden emociones que queman, ya sean de felicidad o de dolor. Un verano en el que se produce la eclosión de emociones entre dos parejas, la de Fréderic y su musa Angèle, y la de Paul y su novia Élisabeth, que pasan la estación en Roma, durante el rodaje de una película; y donde también se cruzará la presencia del atractivo Roland.

Básicamente, cada pareja mantiene un conflicto: Élisabeth se siente minusvalorada por la amistad tan intensa que mantiene Paul hacia Fréderic, mientras que Fréderic está profundamente obsesionado por Angèle, mientras ella comienza a despreciarlo progresivamente. Y en este verbo está una de las claves del film, porque Un été brûlant parte de una narrativa anterior, que sirve como hipotexto: se trata de Le mépris (El desprecio), una de las obras fundamentales de Jean Luc-Godard, donde el director trata de captar los sutiles cambios de actitud en el seno de una pareja, que normalmente son invisibles y, sin embargo, comienzan a generar sentimientos que se sedimentan. En este caso, es el desprecio, que Angèle comienza a desarrollar en cierta medida hacia Fréderic.

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Un été brûlant es un verdadero hipertexto de Le mépris, es su doble contemporánea, su simetría en la actualidad, y sin depender de ella, sí que establece una intensa comunicación, a la manera de una variación en su plasmación cinematográfica. Le mépris también se desarrolla en Italia, y también son 4 los personajes fundamentales: el guionista Paul (Michel Piccoli), su novia Camille (Brigitte Bardot), el productor y su secretaria Francesca Vanini. En Un été brûlant, Michel Piccoli encontraría su alter ego en Louis Garrel, mientras que Brigitte Bardot se metamorfosearía en Monica Bellucci: de hecho, la elección de la italiana parece guiarse por esta idea de crear un parentesto cinematográfico, pues tanto Godard con Bardot como Garrel con Bellucci toman iconos de sexualidad femenina desbordante, que en ocasiones son más solventes como modelos que como actrices (aunque Monica Bellucci está muy acertada en Un été brûlant). Y Camille comienza a despreciar a Paul cuando siente que éste la usa para ser contratado por el productor para escribir una adaptación de La Odisea, del mismo modo que Angèle rechaza a Fréderic por su desatención y sus visitas a otras mujeres.

Entre ambas películas se puede rastrear un juego de referencias icónicas, que son casi calcos de situaciones o de planos. Por ejemplo, el accidente de coche de Fréderic es simétrico al accidente de coche de Camille, cuando huye de Paul tras despreciarlo profundamente; su única variación es que en Un été brûlant sucede al principio y en Le mépris al final, pero se debe a la estructura en flash-backs de la primera. Así, hay primero un plano en una gasolinera, un plano de espera de Fréderic para contener el dolor, y después el accidente donde todo estalla:

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Asimismo, el paseo de Fréderic por los decorados de los estudios tras perder a Angèle es simétrico al deambular de Paul cuando Camille es conducida por el productor americano en su coche, separando los dos miembros de la pareja, que ya no encontrarán su equilibrio:

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Y, finalmente, Un été brûlant establece un guiño a Le mépris en su inserción de un pasado greco-romano en el rodaje de la obra, a través de la introducción de estatuas antiguas:

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Y es que ambas películas introducen un juego de metacine, pues sus narraciones están inmersas dentro de un proceso de rodaje, y la película que filman crea ecos con la vida de los personajes. Así, en Le mépris, es el rodaje de la Odisea el que sirve como intertexto que teje relaciones con los personajes: el productor interpreta que Odiseo, tras llegar a Ítaca, produce el desprecio de Penélope por no rechazar de inmediato a los pretendientes, y del mismo modo, Paul parece no bloquear el contacto del productor con Camille y, por eso, ésta comienza a desarrollar un desprecio.

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En cambio, hay dos tipos de metacine en Un été brûlant: la película basada en la antigüedad, donde se refugia Angèle de Fréderic; y, por otro lado, el rodaje de una obra ambientada en la 2ª Guerra Mundial, en medio de la resistencia nazi. Y este relato sirve como eco con el presente, a través del contraste de dos tipos de vida: en el relato metaficcional, los personajes están obligados por las circunstancias y por la guerra a luchar y a morir; en la ficción principal, es el amor el desencadenante del dolor y la muerte. Así, la crítica de Un verano ardiente está dirigida hacia una especie de banalización de una sociedad que ya conoce la guerra, y que desconoce el verdadero horror.

Y, para narrar eso, Philipe Garrel recurre también a una figura espectral, que inmoviliza en su irrupción por su poder: cuando Fréderic está en el hospital convaleciente tras el accidente, aparece su abuelo, que luchó en la 2ª Guerra Mundial y le narra los acontecimientos que vivió en ese tiempo de penuria. Y esa aparición es fundamental, pues se trata del propio padre de Philipe Garrel, el director Maurice Garrel, en su último papel en cine antes de morir ese mismo año. Maurice lucho en la guerra en la resistencia contra los nazis, y le narra directamente su pasado a su nieto real, pues Fréderic es su nieto Louis Garrel. Así, en esta conversación se crean ecos que trascienden la ficción y que conmueven si se conocen. Además, el hecho de que Philipe Garrel dirija a su hijo siempre crea una especie de extrañeza, más teniendo en cuenta que su amigo Paul es el alter ego del director Philipe Garrel. Así, tres generaciones de una familia dedicada al cine se da cita en esta película, que es a la vez un testamento de su miembro más anciano, Maurice.

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El mayor problema de la obra es que se contradice en su tono con su propio título, pues no termina de ser ardiente en la descripción de las emociones: siempre hay una frialdad en la mirada hacia los personajes; una frialdad que también puede ser un cierto respeto. Pero, aún así, le sobran valores artísticos y aptitudes cinematográficas, pues Philippe Garrel es un cineasta clave y con un talento descomunal para fijar emociones en imagen. Pero hay momentos culmen, como ese baile de Angèle con su amante esporádico, mientras Fréderic observa: ellos danzan en mitad de un círculo que les rodea, en una escena que parece filmada para ellos y, también, para nosotros. Aquí, Garrel concentra su gran sensibilidad, construyendo una escena que se sabe dirigida a dos destinatarios: en primer lugar, al espectador; y, en segundo lugar, a los amantes, que viven el baile como si fuese una ficción para ellos mismos.

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4 estrellas