Promised Land (Tierra prometida): poner un precio a la colectividad

Promised Land (Tierra prometida) parece sellar, definitivamente, la amistad y, ante todo, la fértil colaboración artística que han mantenido, a lo largo de los años, Matt Damon y Gus van Sant. Este tándem artístico normalmente establece una distinción de roles: Matt Damon adquiere el papel de actor y guionista, y Gus van Sant el de director. Su primer trabajo juntos fue en Good Will Hunting (El indomable Will Hunting), que parte de un guión escrito por Matt Damon y Ben Affleck y que se alzó con el oscar a mejor guión original. Pero su segunda colaboración adquirió otro tono, pues se fue a las antípodas del cine narrativo: se trata de Gerry, una película experimental con un desierto omnipresente, con guión y protagonismo de la dupla Matt Damon y Casey Affleck (si bien Gus van Sant también colaboró en el guión, ya que era de sus películas arriesgadas, y en ellas se implica hasta las máximas profundidades). Y la tercera estación de este viaje en pareja cristaliza en Promised Land, un regreso al cine más narrativo de Gus van Sant, siempre escindido entre relato y experimentación, y que parte de un guión co-escrito por Matt Damon y John Krasinski, ambos integrantes del reparto. Así, van Sant vuelve a filmar un guión de Damon, de tono narrativo, que supongo, implicará una nueva obra radical en el futuro.

Crítica de Tierra Prometida

Pero Gus van Sant, aunque quizá sea más reconocido por sus obras experimentales, es sin duda un gran narrador, y eso se nota en Promised Land, donde cada plano contiene una composición muy precisa, que siempre explicita la psique de sus personajes, y donde el relato se desarrolla con un ritmo adecuado a la historia. Y, además, la propia historia sirve como símbolo de ciertas derivas del capitalismo contemporáneo y, por lo tanto, refleja algunas paradojas de la sociedad contemporánea: sabe sintetizar narración y discurso en un mismo plano como pocos directores logran. Porque Promised Land sigue los pasos de un empleado de Global, una multinacional que desea explotar unos yacimientos de gas ubicados bajo el territorio de un pequeño pueblo de EEUU por el método del fracking, que implica la fractura de los sustratos geológicos mediante la inyección de componentes químicos. Este métoco, muy usual últimamente para la extracción del gas, conlleva un grave riesgo de contaminación de acuíferos adyacentes, y por ello, los protagonistas del film deben convencer a sus habitantes para que vendan sus tierras a la empresa y dejen el cultivo del campo. Así, la crítica de Tierra prometida trasciende el ecologismo y va dirigida hacia esa cuantificación de la vida, que impregna todo con el triunfo del capitalismo más voraz.

El enviado es Steve Butler, interpretado por Matt Damon, muy solvente en su papel, aunque en mi opinión, algo eclipsado por su acompañante en la misión, Sue Thomason, encarnada por la magnífica Frances Mcdormand, en unos espacios que recuerdan a su papel en Fargo. Y es que, si bien el personaje de Matt Damon tiene un conflicto más fuerte (el recuerdo de la crisis industrial de su pueblo natal le lleva a fomentar la explotación de gas), es menos real que la picaresca de Sue, que desea dinero para costear la universidad de sus hijos: su personaje me resulta más descarado y real que la progresión al bien de Steve.

Pero, ante todo, la gran apuesta de Promised Land es focalizar el relato en estos dos personajes, de modo que nos identificamos con los devoradores, con los que defienden el capital sobre la vida, y llegamos a comprenderlos: la humanización de estos personajes, que guían al espectador por los entresijos narrativos, puede generar una molestia en el visionado, casi una violencia, una lucha del espectador contra sí mismo, al entender a aquellos que tratan de mercantilizar las tierras del poblado que visitan.

crítica de Tierra prometida

En este viaje para convencer a los habitantes del pueblo, Gus van Sant realiza un interesante retrato sobre la vida en pequeña comunidad, con sus espacios codificados, como el karaoke, único espacio que permite la integración de lo distinto. Es el profesor, perteneciente al estamento intelectual, quien encabeza la defensa de las tierras, y también caricaturiza las acciones de los ecologistas a través del personaje interpretado por John Krasinski; un personaje que, sin embargo, es siempre ambiguo en sus decisiones; creo que su presencia ambivalente tiene algo de trampa en el relato. De todos modos, Promised Land muestra las relaciones de igualdad y jerarquía dentro de la comunidad.

Además, hay una recreación de ciertas obras de Edward Hopper en la composición de los planos, especialmente de aquellos lienzos que retratan la América más profunda. Hopper retrata hogares vacíos, habitados por humanos que se esconden tras sus ventanas, y aisladas en mitad de la naturaleza, que la cerca por todos sus costados. Así, el pintor genera una cierta extrañeza, pues estamos en las lindes entre civilización y naturaleza, y en ese espacio fronterizo, la civilización parece anulada, pues desaparece el ser humano y sólo hay casas a la deriva, construidas en un frágil equilibrio con el mundo más incontrolable del campo. Hopper muestra, en sus calles vacías, esa tensión entre opuestos, y Gus van Sant utiliza tales composiciones para explicitar el fondo del conflicto de los habitantes del pueblo: aproximarse a la cultura o seguir en el seno de la naturaleza. Yo soy un enamorado de estos vastos espacios de América, por lo que estoy seducido desde los primeros planos del metraje.

crítica de Tierra prometida, Edward Hopper

Crítica de Tierra prometida, Edward hopper

Crítica de Tierra prometida

Crítica de Tierra prometida, Edward Hopper

Crítica de Tierra prometida

Crítica de Tierra prometida, Edward Hopper

Crítica de Tierra prometida

Pero el problema proviene del choque entre dos tendencias: el discurso crítico y la estructura narrativa. Y es que el relato le obliga a que el personaje principal evolucione y cambie, y de este modo, se diluye el riesgo de su discurso. Si la propuesta más interesante del film era ubicarnos en el bando de los especuladores y estimular para violentar al espectador, toda esta subversión se derrumba cuando el personaje comienza a dudar de sus propósitos. De este modo, la crítica de Tierra prometida se cierra creando una ingenua utopía que se aleja de la hegemonía del dinero que manda en la realidad: la desolación de lo real es sustituida por un realismo romántico que, inevitablemente, ahoga el relato en la convención. Ahí es donde más parece dudar la cámara de Gus van Sant, y seguramente, lo que ha llevado a su elusión de los Premios Oscar de este año.

4 estrellas