O palhaço (El payaso): entre la vida circense y la vida capitalista

El mundo del circo ha fascinado a múltiples directores, pues la riqueza de las experiencias que contienen las carpas ha permitido el desarrollo de múltiples perspectivas en su tratamiento cinematográfico. La frontera entre la normalidad y la locura, el comportamiento excéntrico de sus habitantes, en un hábitat de pura transgresión, siempre ha despertado gran interés. Así, Ingmar Bergman, en Noche de circo, se centraba en un marido que desea abandonar su núcleo familiar para mantener relaciones con una amazona, que a la vez le es infiel con un actor: el circo es, pues, un espacio para la subversión, para la sexualidad desbordante. En La Strada, de Fellini, los artistas ambulantes sirven como refugio para seres no adaptados, mientras que en Santa Sangre, Alejandro Jodorowski recurría a los espacios para su poética surrealista y simbólica y los traumas psicológicos, con complejos de Edipo no superados y amputaciones. Y, desde Brasil, avalada con múltiples premios de la Academia brasileña (mejor película, dirección, actor y guión), nos llega O palhaço (El payaso), escrita, dirigida y protagonizada por Selton Mello, quien hace aquí de hombre orquesta.

crítica de El payaso

Y el eje que sustenta el film es el conflicto de Benjamin (Selton Mello), un payaso muy popular entre el público que, sin embargo, desea dejar el circo. De hecho, sufre una constante escisión entre dos personajes, entre el ser y el no ser: entre su personaje circense, que levanta sonrisas, y su verdadera personalidad, de halo pesimista. Si un payaso está en la tibia frontera entre la locura y la normalidad, Benjamin nunca encuentra un equilibrio, construye un viaje de ida y vuelta, de un extremo a otro, sin encontrar estabilidad. Su deseo es ser una persona normal, pero el problema es el desencadenante que le lleva a aspirar a la vida capitalista: una mujer, de la que se enamora en una función, y a la que siempre desea visitar. Así, parece que iniciar una relación implica salir de los salvajes espacios del circo, como si fuese incompatible el amor con los tiempos del cólera (ya García Márquez nos demostró su hábil combinación). Además, vivimos un vaciamiento psicológico del personaje, pues se guía por unas líneas muy simples y variará en pocas ocasiones.

De todos modos, no desea el film construir personajes redondos, pues funciona mejor con arquetipos. Y todo ello se debe al tono cómico que predomina, pues el director desea mostrarnos cierta idea del absurdo que parece predominar en la vida circense. Para ello, utiliza una exageración en las composiciones de los planos: se estiran las líneas de fuga; se utilizan travellings de movilidad muy reducida, que contrastan con la parálisis de los personajes; y se sistematiza el uso de planos simétricos, de modo que el personaje, ante un espacio totalmente duplicado, manifiesta su imperfección ante la cámara.

crítica de El payaso

Además, la cámara siempre filma a los personajes de forma frontal, de modo que parece que en todo momento estén siendo observados como si estuviesen en un escenario, como si estuviesen ejecutando una cotidiana función para el espectador: en cada instante, los personajes parecen ofrecerse al público como un espectáculo digno de admirar, por su rareza respecto del resto de estilos de vida del país, como ocurre en su visita a una casa adinerada, contrastando dos estilos de vida completamente antitéticos. Ahora bien, el problema es que el humor es demasiado amable: nunca llega a herir sensibilidades, y eso constituye a mi modo de ver una carencia, pues si la vida en el circo es pura subversión, la película la transforma en algo digerible por cualquier espectador. Falta atrevimiento para mostrar, de verdad, todo lo que se cuece en las entrañas de ese mundo autosuficiente y ambulante. Además, hay escenas de espectáculos que me provocan bastante tedio

Porque, al fin y al cabo, el protagonista es el circo: la personalidad de Benjamin está tan adelgadaza que al final ganan poder los personajes adyacentes, secundarios, que explicitan su excéntrica forma de ser. Y, aunque no refleje toda la transgresión del circo, lo cierto es que sabe captar aspectos de su vida: la cámara se atreve a entrar en el remolino de la carpa y filmar a sus habitantes, se hace íntima con ellos, y en algunos magistrales planos secuencia, capta las noches de convivencia junto a la hoguera. Además, todos los planos estallan en múltiples colores, que nunca llegan a molestar, pues se combinan en una sorprendente armonía, en un frágil equilibrio.

crítica de El payaso

Al final, el circo es casi el argumento, pues el conflicto del personaje principal se mantiene tan invariable que, en realidad, asistimos más a pequeñas aventuras de la compañía: el sujeto se diluye en la comunidad, del mismo modo la película diluye su argumento en una narración estancada, plagada de acrobacias y espectáculos.

Si nunca se atreve a ofrecer una visión veraz de la vida en el circo, siempre amable, en cambio tiene bastante más audacia en el retrato de la vida capitalista: las escasas secuencias de contacto del payaso con el mundo urbano y de negocios son las más interesantes del film, pues ahí sí que emerge la crítica de El payaso hacia el triunfo del capitalismo en Brasil, siempre con amarga ironía. El personaje se ve aplastado por los geométricos espacios de los negocios, con líneas rectas que contrastan con las curvas del circo, y con una burocracia que el film ridiculiza mediante espacios enormes que empequeñecen al personaje. Y Benjamin adelgaza su punto de vista hasta desaparecer, sustituido entonces por una niña que debuta en el circo, en un mensaje de relevo generacional que, a mí, me provoca cierta urticaria.

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3 estrellas