Barbara: el personaje como misterio

Alemania está recuperando su memoria histórica gracias al cine y su poder de representación del pasado. La nueva ola de cine alemán, radicada en Berlín y que ha eclosionado en los albores de este siglo, se atreve a fijar en celuloide algunas franjas oscuras de la historia de Alemania, y una rama se ha centrado en las consecuencias sociales del régimen comunista de la RDA. En un tono de comedia dramática, con cierta amabilidad, Good Bye Lenin puso en escena el shock del tránsito al comunismo al capitalismo, mientras que Das Leben der Anderen (La vida de los otros) auscultaba la opresiva vida cotidiana en las postrimerías del régimen en los años ochenta, donde todas las secuencias del pasado aparecían con una iluminación tenue y colores apagados. Y Barbara, la propuesta de Christian Petzold, ganadora del Oso de Plata en el festival de Berlín de este año, ha sido comparada como una La vida de los otros protagonizada por una mujer, pues la crítica de Barbara va dirigida, de nuevo, contra el sistema comunista que reprimió ciertas conductas sociales.

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Y es que el film está ambientado en el verano de 1978, y sigue la vida de Barbara, una doctora que huye de Berlín Occidental, y se instala en un pequeño poblado de la RDA para ejercer su profesión. Allí no logra adaptarse a las condiciones de vida que le impone el municipio, con ciertas carencias y, ante todo, a las inspecciones constantes para asegurar que no ha llegado una espía occidental. Pero encontrará la empatía del jefe del hospital, que le ayuda a lidiar con las imposiciones de la vida rural, mientras atiende casos de enfermos que sólo solicitan su ayuda, pues la encuentran distinta al resto de médicos de la RDA.

Aunque está teñido como un drama, en realidad Barbara se erige en una especie de policíaco, no por lo que muestra en la pantalla ni por la trayectoria que sigue su protagonista, sino por los pasos que debe dar el espectador para asimilar el relato. Y es que el film construye su protagonista, Barbara, como un misterio a desentrañar, a lo que ayuda el porte de la magnífica actriz que la encarna, Nina Hoss, con un rostro gélido e impenetrable, de seguridad autoimpuesta. El personaje actúa y repite conductas, la cámara las registra, pero no ofrece causas ni explicaciones: asistimos a una parcialidad del conocimiento.

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Porque la virtud del film es su ruptura en la transmisión de información al espectador: el metraje capta un fragmento de la vida de la protagonista, el verano de 1978, y lo sigue de forma rigurosa, mostrando todos los pasos sin omisiones, como un simple proceso. Sin embargo, la narración elude mostrar el origen, el motor primero de su comportamiento, de modo que sólo podemos atisbar una inconsistencia conductual que explicamos. Así, todo el film obliga al espectador a observar atento los actos de Barbara en un ejercicio de desentrañamiento del personaje, de comprensión de su conducta, pues en un principio se nos presenta como un signo vacío, tan vacío como la inexpresión del rostro.

Pero además, este personaje mistérico choca con los métodos velados del régimen por eludir la presencia de espías, de modo que nos encontramos en una tensión entre dos entes opacos, la protagonista resistente y el régimen, que crean la dinámica del film: nos movemos en la frontera difusa entre dos puntos ciegos, entre un rostro de piedra y una puesta en escena que imprime una claustrofobia en sus personajes.

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Para crear la sensación de proceso y de búsqueda, el film desarrolla también un sólido sistema formal, compuesto por cámaras fijas, edulcoradas únicamente con algunas panorámicas, que imponen un ritmo de hierro al visionado. A ello hay que sumarle la frontalidad de la cámara, que aplasta a los personajes con el fondo, y que construye las secuencias mediante saltos de la cámara de 180º, como ofreciendo visiones contradictorias de una misma estancia y un mismo personaje. Del mismo modo, los personajes están en cuadros dentro del encuadre, encajonados en marcos de ventanas o puertas, o en paredes, creando una mayor sensación de aislamiento. Además, el film maneja de forma magistral las correspondencias entre signos, con el sonido de un mar omnipresente que, sin embargo, se omite a la vista hasta el resultado, creando la idea de predestinación.

Todo ello crea una progresión, un ritmo hacia la revelación, como ocurre en cualquier film de Bresson, donde una sucesión de planos estáticos filmando un proceso produce una epifanía final. Porque esta película, Bárbara, como Después de Lucía, o 4 meses, 3 semanas y 2 días, tienen un mismo cariz de proceso, pues agolpan acontecimientos sin apenas explicación hasta llegar al clímax que estalla. Pero si en Después de Lucía el camino va hacia la tragedia, en Barbara, la senda nos lleva a la luz, al descubrimiento de las causas que mueven a su protagonista.

4 estrellas