V-Tumane (En la niebla): los efectos de una guerra ubicada fuera de campo

Sergei Loznitsa es un cineasta ucraniano nacido en Bielorrusia que, durante años, se había especializado en el documental. En su filmografía encontramos obras cumbre, que diseccionan algunos fragmentos desconocidos de la historia de la URSS, especialmente gracias al recurso a imágenes de archivo y a un hábil montaje generador de un ritmo avasallador. Quizá su obra más célebre sea Blokada (Bloqueo), sobre el sitio a Leningrado durante la 2ª Guerra Mundial; o Mal de archivo, que toma una idea del filósofo Derrida como título y nos lleva en ruta hacia los más curiosos rincones de la propaganda soviética. Pero en los últimos años, decidió iniciar el tránsito a la ficción, y en 2010 presentó en el festival de Cannes My Joy, su ópera prima ficcional, que sigue a un camionero que se adentra en la Rusia profunda. Y en la edición de Cannes de este año presentó En la niebla, un film que obtuvo el Premio FIPRESCI de la crítica internacional. Y la furibunda crítica de En la niebla va dirigida contra la destrucción social y psicológica que implica un conflicto bélico.

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En la niebla está basada en una novela del bielorruso Vasiliy Vladimirovich Bykov, que se centra en la actividad de tres partisanos que lucharon, en 1042, contra la invasión nazi. El comienza nos ubica en la vida clandestina de dos partisanos que se topan con un tercero, del que desconfían y asimilan como colaboracionista, y a partir de entonces, se nos descubre el pasado de estos personajes a través de una serie de flash-backs que reconstruyen la trayectoria que les ha llevado a ese conflicto.

Lo más destacado del film es la ausencia de la guerra, o mejor dicho, su presencia fuera de campo. Y es que el director Loznitsa ha decidido eludir la representación directa de batallas campales, pues lo que le interesa es la intrahistoria y, ante todo, la lucha clandestina. Todo el film es sumersión en pequeñas vidas camufladas, y la guerra nos llega como un eco, como una presión constante que impulsa a la huida y al escondite, impidiendo una vida estable. Así, la maldad acecha fuera de campo, y lo milagroso del film es su capacidad de mostrar esa sumersión de la maldad en el propio partisano que lucha contra el supuesto origen del mal, el nazismo. Porque lo que mejor muestra En la niebla es el carácter social del mal: el mal no es innato, sino que se desarrolla en una serie de condiciones que determinan la vida del individuo, y la vida clandestina, en constante peligro, es una causa de ello. Porque los partisanos no son idealizados, son mostrados en toda su crudeza y bestialidad, que emana en su propio físico.

El contenido del film determina profundamente la forma fílmica y el estilo de dirección. Y es que si En la niebla se centra en hechos épicos, en la lucha contra una injusta invasión, el film adquiere un carácter épico. El propio director ha señalado que decidió imprimir una monumentalidad a las imágenes para poder adecuarse al hecho narrado, y para ello, recurrió a los planos secuencias, que construyen la totalidad del film. Sin embargo, hay un gran problema con este recurso: algunos planos están sólidamente construidos, pero en otros muestra una cierta torpeza en la ubicación y movilidad de la cámara que provoca una pérdida de ritmo. Además, la solidez del sistema formal impide una sumersión en la psicología de los personajes, por lo que hay momentos especialmente áridos, donde es difícil sentir la proximidad del personaje y no emana la emoción.

Una crítica de En la niebla debe recaer, siempre, en su título, donde aparece el elemento atmosférico niebla. Un elemento que, en la historia del cine, ha servido para materializar sentidos e ideas abstractas, que no pueden concretarse de forma directa, sino mediadas por el símbolo. Su uso nace de su propia entidad: la niebla impone una ceguera involuntaria, es una capa de agua suspendida que parece, en un primer momento, infranqueable, pero al final se descubre en su inmaterialidad. Todo lo invade pero a nada afecta, salvo a la posibilidad de visión, que siempre lleva a un fundido en blanco.

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Por ello, es un elemento perfecto para simbolizar la ansiedad, el temor a un estímulo desconocido, y en Desserto Rosso (El desierto rojo), de Michelangelo Antonioni encontramos un uso portentoso en la descripción de un ataque de ansiedad de Giuliana cuando huye de la caseta roja y toma un coche sóla. También sirve para metaforizar la parcialidad del conocimiento, el imposible acceso a la realidad, como en Paisaje en la niebla, de Theodoros Angelopoulos. Y ha servido también para figurar una guerra silenciosa e inaccesible para la mirada, que no se percibe salvo en sus efectos, como en La mirada de Ulises, del propio Angelopoulos.

Que el motivo atmosférico figure en el mismo título implica la reserva de un especial hueco para este elemento en el film de Loznitsa. Y En la niebla recoge prácticamente las tres posibilidades semánticas que he anunciado sobre la niebla, en una secuencia final que, sin duda, constituye uno de los planos más furiosos del film. Y es que la niebla sirve aquí para reflejar una guerra desconocida, en el fuera de campo, que no podemos adivinar, y que genera una ansiedad en el personaje ante la parcialidad de conocimiento del mundo. Así, la niebla inicia en el film un movimiento de viaje y de retorno, un fundido en blanco que languidece y revela su realidad a través del sonido. Y aquí, en la pesimista conclusión, Loznitsa logra manejar a la perfección el plano secuencia con los elementos plásticos, revelando una maestría que a veces está ausente en el resto del metraje.

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De todos modos, el hecho de que llegue a nuestras pantallas V-Tumane (En la niebla), una obra realizada en Bielorrusia es, de por si, un hecho sorprendente, teniendo en cuenta el régimen férreo que mantiene un gran aislamiento del país hacia el exterior. Pero no en vano, esta exportación de discursos nacionales, de cine realizado en el país, no procede directamente de ellos, sino que han requerido de un mediador que toda crítica de En la niebla debe señalar: ha sido un director nacido en Bielorrusia pero que ha vivido en Ucrania desde la infancia, Sergei Loznitsa, y reconocido por la crítica cinematográfica, quien se ha adentrado en la historia bielorrusa para representarla en celuloide y llevarla a Europa. Porque en caso contrario, Bielorrusia nos seguiría pareciendo un país sin cine.