El muerto y ser feliz: el héroe moderno es siempre una paradoja

El muerto y ser feliz es, desde su mismo título, un manifiesto contra la narración convencional; ya la sintaxis dislocada del título, con un sustantivo y un sintagma verbal adheridos en un conflicto íntimo, confirma la crítica de El muerto y ser feliz hacia la forma tradicional de contar historias. Pero si en sus dos primeras películas, Lo que sé de Lola y La mujer sin piano, Javier Rebollo recurría a cámaras estáticas, al estilo de Bresson, y recogía una narración desublimada, formada por fragmentos de vida en continuidad sin ofrecer una intriga, tratando de abarcar más la absurdez de la realidad que un relato cerrado, en El muerto y ser feliz, Javier Rebollo da un paso adelante. No sabría afirmar si ha encontrado su nueva voz, o si se trata de un experimento fílmico que ha llegado a buen puerto. Pero lo cierto es que, si sus dos primeras obras explicitaban sus influencias de forma bastante más directa (Bresson, Ozu, Godard, Hopper), en El muerto y ser feliz todas las influencias se han camuflado, han confluido en una estética absolutamente autónoma, desligada de sus referentes. Y, aquí, la ficción gira en torno al mito, aunque un mito tamizado por la modernidad.

el muerto y ser feliz1

El mito moderno

Porque el suelo de El muerto y ser feliz se erige sobre la idea de revisar el mito, no a posteriori, sino en su misma gestación: es una obra sobre el nacimiento de un mito. Y, para ello, cuenta con un mito en sí mismo: José Sacristán, sin duda uno de los actores con mayor talento del país y más implicados en la intelectualidad y las artes. Pero el film construye un mito moderno, no basado en la heroicidad del ser incólume y puro, sino en la paradoja y en la inestabilidad, porque Santos, el protagonista de El muerto y ser feliz, es un ser paradójico en su misma esencia: es un asesino a sueldo que está en las postrimerías de la vida, pues sufre un cáncer que está terminando con su vida.

Al descubrir el carácter terminal del cáncer, decide huir del hospital de Buenos Aires y sumergirse en un viaje sin finalidad por las carreteras secundarias de la Argentina más profunda, iniciando una digresión de la ruta que es, en sí, una búsqueda de sí mismo y, a la vez, una afirmación del ser humano como ser abocado a la muerte. Somos en la muerte, en la consciencia de la misma, y sólo así alguien puede afirmar su existir. Y en esta huida de la muerte y en este camino hacia ella, Santos construye su inestable identidad en compañía de una mujer que recluta y que le sirve de su particular escudero. Porque, para construir el mito, Rebollo recurre a un cierto paralelismo con las novelas de caballerías, en un divagar por el camino en busca de hechos que afirmen la identidad; ya el propio rostro de Sacristán tiene ya un aire quijotesco.

Pero para el nacimiento del mito debe desaparecer el ser humano, pues el mito crece en la memoria, no en el presente. Así, para erigir un mito se requiere la desaparición de su existencia en la memoria colectiva, ese lugar en el que la paradoja del protagonista se disuelve.

el muerto y ser feliz

Una road movie

Para la construcción del mito, Rebollo recurre al viaje como eje de la narración, lo que convierte El muerto y ser feliz en una road movie. Una road movie que pretende dar sensación de rapidez, de tránsito y cambio, y para ello, Rebollo utiliza una cámara Super 16, que genera una especie de polvo en la imagen, generando una idea de movimiento e imperfección, y rodaba en la medida de lo posible una o dos tomas por plano, pues pretendía captar un gesto en movilidad:

Está ese instante, el instante y el demasiado tarde. El muerto y ser feliz es una road movie, y trata de eso, de papel que arde.

En esa road movie, iniciaba un viaje por territorios inhóspitos de Argentina, realizando un retrato de un país poco visto hasta entonces, donde conviven los tipos más enraízados y atávicos del país con la modernidad de la capital. Y, en el camino, siempre el paisaje es un fondo, nunca un protagonista: el paisaje se descubre tras la ventanilla, después de que la mirada visite al ser humano, pues el ser humano es el epicentro del film. Y, en la relación del ser humano con el fondo, Rebollo recurre a la estética propia de Aki Kaurismaki, una referencia fundamental para entender la filmografía de Rebollo en su uso de colores opuestos y de tono desgastado, para explicitar el propio conflicto del personaje en una proyección en el espacio. Un cineasta con quien comparte el sentido del humor, que tiende al absurdo y a la risa sardónica, incómoda, el humor de funerales.

La voz en off

Pero el elemento fundamental que no puede pasar desapercibido a toda crítica de El muerto y ser feliz es la utilización de la voz en off, verdadera innovación del film. Porque toda acción está enmarcada por una voz en off que explica, comenta, describe y juzga la actitud del personaje. Esta voz en off constante tiene sus referentes en el cine del pasado, como la que acompaña en Jules et Jim, de François Truffaut, un referente fundamental en la cinefilia de Rebollo; y también aparece en algunas obras de Godard, como la presencia de un director que narra y, por lo tanto, construye discursos en su obra, no refleja realidades. Asimismo, Rebollo ha tomado esta voz principalmente de la literatura, donde la observamos en algunas novelas del escritor argenitno Juan Carlos Onetti, principalmente en La vida breve.

Pero el verdadero avance no es la presencia de una voz entrometida en la diégesis, sino el hecho de que esa voz sea la de los guionistas: son Lola Mayo y el propio Javier Rebollo quienes emiten su voz para acompañar el relato. Este recurso explicita la propia génesis de toda obra cinematográfica: toda película es, en primer lugar y como base, un texto, un guión, que después desaparece en el rodaje y el montaje, queda como arquitectura y cimientos del film. Pero aquí, Rebollo recurre a la emergencia directa del proceso de escritura del guión en el resultado final, en la propia película, donde las marcas del guión, la voz de los guionistas se hace omnipresente, siguiendo el recorrido del personaje. Así, Rebollo pretende fundir los dos extremos del proceso cinematográfico, la génesis y el resultado, en una única obra, pluriforme y de múltiples interpretaciones.

el muerto y ser feliz

Y esta voz va cambiando su significación: si en un primer momento, la voz es omnisciente, parece conocer los pensamientos de los personajes y les sigue por delante, los juzga e interpreta, a continuación, estos personajes, en su huida y su viaje, se adelantan a la voz, que es incapaz de describir con exactitud lo que ve. Así, la voz pasa de omnisciente a testigo, pues el mito supone el paso de un ser humano que puede ser interpretado a un mito que deslumbra. Además, es importante la voz en off porque todo mito se construye en la palabra, en una cierta hipérbole, así que es esta voz la que crea el mito de Santos, un ser en la muerte y para la muerte, y por ello, más vivo que nunca.

5 estrellas