Zero Dark Thirty: la violencia engendra violencia

Desde que el mundo presenció atónito los atentados perpetrados el 11-S, han sido numerosas las películas que han intentado plasmar uno de los días más negros en la reciente historia de los Estados Unidos. Los ataques suicidas planeados por Al Qaeda contra los buques insignia de la patria norteamericana, las torres (aparato económico), el Pentágono (militar) y la Casa Blanca (político), fueron el detonante de una persecución incesante contra el monstruo del terrorismo islámico, mitificado en la figura de Osama Bin Laden. Precisamente esta búsqueda incesante y paranoica es lo que podemos ver, con todo lujo de detalles y con una documentación pavorosa, en Zero Dark Thirty. Y debe ser un relato de ficción bastante fidedigno si tenemos en cuenta que el Senado de los Estados Unidos ha comenzado a investigar a la CIA por colaborar con el film.

Zero Dark Thirty

"Basada en relatos de primera mano de los acontecimientos reales". Esta es la premisa con la que parten Kathryn Bigelow y el guionista Mark Boal, que vuelven a trabajar juntos después del éxito alcanzando con The Hurt Locker. Solo que esta vez, el tema a tratar tiene muchos más recovecos y dobles morales, porque los hechos acontecidos en la realidad son extremadamente difíciles de juzgar. Acertadamente, la película comienza con la pantalla en negro, acompañada por los sonidos y las voces de la tragedia de lo acontecido en el World Trade Center tras estrellarse los dos aviones comerciales secuestrados. Unas imágenes que quedaron grabadas a fuego en la memoria de la sociedad norteamericana y en la retina de todo el mundo occidental. Precisamente, este es el primer acierto de la película, que consigue dejarnos con la sangre helada sin mostrarnos ni un fotograma de algo que ya tenemos interiorizado.

En un film como United 91 pudimos ver la masacre contada desde dentro de un avión secuestrado y Oliver Stone nos relató en World Trade Center, con una alta dosis de patriotismo, la historia de los héroes que dieron sus vidas por rescatar a los supervivientes de las torres. Este es el segundo acierto de Bigelow, que no se detiene ni medio segundo en unos acontecimientos que ya conocemos, y nos transporta de inmediato a una sala de interrogatorios y de tortura en un lugar remoto de Pakistán. La tortura, esa práctica que Estados Unidos utilizó metódicamente durante el gobierno Bush, y que todos presenciamos gracias a las fotos filtradas sobre los abusos cometidos contra los presos de la cárcel iraquí de Abu Ghraib. En estos lacerantes interrogatorios es donde la protagonista, Maya, una agente de la CIA, consigue una pista que puede ser clave para dar con el paradero de Bin Laden. ¿Pero acaso el fin justifica los medios? Hay quien lo ha interpretarlo como una apología de la tortura, y ha acusado a Kathryn Bigelow de dar argumentos a favor de estas rutinas. Sin duda, una teoría algo rebuscada, ya que esta idea no se defiende en ningún momento durante la película.

Bigelow divide la historia en capítulos para narrar todo el proceso previo a la captura de Bin Laden con una óptica documental, tan profesional, que a veces parece que nos encontramos frente a un relato periodístico. Una sensación que aumenta gracias a la frialdad de los planos y al posicionamiento de la cámara. La narración se centra en la visión de Maya, interpretada brillantemente por Jessica Chastain, la agente de la CIA que llevó adelante está operación por su testarudez e insistencia por acabar con este símbolo del mal. En el fondo, el personaje protagonista, no deja de ser un reflejo de la obsesión de gran parte de la sociedad norteamericana, traumada tras los atentados del 11-S, y de la ideología individualista imperante en Estados Unidos. Pero en Zero Dark Thirty, no se demoniza a ningún bando, más bien se convierte en una sucesión de hechos violentos y reales, en una retroalimentación de ataques terroristas y vulneraciones de los derechos humanos; un bucle de odio entre culturas, que como nos muestra la película, no ha acabado con la muerte de Osama.

También hay críticas que se han empeñado en señalar que Zero Dark Thirty es una manipulación. Sin embargo, la directora intenta ser lo más objetiva y exhaustiva que se puede ser dentro de los estándares del cine. Ni siquiera desarrolla las motivaciones y la psicología de los personajes en profundidad, porque eso habría sido perderse en valoraciones subjetivas, y su objetivo es anteponer el interés documental que tiene esta “caza al ogro”. Precisamente en esto reside la imperfección de Zero Dark Thirty, ya que es posible que para exponer tantos datos y acontecimientos se adapte mejor el formato documental. Pero a pesar de las dos horas y medias de metraje, la película no pierde intensidad y mantiene un buen ritmo para enganchar al público.

zero dark thirty

Mención aparte merece el cierre de la película, y no hay spoiler posible, porque todo sabemos cómo fue el final de Bin Laden. La invasión de la casa en la que se escondía en Pakistán no es más que la enésima ocasión en la que los Estados Unidos demostraron la impunidad que tienen para actuar ilegalmente en cualquier región del mundo si consideran que es la mejor manera de salvaguardar su nación. Bigelow consigue que el espectador acompañe a los soldados norteamericanos en “la noche más oscura”, que nos infiltremos con visión nocturna en una casa atestada de niños y mujeres para asesinar al hombre más buscado de la última década. A pesar de que sabemos de antemano cómo acabará todo, es una secuencia soberbia, que tensiona y apabulla a quien la observa. No hay maniqueísmos en Zero Dark Thirty, porque como en la vida real, a veces, cuando se cruzan ciertas barreras, “los buenos” también se convierten en asesinos. Bigelow nos da las herramientas y nosotros juzgamos los actos.

4 estrellas