Walker, el caminante parsimonioso de Tsai Ming-Liang

Tsai Ming-Liang es uno de los directores taiwaneses más destacados en la actualidad, y forma parte de la llamada "Segunda Nueva Ola" de directores taiwaneses, junto con Edward Yang y Hou Hsiao-Hsien. A lo largo de su carrera, Ming-Liang ha recibido algunos de los premios más destacados de la red de festivales, como el León de Oro en Venecia por Vive L´amour (Viva el amor), el Oso de Plata y el Premio Especial del Jurado en Berlín por The River y el FIPRESCI en Cannes por The Hole. Y en el pasado festival de Cannes presentó, fuera de competición, su último mediometraje, Walker, que ya está disponible en la red:

Walker (Tsai Ming-liang, 2012) from vanslon on Vimeo.

Lejos de la fantasía musical de El sabor de la sandía, una película que ya es de culto, aunque conservando el humor negro que surca su filmografía, Walker presenta lo que afirma su título: a un caminante. Pero un caminante con el mismo ritmo pausado de la poesía de Antonio Machado, lejos del walk and talk frenético de las series de EEUU. Encarnado por Lee Kang-Sheng, el actor habitual de su filmografía, este caminante es un monje budista que deambula por las abarrotadas calles de Hong Kong, sin doblegar su tempo del andar al dinámico ritmo de la ciudad.

Con su túnica azafrán, sale de su modesto hogar de adobe, y así es como se integra en el devenir frenético de hormigón, acero y cristal que conforma la urbe china. Y Tsai Ming-Liang recurre, en la mayor parte del metraje, a planos fijos y distanciados que permiten mostrar el conflicto entre individuo y colectividad: el caminante pasea lentamente mientras la ciudad se mueve alrededor como un torbellino. Así, la cámara y el personaje se alían en la quietud, mientras que la ciudad se muestra en su movimiento incesante, cruzando el plano rápidamente, de modo que por contraste, la urbe se revela como una máquina que impone un ritmo a sus habitantes.

La reflexión que fundamenta el metraje es, esencialmente, el contraste entre espiritualidad y capitalismo, entre quietud y dinamismo, entre trascendencia y materialismo. El ritmo del monje es el tiempo cíclico, aquel en el que todo se repite incesantemente y, por lo tanto, no requiere de un vitalismo del desasosiego como estilo de vida. Por otro lado, el ritmo de la urbe es el ritmo del tiempo lineal, encaminado hacia el futuro, todo son expectativas, proyectos, planes y, ante todo, acción. El habitante contaminado por la ideología del capitalismo sólo puede pensar su vida en términos de acción y de actividad, y el monje impone esa mirada de contemplación de la realidad a través de su deambular tranquilo.

Es interesante señalar el contraste entre la geometría de la urbe y las ondulaciones de la túnica del monje: Ming-Liang muestra cómo el capitalismo impone la línea recta que expulsa la imperfección, mientras que todo ser humano es, esencialmente, curva, y ante todo, irregularidad, por lo que ser humano y ciudad no llegan a una conexión íntima y mimética. Además, también contrapone el ritmo del monje a la basura innecesaria fabricada por la civilización, a la publicidad que ensalza modelos perfectos y artificiosos, todo ello indicando aquellos síntomas bloquean la armonía.

Asimismo, a veces el mobiliario urbano bloquea la visión del monje, como el autobús que, en su paso por la calle, nos niega la visión del personaje e impide al espectador observar su deambular. Otra metáfora de cómo la ciudad del capitalismo financiero expulsa al ciudadano y lo confina al margen si no se pliega al ritmo y a los hábitos urbanos. A veces, el monje es apenas una hormiga.

Y los ciudadanos observan la excentricidad del monje, pues Ming-Liang no quiere un pacto de ficción, sino un pacto documental: quiere mostrarnos qué pasaría en la ciudad si el monje realmente diese ese paso hacia la lentitud, y es contemplado como una atracción turística, pues la pausa, ante la inmediatez de la cultura, es concebida con exotismo.

Pero Ming-Liang evita el moralismo en el último plano, donde el humor emerge por la contraposición de elementos procedentes de distintos universos. Un plano en el que el personaje, con un movimiento más lento que el propio plástico urbano (incluso lo que se supone inanimado, los plásticos, contiene más movimiento que el ser humano espiritual), se detiene y se come una hamburguesa. Una reflexión similar a la que Charles Chaplin desarrolla en Modern Times (Tiempos modernos), cuando dentro del sistema taylorista, Charlot se queda con la amada y ve posible la redención a través del amor. Del mismo modo, el monje es capaz de desarrollar su quietud en el epicentro del capitalismo, y puede compaginar algunos productos procedentes del consumo con una visión armónica del mundo. Porque la belleza no está en el retiro, sino también en la ciudad, y Ming-Liang lo sabe y lo plasma: una hamburguesa, con una mirada distinta, puede impulsar tanta espiritualidad como el silencio o la pausa. Porque la clave está en la mirada.