Las mejores películas del año

Independientemente de las listas que hayas visto o las críticas que hayas leído, tienes que ver las doce cintas de las que vamos a hablar a continuación. No solo porque sean las mejores películas del año, algo siempre discutible y que depende del gusto de cada uno, sino porque aportan nuevos elementos al mundo del cine. Para hacer más personal esta selección, hemos preferido que los redactores que componen el equipo de Extracine recomienden sus películas favoritas de 2012. Por supuesto, nos encantaría leer cuáles han sido las vuestras en los comentarios.

We Need To Talk About Kevin

Luis M. Álvarez

Más que las mejores películas del año, prefiero destacar aquellas que más me han impresionado. Quizás no tanto porque fueran mejores que otras, pero que por algún motivo dejaron una huella más profunda que otros títulos. Mi año cinematográfico comenzaba un tanto flojo, quizás por la sobredosis de películas con nominación a los premios Goya, Oscar y Globos de Oro y todo ese tinglado. De hecho, salvo por alguna excepción, pocas son las películas de Hollywood que me han gustado realmente este año.

Comenzaba la temporada de este año con The Future, la encantadora película limítrofe de Miranda July. La fiebre post-Oscars nos mostraba la agonía de vivir en Irán a través de Jodaeiye nader az Simin (A Separation), y los premios Goya premiaban la nueva realidad de la vida en España a través de No habrá paz para los malvados. Chronicle era sin duda la estimulante sorpresa de marzo, que llegaba sin conservantes ni colorantes, junto con la adorable Charlize Theron en Young Adult.

En primavera me sedujeron los encantadores bichos raros de Nacho Vigalondo en Extraterrestre, así como por la brutalidad social de Polisse. El verano comenzó con algo de sequía creativa, pero a partir de julio me sorpendían propuestas como la entrañable Moonrise Kingdom, la indignada The Dark Knight Rises o la venganza a través del honor que suponía Hara-Kiri. En otoño surgía con mucha fuerza otra película indignada como la crítica política de Killing Them Softly, pero, sobre todo, la estimulante Looper.

En estos últimos meses quizás lo que más me ha gustado haya sido el extraordinario poder de manipulación que muestra Dans la maison, la interesantísima propuesta de los hermanos Taviani con Cesare deve moriré o el fabuloso relato que propone Ang Lee en Life of Pi, que curiosamente podrían formar una trilogía en torno a la manipulación y las perdurabilidad de la obra artística. Pero si tengo que escoger las tres mejores películas del año me decanto por las siguientes (adelanto que he hecho un poco de trampa):

We Need to Talk About Kevin y Martha Marcy May Marlene

La violencia es un tema que siempre genera controversia. Si en la gran pantalla suele tener mala prensa, lo cierto es que otro tipo de violencia es mucho más perjudicial y peligrosa: la psicológica. Y este argumento es el que tienen en común dos películas tan impactantes como la angustia existencial de Martha Marcy May Marlene y el desproporcionado castigo que parecía implorar el protagonista de We Need to Talk About Kevin.

Tanto en la película dirigida por Sean Durkin, su ópera prima, como en la que dirigía Lynne Ramsay, la familia se encuentra muy cerca del origen de los excesos y carencias de sus protagonistas. Si en la que protagonizaba Elizabeth Olsen era por falta de apoyo y de cariño, en la que protagonizaba Tilda Swinton era quizás un exceso de todo lo contrario. Ambas tienen en común a un personaje sociópata, en una es el que influye perniciosamente en la protagonista, en la otra se centra en torturar a su madre, que se sentirá culpable de los actos del hijo. Y las dos tienen en común la demoledora sensación de abatimiento y desazón que dejan en el espectador (en este). Historias reales y terroríficas, que duelen. Nuevamente me resulta imposible escoger y por eso las escojo a las dos como lo mejor que he visto en un cine en este último año.

Miss Bala, de Gerardo Naranjo

Desde mi punto de vista, las mejores películas de la última edición de los premios Goya estaban en la categoría de películas iberoamericanas. Irónicamente ninguna de mis dos favoritas acabó llevándose el premio. Algo que no comprendo porque Un cuento chino me pareció bastante floja en comparación con la vida en Baja California de Miss Bala o ese corazón encogido que nos dejaba Violeta se fue a los cielos.

La propuesta de Gerardo Naranjo llegaba después de haber pasado por el festival de San Sebastián, donde se había llevado el premio Horizontes. Su película comenzaba con dos jovencitas ilusionadas por participar en un concurso de belleza que les sacara de la miseria en la que vivían, pero que terminan enredadas con una organización de peligrosos narcotraficantes. Si el estilo de la película se acercaba más a un realismo social, Miss Bala acababa por arrastrar al espectador en una aventura casi terrorífica siguiendo el periplo de una joven que vive en una sociedad cuya mejor garantía de permanecer con vida es la de ser invisible.

Violeta se fue a los cielos, de Andrés Wood

Algo similar sucedía con la propuesta de Andrés Wood. Ganadora del Gran Premio del Jurado en Sundance, Violeta se fue a los cielos se planteaba como un biopic en el que se mezclaba realismo mágico con técnicas de docu-drama y documental. Aspera y arrebatadora a partes iguales, casi como se intuye era la propia personalidad de Violeta Parra, la película conseguía cautivar tanto desde un punto de vista visual, como por la manera en la que narra la historia de un personaje irrepetible que incluso desaparecía detrás de la inmensa actriz que lo interpretaba: Francisca Gavilán.

Las dos son películas inolvidables y emocionantes que contienen secuencias que me emocionan cada vez que las recuerdo, como el momento en que Laura Guerrero es coronada como reina de la belleza, o cuando Violeta canta su canción acompañada tan sólo de un tambor. Y por eso también me es imposible escoger entre una y otra propuesta enclavándolas juntas en el segundo puesto del cine que he visto a lo largo de este último año.

Wuthering Heights, de Andrea Arnold

Las adaptaciones literarias siempre son objeto de encarnizadas discusiones. ¿Se debe ser fiel al texto o se debe hacer una lectura personal? La cineasta británica Andrea Arnold pareció tenerlo claro con su flamante adaptación de la novela de Emily Brontë. Es posible que su versión de Wuthering Heights sea infiel en lo que al texto se refiere, pero totalmente fiel en el fondo pero, sobre todo, al transmitir el sentimiento de ese amor verdadero que te produce tanto placer como dolor. En algunos festivales, como Valladolid y Venecia, premiaban a Robbie Ryan por su prodigiosa fotografía, siendo merecedores de mención tanto Solomon Glave y Shannon Beer en el festival italiano por sus interpretaciones de los jóvenes Heathcliff y Catherine. Una película tremendamente orgánica que tanto por su capacidad para hacer sentirme sentir emociones similares a las que había experimentado leyendo la novela, como por la extraordinaria manera en la que transmite el doloroso amor que une a sus protagonistas se instala en el tercer puesto de mi ranking personal.


Rafael Vidal

A Torinói ló (El caballo de Turín), de Béla Tarr

El 3 de enero de 1889, en la plaza Alberto de Turín, Nietzsche vio a un hombre maltratando a su caballo: demolido por la visión, se abalanzó hacia el animal y lo abrazó, tratando de impedir que siguiese recibiendo golpes. Tras ese instante, se desmayó, y en escasos días, se sumió en un estado de locura que lo apartó de la escritura y del pensamiento. A Torinói Ló (El caballo de Turín), basada en la obra del húngaro László Krasznahorkai y dirigida por el también húngaro Béla Tarr, sigue la trayectoria del caballo, su dueño y su familia, y nos sumerge en la semana que siguió al episodio de Turín: en siete días, vivimos el apocalipsis, el progresivo apagamiento de la vida en la zona rural de la familia, el mismo recorrido que Europa ha ido experimentando desde finales del s. XIX. Este film obtuvo el oso de Oro en el festival de Berlín de 2011, pero lo incluyo en esta lista porque en España se estrenó en febrero de este año.

Lo primero que es preciso destacar de este film es la radical negación de la denotación: denotativamente (si es posible encontrar este aspecto en la imagen), vivimos la decadencia de la familia, en un camino sin fin hacia la muerte. Pero las escasas palabras que tejen el film impulsan un significado connotativo sobre todo el metraje: por un lado, una voz en off al comienzo nos avisa de que el caballo es el que ha causado el eclipse del más lúcido filósofo del s. XIX; por otro lado, un personaje irrumpe a mitad del film para avisar sobre el comienzo del derrumbe de la idea de progreso en Europa. Así, simplemente mediante la fabulación que imprimen las escasas palabras que se pronuncian en el film, trascendemos el visionado del declive económico de una vida familia humilde, y asistimos a una disección de la historia europea: del individuo pasamos a lo colectivo.

Y es que, en definitiva, A Torinói Ló, o en general todo el cine de Béla Tarr, es una emanación del inconsciente colectivo europeo: trata de poner en escena el irracinoalismo que reposa bajo la identidad civilizada europea, y que ha llevado a episodios como el holocausto. Béla Tarr es el más lúcido director europeo, en el sentido de captar lo que reposa bajo la vivencia del progreso. Un progreso que, él sabe, se ha agotado, como el camino de la vida de sus protagonistas. Y, además, nos hace experimentar, sensorialmente, ese declive, a través de impresionantes planos secuencias: vivimos el efecto del tiempo sobre los personajes, el envejecimiento, la decadencia, de forma demoledora, sintiendo el paso del tiempo sin elipsis, sino a través de sus efectos. Es, sin duda, el director que mejor ha captado la vivencia del ser humano en la temporalidad.

La noche de enfrente, Raoul Ruiz

El director chileno Raoul Ruiz falleció en agosto de 2011 en París, a causa de un cáncer hepático. Y en su haber, dejó una película con el rodaje finalizado, pero todavía pendiente de montar, que su mujer Valeria Sarmiento se encargó de dejar terminada, y fue presentada en la sección "La quincena de realizadores" en Cannes de 2012. Se trata de La noche de enfrente, un film que en sí mismo parece una despedida del propio Raoul Ruiz de la vida. Christian Vadim es Jean Giono, un jubilado que anticipa su próxima muerte, y comienza a rememorar su pasado. Pero, en Raoul Ruiz, el estatus de la realidad siempre se cuestiona, y más si en ella encontramos una deformación a través de la distancia temporal.

El propio personaje afirma que, para él, el tiempo está contenido por canicas, pequeñas esferas en las que se condensan instantes, y que permiten el tránsito por distintas etapas vitales. Así, el metraje es un deambular por las distintas etapas vitales del protagonista, la infancia, la adultez, el presente de vejez y, además, el pronóstico de su muerte. Y a ello hay que sumarle la imaginación que reinterpreta los hechos. Así, se crea un marasmo de fragmentos temporales reales e imaginarios, explicitando que Raoul ruiz, a sus 70 años de edad, era uno de los directores más modernos, y ante todo, el portador de una de las creatividades más desbordantes de la cinematografía actual.

Once upon a Time in Anatolia, Nuri Bilge Ceylan

Este director turco Nuri Bilge Ceylan está construyendo unas de las filmografías más sólidas e interesantes de la cinematografía, continuando los caminos que en su día abrieron Ingmar Bergman, Michelangelo Antonioni o Andrei Tarkovski. Y, en Once Upon a Time in Anatolia, que obtuvo el Premio Especial del Jurado en Cannes de 2011, pero que ha llegado a las salas europeas este año, lo hace a través del género policíaco. En esta obra firma el Zodiac europeo, pues es un policíaco sin resolución, una historia de historias que no explicitan su resultado. Divivida en dos mitades, noche la primera, día la segunda, seguimos una investigación policial por el territorio turco, en busca de un cadáver cuya ubicación es desconocida.

Y esa búsqueda permite una angustiosa reflexión sobre los límites del conocimiento humano: el paisaje deslumbrante de Turquía oculta toda posible resolución, embate con el viento o los relámpagos, pues la realidad es indiscernible para el ser humano. Y esta búsqueda imposible deviene, también, una explicitación de las deficiencias de las instituciones turcas: la ya difícil experiencia humana se ve entorpecida por las instituciones que, según parece, creamos para nuestra ayuda. Así, la Turquía de ruinas, o la Turquía metaforizada por una mujer que surca el plano (una Turquía plagada de belleza, donde es posible el ideal de la polis), es raptada por las instituciones, dejando al ciudadano en absoluta indefensión. Todo ello a través de una sublime puesta en escena, con un trabajo de iluminación nocturna irreprochable.


Carlos Sanz

Looper

Sin duda, una de las sorpresas del año. Precedida por una escueta pero eficiente campaña de promoción, es de ese tipo de películas que es mejor ir a ver al cine sin conocer muchos detalles de la trama, puesto que se guarda unas cuantas sorpresas durante todo el metraje. Y ese es quizá el punto más interesante y atrayente de la obra: su continua evolución, una trama en constante cambio y con muchos detalles novedosos y originales que tendrán pegado al espectador al asiento durante todo su visionado.

Aparte del guión y de la historia ideados por Rian Johnson, su realización también esta perfectamente acorde a lo que necesita la cinta. Aparte de esto, el dúo protagonista formado por Joseph Gordon-Levitt y Bruce Willis parecen la elección correcta para cada uno de los papeles, aparte de otros secundarios interesantes. En definitiva, he elegido Looper por el soplo de aire fresco que supone para una industria donde parece que se han acabado las ideas, pero que después de ver cintas como esta podemos comprobar que no es así en absoluto, que todavía quedan muchas historias originales que contar sin dejar de entretener al espectador.

Moonrise Kingdom

La última película de Wes Anderson podría enmarcarse, al menos para mi, entre una de las mejores de su filmografía. En realidad no supone nada revolucionario dentro de su particular estilo de realización, con esa puesta en escena tan literaria, con planos donde reina la simetría y personajes con muchos problemas de identidad. El director no renuncia a todos los ingredientes que le han llevado a convertirse en uno de los cineastas más interesantes del panorama actual, y cualquiera que vea Moonrise Kingdom inevitablemente la relacionará con él.

Esta vez la historia de amor está protagonizada por dos adultos en el cuerpo de dos jóvenes, que huyen de sus respectivas vidas mientras el resto de sus compañeros y familiares les buscan. En las películas de Anderson la trama es lo de menos, lo importante es cómo plasma el director todas esas peculiares ideas en la pantalla. Secundado, como ya viene siendo habitual, por un gran reparto, los secundarios son los personajes que sustentan la cinta, que marcan el ritmo de la historia, y el colorido de la fotografía también nos ha dejado algunos planos realmente destacables, siempre marcados por un humor sutil pero efectivo. Por supuesto, tampoco falta una buena banda sonora como nos tiene acostumbrados Wes Anderson.

We Need to Talk about Kevin

Pero en 2012 también ha habido buenas películas fuera del circuito de las industrias. Aunque We Need to Talk about Kevin llegó a las salas de Estados Unidos en 2011, en otros países como España tuvimos que esperar más tiempo para poder disfrutarla. No se trata de una película bonita, no es una de esas obras que podamos disfrutar en el sentido más literal del término, y que no encontraremos un final feliz como conclusión. Pero en Requiem For a Dream ocurría lo mismo y es una obra maestra. La cinta de Lynne Ramsay nos muestra la cara oculta y la más perversa de un niño pequeño (y después no tan pequeño) como pura maldad, como puro odio hacia su progenitora.

Desde este punto de partida, y siempre ayudados por las grandes interpretaciones de Tilda Wilson y Ezra Miller (aunque el resto tampoco les desfavorecen), tenemos como resultado una película muy dura con todo tipo de enfrentamientos psicológicos que llevan al espectador a plantearse muchas cosas. Como ocurre en la película de Wes Anderson, aquí la trama es lo de menos: es una simple excusa para realizar un ensayo sobre la violencia, la (pésima) relación de una madre y su hijo y las consecuencias que puede tener en la vida de cualquiera hacer una mala elección. Además, el montaje, con numerosos flashbacks siempre bien ubicados, se nos presenta como un recurso esencial para poder desarrollar correctamente una historia que, en las manos incorrectas, podría haber sido un desastre.


Álex ArgelésÁlex Argelés

Amour, de Michael Haneke

Michael Haneke es posiblemente el cineasta en activo más perturbador que podemos encontrar. En todas sus películas, el director germano-austriaco se ha empeñado en incomodar a su audiencia, hastiado por el estilo del cine más convencional, dedicado casi exclusivamente a reconfortar y divertir. Ha cultivado un estilo cinematográfico crudo, de desarrollo lento, cargado de simbolismo y de preguntas sin resolver, que obligan -casi por la fuerza- a que nos involucremos en sus historias. Amour es el último largometraje salido de la cabeza de Haneke, una película que ha arrasado con todo merecimiento en los principales festivales de cine: Palma de Oro en el Festival de Cannes; ganadora de los premios más importantes del Cine Europeo; mejor película para el Círculo de Críticos de Nueva York y Los Ángeles; y nominada a mejor película de habla no inglesa en los Globos de Oro. Amour ha conseguido unanimidad entre el público y la crítica especializada.

Con Amour Haneke lo ha vuelto a hacer. El cineasta ha firmado una película brillante, dirigida de forma impecable y, sobre todo, que consigue sobrecogernos durante más de dos horas. Aunque es un film doloroso, sí es cierto que hay una evolución temática, y la historia es mucho menos perversa que otras como Funny Games, Caché, La Pianista o La Cinta Blanca. A pesar de salir de la sala de cine con una sensación de angustia en el cuerpo, me pareció la película más conmovedora y tierna que ha creado Haneke. Es la historia de un matrimonio de la tercera edad. Dos músicos retirados, cuya vida queda totalmente trastocada después de que ella sufra una grave parálisis. En este caso, el mal que destroza la tranquilidad de la vida de los protagonistas no es un psicópata, ni siquiera un ser humano, es la enfermedad la que pone a prueba el amor de esta anciana pareja. Y Haneke lo retrata de la manera habitual: con realismo absoluto, sin artificios y con esos interminables planos amplios; situándonos junto a los protagonistas dentro de las cuatro paredes de su casa, como si fuéramos unos voyeurs invisibles que contemplan la tragedia de unos desconocidos. A pesar de la crudeza, Amour habla sobre todo del amor verdadero, el que perdura más allá de la pasión y la atracción física, el que sin ninguna duda siente el personaje de Georges por su mujer en este magnífico relato.

Kiseki, de Hirokazu Kore-eda

Kiseki (Milagro) es la historia de dos hermanos de doce años, que se ven obligados a vivir apartados el uno del otro tras la separación de sus padres: Koichi vive con su madre y sus abuelos en Kagoshima, mientras que su padre y su hermano están en Fukuoka. Los dos ansían un milagro que sirva para reunir a la familia al completo; por eso, cuando se enteran de que van a inaugurar una línea de tren de alta velocidad que unirá las dos ciudades, deciden seguir a pies juntillas una leyenda japonesa que dice que si estás presente la primera vez que dos trenes se cruzan, el deseo que pidas se hace realidad.

La historia puede sonar trivial, pero al cargo de esta cinta está Hirozaku Kore-eda, el denominado por mucho como el Ozu del cine contemporáneo. Aunque esta es una afirmación bastante precipitada, nadie duda de la valía del director japonés, todo un especialista en retratar los sentimientos mundanos como el amor, la soledad, el miedo y el cariño por la familia. Kore-eda nos enseñó el lado más amargo que puede tener una reunión familiar con su gran largometraje Still Walking, y, anteriormente, también dedicó una dura película al mundo infantil con Nadie Sabe, que narra las difíciles andanzas de cuatro niños abandonados. En Kiseki, el director nipón continúa su reflexión sobre lo difícil que es en muchas ocasiones mantener intactos los lazos familiares, pero en este caso da una vuelta de tuerca al tono de su cine: es un film tierno, amable y que nos trasmite altas dosis de positividad. Es una fábula esperanzadora, que muchos han considerado una película menor en su filmografía porque es menos compleja y menos sombría que sus anteriores trabajos.

Con total naturalidad, Kore-eda dirige un film emotivo, hermoso y principalmente sostenido por dos niños actores que tienen una compenetración espectacular frente a la cámara -de hecho, son hermanos en la vida real-. Una película japonesa que puede disfrutar toda la familia, que mantiene intacta esa manera tan oriental de contar las cosas: nada suena forzado ni hay un mensaje demoledor por detrás, sino que simplemente intenta introducirnos con sosiego en una atmósfera real y cotidiana.