Juan y Eva: un intento de intimar con el matrimonio Perón

Es difícil narrar la vida privada de aquellas figuras públicas que han marcado la historia política y social de un país, pues se corre el peligro hacer una caricatura del personaje, a pesar de buscar el realismo o la intimidad con él, y de crear un personaje alejado del referente real. Y más difícil debe de ser si esas figuras son Juan Domingo Perón y Eva Perón, dos de las personalidades más relevantes de la historia argentina, y que a través de su relación amorosa han cambiado la fisionomía política del país.

Normalmente, esta relación se ha retratado con cierto idealismo, como ocurre en Evita, de Alan Parker, donde la fantasía musical impone un distanciamiento de la figura real. Por eso, parecía una propuesta interesante Juan y Eva, un film que abordaba el nacimiento de la historia de amor en 1944, y era dirigido por una mujer, la argentina Paula de Luque. Y, además, cuenta con dos actores (Osmar Núñez y Julieta Díaz) que ayudan a sostener este edificio fílmico que se tambalea en cada plano.

Juan y Eva pretende recoger la intimidad de la pareja, la cámara se sumerge tras las ventanas y tras los discursos para observar su vida cotidiana. Pero la directora se aproxima a los universales, a las fases convencionales de la historia de amor, y se aleja de los personajes concretos, de modo que asistimos, únicamente, a un barato melodrama en el que todo realismo se desmorona a través del estereotipo. Y en ningún momento encontramos a Juan y Eva Perón, sino el arquetipo de una historia de amor.

De hecho, creo que la directora toma la perspectiva menos interesante para conocer a ambas figuras: poco le importa su figura pública, y mucho menos las implicaciones que sus decisiones o personalidades tuvieron para la historia argentina. Ella sólo quiere el retrato de dos enamorados, con obstáculos a causa de motivos políticos, pero el pueblo argentino es apenas una sombra, una ausencia tras las ventanas de esos lujosos espacios que pretende recoger la cámara. Así, los personajes tienen unas motivaciones propias de un telefilm, son irreales, estereotipados, en ningún momento se aproximan a la entidad pública de las figuras que pretende retratar. Así, este film sólo puede compararse con productos como la teleserie de Telecinco El Príncipe y Letizia, donde un supuesto realismo melodramático convierte a los personajes en pura caricatura (no creo que nadie haya visto la serie en búsqueda de veracidad).

Y es que Juan y Eva tiene el mismo valor artístico que cualquier telefilm realizado por Telecinco sobre algunas figuras públicas españolas. Las escenas con un jarrón que se quiebra, anunciando un presagio de tragedia, o los planos de tacones y ropa dispersa en la habitación anunciando un coito sexual, son tan originales como la escena del mar, escenificando un enfrentamiento del individuo con la sociedad, que podemos observar en el biopic de Tita Cervera, Tita. La baronesa, por el que, por cierto, la baronesa presentó una demanda judicial. O tan innovador como la historia de amor entre Paquirrí y la Pantoja, con fondo andaluz de paredes blancas y pasión desbordada, en la miniserie sobre Paquirrí.

Lo único positivo es la ambientación histórica, pero una ambientación rigurosa lograda, ante todo, a través de una claustrofobia de la puesta en escena. Y es que la cámara apenas se mueve, seguramente porque una mayor celeridad de la cámara y un desplazamiento hacia otros espacios supondría una gran elevación del coste de decorados; y, además, porque la directora parece ver una especie de poesía en los espacios reducidos y los vestidos de época que, en realidad, es inexistente sin un mayor dinamismo en los elementos de dentro del encuadre.

Además, la necesidad de grandes masas de manifestantes o de soldados se soluciona con el recurso a un plano corto, próximo a los personajes, obligando al espectador a crear el resto de la manifestación. Pero este recurso, lejos de dejar espacio a la imaginación, sólo explicita la carencia de medios y de extras en el rodaje: hubiese estado mejor jugar con el sonido o las elipsis.

El resultado es un film histórico acartonado, donde apenas se puede vislumbrar la realidad: todo es artificio. Y, para colmo, las escenas históricas las introduce como imágenes de archivo, pero para evitar el contraste con la ficción, convierte los fotogramas filmados también en blanco y negro únicamente en las escenas donde hay una yuxtaposición con imágenes históricas. Es preferible explicitar el cambio de textura, que en el metraje combatan imágenes filmadas e imágenes de archivo, a esta solución intermedia, propia de telefilm. Todo me sabe a mediocridad, y el film justifica su existencia por el referente externo, por el matrimonio Perón, pero en sí mismo, se desploma desde su comienzo.

1 estrellas