Infancia clandestina: una mirada disidente a la historia argentina

Infancia clandestina es la película del año en Argentina. Arrasó en los Premios Sur, donde obtuvo 10 galardones, copando las categorías más destacadas: mejor película, mejor dirección, mejor actriz (Natalia Oreiro) y mejor actor (Ernesto Alteiro). Además, participó en el festival de Cannes, dentro de la Sección Quincena de realizadores, fue la encargada de inaugurar la Sección horizontes latinos del festival de San Sebastián de este año, y ganó el Colón de Oro en el festival internacional de cine de Huelva. Con estas credenciales se presenta Infancia clandestina, la ópera prima de Benjamín Ávila, una de las miradas más sinceras que ha ofrecido el cine sobre la represión de la dictadura militar argentina.

Es una mirada al mismo tiempo realista y entrañable. Realista porque es el relato de las propias vivencias del director, Bejamín Ávila, a la sombra de la dictadura argentina. Y entrañable porque todo el relato está guiado por un niño, Juan, quien observa desde la inocencia de la infancia la claustrofobia de la clandestinidad. Juan pertenece a una familia que debió exiliarse al comienzo de la dictadura y que regresan para combatir la represión desde el seno, desde la genética de la dictadura. Al instalarse de nuevo en Argentina, con nuevas identidades, tratan de llevar una vida normalizada, aunque sin olvidar la vertiente combativa, que provocará una existencia conflictiva: viven dos caras opuestas de la realidad de forma simultánea, el ideal y el combate, lo cotidiano y lo conflictivo.

La focalización de la narración en el niño permite conocer los hechos con cierta distancia, pues el niño es siempre observador, nunca participante, de los debates y decisiones. Así se evita la sumersión en el melodrama, pues toda eclosión de emociones está tras el quicio de la puerta, desde el que observa Juan la vida.

Lo más destacado del film es, sin duda, el perspectivismo que instala en el corazón de la narración: cada personaje aporta su personal visión de la lucha clandestina, y todas se confrontan sin dominar, sin que el director se decante por ninguna, permitiendo una gran libertad al espectador en su exégesis, como podíamos observar en Nader y Simin, Una separación, de Asghar Farhadi. Así, encontramos al padre de Juan, que superpone la disidencia a la familia, y cuyo contrapunto es Beto, su hermano (Ernesto Alterio), quien defiende la necesidad de conjugar la alegría de vivir con la oposición, y que se convertirá en el principal referente de Juan, quien lo asimila casi como un héroe a través de su mirada, es casi mito. Por su parte, la discusión entre la madre (Natalia Oreiro) y la abuela, sobre la disyuntiva luchar o abandonar la lucha para integrarse en la normalidad, provoca una fuerte conmoción por ese realismo en el retrato de la intimidad familiar.

Infancia clandestina recurre a una estética de comic, que volverá a emerger en dos ocasiones más durante el metraje y que pone en escena las secuencias más violentas y sangrientas del relato. Es un recurso que sirve para evitar filmar escenas difíciles en el rodaje, como puede vislumbrarse en la secuencia de anima que encontramos en Kill Bill Vol.1, donde se retrata una escena de pederastia; y, asimismo, permite evitar la explicitación de aquellas partes más traumáticas del relato, y sirven como una imposibilidad, por parte del niño, de mirar de forma directa al dolor, pues éste ciega.

Estéticamente, hay un gran trabajo de iluminación, pues todas las secuencias están sobrevoladas por un combate entre el verde y el rojo/anaranjado, exactamente la misma dualidad de colores que encontramos en Vertigo, de Alfred Hitchcock. Es una lucha entre color frío y color cálido, que explicita este binomio lucha-vida que subyace en el relato. Pero cada color muestra sus propias contradicciones: el verde es, en realidad, un verde lorquiano, un verde de esperanza y, a la vez, de muerte; y el rojo es, a su vez, un rojo de pasión y de sangre, de amor y de violencia.

Ambos colores se proyectan sobre los personajes en las escenas de mayor desgarro y en las de mayor felicidad, creando así una ambigüedad dentro del relato, como señalando un destino trágico de los personajes: toda alegría está sustentada en un sufrimiento mayor y viceversa. A ello hay que sumar una cámara siempre móvil, al hombre, y próxima a los personajes, que genera un gran realismo y proximidad, creando de este modo una de las obras que más se han acercado a esta época oscura de la historia argentina.

4 estrellas