The Hobbit: An Unexpected Journey, aunque más bien largo y aburrido

Leí The Hobbit siendo adolescente. Mucho antes de leer El señor de los anillos. Me encantó. Si bien el primero me pareció un libro de aventuras simpático, muy entretenido y dirigido a un público joven, el segundo era claramente una obra más densa y profunda que no estaba exactamente dirigida al mismo público. Por eso me dispuse a recibir The Hobbit: An Unexpected Journey con muchas menos exigencias de las que en su momento tuve con The Lord of the Rings. Conste que nunca seré de los que dicen aquello de "el libro era mucho mejor", pero hay un aspecto primordial que diferencia sobremanera el libro de la adaptación de Jackson: mientras devoré entusiasmado la obra de Tolkien, cargada de acción y aventuras que mantenían un crescendo espectacular, tuve que armarme de una gran dosis de paciencia para completar el producto de Jackson. Si verdaderamente me sorprendió fue por su facilidad para transportarme a un soporífero estado de aburrimiento.

The Hobbit: An Unexpected Journey (2012, Peter Jackson)

Estos peligrosos síntomas que nunca deberían estar asociados a una película de acción y fantasía comienzan con la lenta evolución del relato. Si primero le cuesta excesivamente despegar, después sufrirá un parón considerable cuando recale en tierras de los elfos. Está claro que Peter Jackson está muy apegado a sus personajes y considera que el espectador va a estar encantado de reencontrarse con ellos (¿como si de Star Wars se tratara?), así como quedará fascinado con los nuevos. Un problema que los cuatro guionistas, Fran Walsh, Philippa Boyens, Guillermo del Toro y el propio Jackson, hubieran podido evitar de no haberse visto obligados a alargar a tres películas lo que iban a ser sólo dos, y que perfectamente podría haberse quedado en una sola, y más corta que Gone with the wind. Ni que estuviéramos hablando del Ulises de James Joyce. Pero el problema no sólo parte del guión, es que la aproximación visual del que fuera director de filmes como Bad Taste y Braindead es prácticamente nula: pasa de unos aburridos planos a sus contraplanos y de ahí a fastuosos planos aéreos, limitándose a colocar la cámara para capturar todo lo que está sucediendo. No hay psicología, ni intención narrativa, ni estilo ni estética alguna que no venga proporcionada por el diseño de producción, vestuario, maquillaje y peluquería.

Ian McKeller

Afortunadamente algo más de dos horas y media dan para bastante, y una vez comienza por fin el viaje no voy a negar que me divertí algo (en ocasiones bastante) con secuencias como la de los trolls, la pelea de los hombres piedra, o la caracterización del orco manco Azog y ese cutis inusitadamente parecido al de la alcaldesa de Madrid, Ana Botella (lo mismo comparten spa). La película termina definitivamente de arrancar en los últimos cuarenta y cinco minutos, pero sólo consigue una secuencia realmente interesante y emocionante en el momento en que hace su aparición el inolvidable Gollum. Me da la impresión de que Peter Jackson nunca podrá volver a ser nadie sin la espectacular aportación de Andy Serkis, sin desmerecer en absoluto a Ian McKellen que está, como siempre, espectacular, pero es toda la secuencia de este ingrato personaje lo mejor de este viaje, que de inesperado no tiene nada. Un encuentro, por cierto, que sigue al dedillo la estructura del libro, lo que demuestra que no hacían falta cuatro guionistas, sino uno que se limitara a convertir el libro en guión literario. Y punto.

Andy Serkis

Al contrario que Serkis y McKellen, el resto del reparto de The Hobbit: An Unexpected Journey es incapaz de imprimir algo de personalidad a sus respectivos personajes. Quizás por eso también se hace un poco cuesta arriba el visionado de la película. Martin Freeman resulta un hobbit demasiado poco gruñón y desde luego falto de encanto y ternura, como al menos esperaba un servidor, y Richard Armitage tampoco consigue dotar a su personaje del carisma que Viggo Mortensen sí imprimía al suyo. No habrá quienes piensen que los responsables de Game of Thrones podrían haberlo hecho mucho mejor, nuevamente la televisión parece ganarle la partida al cine. Y no tengo nada más que decir, bueno sí, que Howard Shore no parece demasiado entusiasmado con el viaje. Y de las "maravillas" del número de fotogramas por segundo ya ni te cuento, porque no pagué por verlas, igual que en cuanto la película pase a sus múltiples formatos domésticos, dejará de ser utilizado como herramienta de marketing, que es lo que en realidad era.

2 estrellas