El festín de Babette: un festín para los sentidos

En 1987, Dinamarca obtenía el Oscar a la Mejor Película extranjera con Babettes gæstebud (El festín de Babette), una obra dirigida por Gabriel Axel y donde participan los actores Stéphane Audran, Jean-Philipe Lafont, Gudmar Wivesson o Bibi Andersson, entre otros. Este inesperado éxito internacional del cine danés ha sido sometido, en el último año, a un proceso de restauración y digitalización que ha sido presentado en el festival de San Sebastián de este año. Y esta nueva obra puede ya disfrutarse en nuestras salas.

El festín de Babette está basado en un relato de Isak Dinesen, escritora danesa conocida principalmente por su novela Memorias de África, con esa frase icónica con que comienza su narración: “Yo tenía una granja en África”. Parte de dos hermanas ancianas que, a través de un enorme flashback, narran las únicas oportunidades que han tenido de iniciar una relación con un hombre. Ya en la vejez, desde una piedad virginal y una alegría casi psicótica, anestesiadas por la mortífera atmósfera del municipio donde viven, rememoran cómo ellas decidieron renunciar a la sexualidad, aunque en el fondo esa renuncia se ha debido más al influjo de su padre fallecido, que bloqueaba el contacto con el hombre en su casa de forma indirecta.

El film retrata a estas hermanas con gran candidez, no sé si porque hay una cierta ironía en su metraje o porque el cinismo contemporáneo nos impide creer en la bondad casi psicótica de estas hermanas y en su decisión de renunciar al hombre. Por ello, sus personajes se hacen simpáticos y, a la vez, distantes, por su renuncia al placer corporal: se dedican a una cotidianeidad que busca, en su repetición de actos, la espiritualidad. Una espiritualidad del tiempo que no avanza, que reposa en las austeras estancias donde viven o rezan estos habitantes.

En todo caso, son dos hermanas casi intercambiables, y a eso juega el guión: a una homogeneidad de los caracteres a causa de una vida estancada, con escasa evolución y propensión al cambio. Esta simetría de caracteres implica una tibia crítica a la indiferenciación de sujetos, que se repiten ante la estabilidad vital: es necesario el cambio. Y en esa atmósfera de detención y quietud, llega lo incontrolable: una joven francesa, Babette, cuyo marido e hijo han sido asesinados en una revuelta en su país, aparece en el pequeño pueblo danés huyendo de su pasado, y llama a su puerta, recomendado por un antiguo amante de una de las hermanas.

Es, de nuevo, el motivo del extranjero, que llega con un sistema de significación diferente, y que en su introducción en un estilo de vida invariante provoca la eclosión de los torrentes subterráneos de vida. Babette llega y, en su sumersión, genera el cambio en la genética social del municipio. Y lo hace a través de lo que mejor sabe: sus dotes culinarias, pues realizará un branquete francés en homenaje al padre de las hermanas.

El film destaca, ante todo, por una bella puesta en escena que transmite a la perfección la vida cotidiana en la Dinamarca del s. XIX: el ser humano está muy influenciado por el entorno austero e invariante, hasta hacerse pausado él mismo y apagar sus instintos. Y siempre el retrato del espacio comienza en el personaje, la cámara transita desde el cuerpo hacia el espacio, no a la inversa. El paisaje pasa, antes, por el ser humano. Desarrolla un ritmo de quietud, aunque no lento, que permite experimentar esa espiritualidad de la vida cotidiana que podemos observar en los lienzos flamencos del s. XVII. Estamos en una sucesión de Vermeer en movimiento, que imitan su iluminación natural que se introduce por las ventanas, alumbrando un interior de escaso mobiliario y, ante todo, de gran presencia femenina realizando labores cotidianas.

El máximo fallo es la contención del guión: la narración desarrolla múltiples posibilidades de subversión de la esfera rural, pero al final no se produce tal revuelta. Predominan las costumbres, que son capaces de asimilar la presencia de Babette, ante la inversión de tradiciones ya arcaicas y de principios religiosos algo estancados. No obstante, se produce una asimilación sutil de nuevos elementos en la rutina danesa, y es a través del festín que cocina Babette: la comida, con su sensualismo, que transmite su poder a través del sentido del gusto, logra cautivar a los asistentes, que por primera vez obtienen su espiritualidad a través de un elemento sensible y no luminoso y etéreo.

Es la comida, la sensación, lo que les cautiva, por lo que por primera vez su experiencia es lo que domina sobre la trascendencia. Así, El festín de Babette es un sutil proceso desde lo espiritual a lo experiencial, tanto visual como narrativamente, que la hacen una bella y pausada obra para el disfrute de los sentidos; los mismos sentidos que los habitantes del pueblo ven revolucionados.

3 estrellas