End of Watch: cómo mola ser poli, tronco

Qué difícil me resulta comentar un título como End of Watch. Responsable de títulos como The Fast and the Furious, Training Day o S.W.A.T., David Ayer escribe y dirige una película que en realidad es perfectamente coherente con el resto de su filmografía, en lo que al tema que trata se refiere, que por momentos resulta entretenida y hasta divertida, pero que no termina por convencer debido a la desfachatez y el descaro por la tergiversación y manipulación que ejerce en sus personajes. Obviamente estoy hablando de un nuevo ejemplo de telepelícula (cien con vocación televisiva) que en lugar de dejar que sea el espectador quien juzgue por sí mismo las acciones de sus personajes, se dedica a orientarle, diciéndole lo que debe pensar sobre personajes y película, y no teniendo ningún tipo de escrúpulo en convertirse en una auténtica película absolutamente al servicio de su ideología.

End of Watch

De acuerdo. Muchos estarán pensando que no tiene que ver que seas de izquierdas o de derechas para disfrutar la película. Podría ser. Pero nunca me plantearía este tipo de cuestiones en una película de Clint Eastwood, por citar un cineasta que todos sabemos es de derechas. En el caso de End of Watach, la manipulación se hace evidente desde el mismísimo primer plano de la película, cuando la voice over del policía Brian Taylor (Jake Gyllenhaal), nos está diciendo que, al menos en los Estados Unidos de América -porque en mi pueblo no es así-, la policía es la auténtica representante del pueblo y la línea que le mantiene a salvo del mal en potencia. No es que tenga mis discrepancias con este planteamiento, es que es mentira. Si acaso la policía sería una herramienta al servicio de la ley, pero nada más. Otra cuestión es que Ayer quiera presentar a estos polis como unos tíos que se enrollan mogollón y que ser poli puede ser tan molón como traficar con droga o vivir como un mercenario...

Este planteamiento choca frontalmente con la aproximación visual de Ayer, que trata de conferir al relato la mayor veracidad posible con la inclusión (sin explicar e inexplicable) de ese proyecto de protagonista que le obliga a llevar una cámara doméstica en todo momento, y otras técnicas, casi más de reality shows, que confieren a la película una falsa ilusión de cine realidad. Y digo que es falsa porque hay momentos en los que no estoy seguro de si estamos en Los Angeles o en Afganistán. Aparte del racismo y el machismo implícito en una propuesta que parece escrita a la mayor gloria del ideal de Rommney. No me vale que el personaje de Michael Peña sea mexicano porque tendría que utilizar spoilers y queda claro que Anna Kendrick está total y absolutamente desaprovechada. No es que se limite a poner caras y reír como una loca, es que no le dejan hacer nada más, no tiene personaje alguno. Y tampoco es que ellos hagan algo más que poner las poses típicas, pero al menos desarrollan un pelín más sus respectivos personajes.

Jake Gyllenhaal y Michael Peña

En Sin tregua, título en español de la película, solo cuentan los machos dominantes. Es de ese tipo de películas en las que si no eres blanco ya eres sospechoso de cualquier cosa. Y si eres mujer sólo tienes algo más de cuerda si además eres lesbiana. No precisamente porque tu personaje vaya a contribuir a la integración de la mujer, sino porque así podrás protagonizar una de esas secuencias que tan cachondos ponen a los hombres heterosexuales: ¡dos tías besándose! Creo que he dejado claro mi punto de vista sobre la película, pero también creo que queda perfectamente claro que tanto si coincides como si no, sabes perfectamente con lo que te vas a encontrar si sacas una entrada para ver la película. Y aún así me da la impresión de que en este último caso igual prefieras irte de copas, que ir al cine.

2 estrellas