Argo: el olvido histórico como ideología

Ben Affleck está construyendo, poco a poco, una carrera cinematográfica tras las cámaras de forma paralela a la de actor. Esta vertiente comenzó con la escritura, junto con Matt Damon, del guión de Good Will Hunting (El indomable Will Hunting), por el que ambos obtuvieron el Oscar al mejor guión. Pero en 2007 se lanzó a la dirección con Gone Baby Gone, iniciando así un oficio que, tras los títulos The Town y Argo, parece enfocado en el género thriller. Si tratásemos de seleccionar un denominador en común entre todas sus obras, la marca autoral de Affleck, sería su capacidad para crear suspense con gran realismo y fundirlo con el drama. Y con la comedia, tal y como ha demostrado en Argo.

El interés de Argo descansa, ante todo, en el abordaje que ejecuta su narración de un episodio histórico, la llamada crisis de los rehenes, poco tratada por el cine. En 1979, tras la revolución islámica que impuso al Ayatolá Jomeini en el poder del país, un grupo de iraníes ocuparon la embajada de los EEUU en Teherán, y raptaron a 66 diplomáticos y ciudadanos estadounidenses, que permanecieron apresados durante 444 días. Sin embargo, 6 de ellos lograron escapar, el mismo día de la toma, y refugiarse en la embajada canadiense, donde permanecían protegidos de la conflictividad social. Entonces, la CIA y el gobierno estadounidense organizaron una operación especial para rescatarlos: idearon, junto con varios productores de Hollywood, una película imaginaria con rodaje previsto en Irán, de modo que los agentes pudiesen pasar por productores a los ojos de los iraníes y traer de regreso a los rehenes.

La historia es, ya de por sí, frenética. Y Affleck la funde con otras dos subtramas: una cómica, correspondiente a los productores de Hollywood que ofrecen su nombre para crear la ficción cinematográfica; y otra dramática, la de Tony Mendez, un agente de origen latinoamericano de la CIA, interpretado por Ben Affleck, que se ve distante emocionalmente de su esposa e hijo al anteponer las obligaciones laborales, de bastante riesgo, a las familiares. Lo que hace de Argo una buena película es la perfecta sincronización de todas las texturas: todo funciona como un mecanismo de relojería, y Affleck filma el tránsito entre las distintas subtramas con muy buen ritmo, evitando así la desconexión del espectador.

No obstante, Argo funciona más a nivel estructural que en el detalle. Porque Argo es una buena película, pero no fascinante, y en cada subtrama se vislumbran algunas debilidades. Sin duda, es el drama la más trama más floja: pretenden construir el mismo conflicto moral (la dicotomía trabajo-familia) que Spielberg logró plasmar con gran profundidad psicológica en Munich, pero aquí se olvida por completo el dilema, en gran parte debido a una rígida interpretación de Ben Affleck y, ante todo, por la escasa presencia visual de la familia, condenada al principio y al final del film.

La comedia funciona mejor, pero provoca la carcajada más por la absurdo de la situación que por el guión: falta una cierta sutilidad e ironía. Es Alan Arkin quien lleva todo el peso de la comedia, brindando la mejor interpretación de toda la cinta, mientras que John Goodman no explota al máximo su talento.

En el aspecto narrativo, la intriga funciona a la perfección, capaz de crear un gran suspense en el espectador y rodada con un tono semidocumental que genera un gran realismo en sus escenas. De hecho, las escenas de acción, como el asalto a la embajada, son de alabar, pues nunca recurre a la espectacularidad y consigue un efecto de veracidad. Pero hay tres problemas: uno de ellos, la escasa profundidad psicológica de los personajes, especialmente de los rehenes, que son intercambiables entre sí; el segundo, una representación estereotipada de los islámicos, como seres poseídos por la furia; y la tercera y más importante, la elusión de acontecimientos históricos importantes.

La obra cuenta con George Clooney entre sus productores, quien se caracteriza por realizar un cine crítico con la política, aunque sin llegar a un extremo de subversión. Y en esta ocasión, se produce el mismo efecto: la crítica se diluye en lo que parece un film para encumbrar la figura del entonces presidente de EEUU, el demócrata Jimmy Carter, a través del olvido de algunos hechos en la narración. Porque Argo se centra en la victoria, pero obvia la derrota. Sólo retrata el éxito de EEUU en el rescate de algunos diplomáticos de la crisis de los rehenes, pero evita la representación de todo el proceso histórico.

Para el rescate de los otros 60 rehenes se realizó una operación militar que concluyó con la muerte de ocho militares estadounidenses en una explosión. Y, posteriormente, los iraníes tomaron los cadáveres y los mostraron públicamente a través de los medios, generando un escándalo de proporciones monumentales, que afectó a la credibilidad del gobierno de Carter. La crudeza, la realidad de la crisis, se evita en la imagen.

Este hecho supone encumbrar el olvido como opción ideológica: la negación en la representación de toda la gestión de la crisis implica respaldar la política de EEUU. Ben Affleck ha declarado que su objetivo es realizar una sátira de Hollywood, parodiando sus afinidades con la CIA y el gobierno a la hora de elegir sus proyectos, pero creo que no consigue tal propósito: sí, el espectador es consciente de los extremos a los que puede llegar la industria cinematográfica en su colaboración con la CIA, y los concibe como censurables. Pero la sensación que genera el film es que todos estos excesos son disculpables, dada la grave situación en la que se sitúan los rehenes.

Sí, Hollywood está parodiado, pero esa crítica no trasciende al estar al servicio de una victoria de Jimmy Carter en su gestión política. Además, el film señala la victoria que se asigna Canadá por la operación de cara a la opinión pública, señalando una especie de modestia de EEUU, pero en realidad, se eludió a los ciudadanos la operación ante el temor de iniciar una guerra abierta con Irán o, incluso, con la URSS. Así, Argo, que narrativamente es un prodigio, tiene lagunas importantes en la representación de la historia que, personalmente, me provocan un distanciamiento de su discurso, pues todo parece una necesidad de reivindicar, por parte de EEUU, una operación que en su momento sólo dio frutos al gobierno de Canadá.

2.5 estrellas