San Sebastián 2012: Días de pesca, una historia minimalista de Carlos Sorin

Carlos Sorin sigue con la estela de historias mínimas, que desarrollan un leve hilo narrativo pero que, en cada instante, a través de múltiples personajes, con un tono coral, y mediante la sutileza de sus encuadres, logran un retrato perspectivista del personaje principal y de la sociedad Argentina. Y en Días de pesca, presentada en el festival de San Sebastián, la construye a través de la búsqueda de un padre, Marco, de su hija, Ana, con la que no habla desde hace años. Para ello, se sirve de un gran intérprete, Alejandro Awada, y de la música optimista de su hijo Nicolás Sorin.

Para desarrollar una historia minimalista, basta con el elemento básico: la búsqueda. Cuando un personaje dispone de un objetivo mínimo, ya se dispone de una solidez narrativa suficiente como para desplegar una investigación en la puesta en escena, que pretende menos conducirnos hacia ese objetivo que obligarnos a detenernos en cada momento para observar el entorno en el que habita el protagonista. Sorin ubica un propósito sencillo, la reconciliación de un padre con una hija, y a partir de ahí, desarrolla su búsqueda artística en la propia estructura narrativa.

¿Y cuál es el género que mejor se adapta a sus pretensiones de vaciamiento dramático? El género road movie, pues permite que el personaje pulule por los espacios, proyectando su subjetividad en el entorno y, a la vez, asimilando el entorno dentro de su sujeto. El género road movie despliega unas intensas relaciones individuo-mundo que están en la base del cine de Sorin. Y en Días de pesca, más drama que road movie, desarrolla ciertos aspectos de este género del viaje a través de la Patagonia, lo que permite al director insertar unos paisajes plagados de inmensidad, vacío y líneas horizontales que reflejan el estado de ánimo del personaje. La Patagonia y Marco son, dentro de la puesta en escena, un personaje dual que se influye mutuamente.

En Días de pesca puede observarse una clara influencia de Michelangelo Antonioni: ambos instalan un objetivo a los personajes, les acomodan en una búsqueda que otorga un cierto sentido a sus vidas, como en L´avventura (La aventura) ocurre con la búsqueda de Anna (Lea Masari) por parte de Claudia (Monica Vitti), tras la desaparición de la primera en la isla de Lisca Bianca. Pero a ambos realizadores no les interesa el resultado, ni el cumplimiento de la búsqueda: ésta es simplemente la excusa que pone de manifiesto la necesidad humana de construir planes y propósitos.

Pero el objetivo, dentro de la diégesis, queda sepultado y emana alternativamente, pues lo que importa a estos realizadores es el tránsito vital por los espacios, y no la consecución de la búsqueda. Así se produce una dispersión del epicentro del relato a través de márgenes por los que camina la espontaneidad, como la decisión de ir a pescar o el boxeo. Y de ahí que a Marco no le importe la prueba definitiva de la reconciliación, sino simplemente imaginar una nueva armonía entre ellos: más que la realidad, estamos dentro de un relato mental, donde la imaginación es más poderosa que el acontecimiento.

En el camino hacia su hija, en los planos se fomenta una composición próxima a Antonioni, con un vacío que rodea al personaje, siempre ubicado mínimamente descentrado, generando un desequilibrio en la composición. La puesta en escena es la psicología de Marco. Y, además, en esta exposición del personaje al vacío y a la incomunicación, Sorin aproxima ciertos planos a lienzos de Edward Hopper, como una conversación en la cafetería entre Marco y el manager de una boxeadora que es, a la vez, su padre, una reproduccción de la conversación en mesas separadas de Sunlight in a cafeteria. Perdonad, pero no dispongo del film para poder insertar en el post los fotogramas correspondientes a sus influencias.

Por otro lado, las fronteras entre el sujeto y el mundo son permeables, plagadas de poros por donde la radical alteridad inunda la interioridad del sujeto, que es incapaz de contener al exterior y se ve abatido por él. En la cafetería, los planos de las ventanas muestran camiones que amenazan, con su marcha parsimoniosa, el espacio íntimo generado en el interior del edificio. Del mismo modo, los lienzos de Henri Matisse también se componen en torno al motivo de la ventana, espacio en el que se confunde el afuera y el adentro a través de un tratamiento similar de ambos espacios, sin diferencias de luz o de intensidad de color. Todo está igualmente próximo.

Y Matisse llega directamente a Il desserto Roso (El desierto rojo), de Michelangelo Antonioni, pues el mismo título está inspirado de una obra homónima del pintor francés que reproduce en un fotograma. Donde emerge la neurosis de la protagonista (Monica Vitti), generada por su inadaptación al medio, a través de la ventana. Este recurso de una presencia exterior que estalla en el cristal de la ventana aparece, en Días de pesca, en la primera secuencia en la cafetería (que condensa una auténtica lección de cine en su puesta en escena), o en los planos de ventanilla de coche que reflejan el mundo exterior (motivo tomado de Abbas Kiarostami), y muestran la imposibilidad de construir fronteras del sujeto, siempre expuesto a vientos ajenos a sí mismo, al frío estelar de la alteridad.

Marco es un personaje melancólico, ex-alcohólico, y por lo tanto, observador en su vagabundeo por el mundo. Su viaje, que es un intento de restaurar un orden familiar quebrado, es un desplazamiento por tierras inhóspitas donde descubre a múltiples personajes al margen de la convención. En su road trip, con su capacidad para la escucha y su falta de ánimo para hablar de su subjetividad, el personaje sirve como guía para un retrato sociológico del país, por las fronteras de la aceptación. Porque Días de pesca es, al fin y al cabo, un road trip de conocimiento del yo a través del otro.

El problema que encuentro con esta obra es el choque cuando, tras una estética fascinante de conflicto entre personaje y entorno, Carlos Sorin se concentra demasiado en la historia y descuida algo la puesta en escena en favor del avance narrativo. Pero cuando logra un equilibrio entre historia vital y composición de la imagen, el director logra unas cotas de emoción bastante interesantes, y que además están surcadas por un humor próximo a la ironía que rebaja la sensación de desolación que el personaje experimenta en su interior.

Fotos: Después de 1984