Magic Mike: Steven Soderbergh y el deseo del espectador

Magic Mike es una obra de encargo. De hecho, el creador de la idea es el propio actor protagonista, Channing Tatum, que deseaba relatar sus experiencias como stripper al comienzo de su carrera en Tampa, Florida, con 19 años. El único trampolín que disponía para convertirse en modelo y actor. Para fijar su experiencia en imagen fílmica, decidió convertirse en productor de su propia creación, y en un principio pensó en Nicolas Winding Refn para la dirección; pero tras trabajar bajo las órdenes de Steven Soderbergh en Haywire (Indomable), le cedió el proyecto a éste último.

Finalmente, Steven Soderbergh se lanzó a la producción y dirección de este film, que cuenta con un gran reparto, pues además de Tatum, participan Matthew McConaughey, Joe Manganiello (Alcide Herveaux en True Blood), Adam Rodríguez (conocido por su papel en CSI Las Vegas), Alex Pettyfer, Riley Keough y Cody Horn. Y Magic Mike es, en definitiva, un ejemplo de conversión de una obra de encargo que podría devenir convencional, en un producto interesante que supone un nuevo escalón en la prolífica y versátil carrera de Soderbergh.

Si algo caracteriza a este director, es que siempre sabe ubicar la cámara en el mejor lugar posible. Sus planos son siempre una síntesis de toda la secuencia, y logra en la composición, mediante la disposición de los actores y los reencuadres constantes, condensar el estado de ánimo y la atmósfera en una sola imagen. Sus planos incorporan el antes y el después de los personajes, y la relación de éste con el entorno. Esta precisión y esta síntesis visual es uno de los elementos que vertebran la ecléctica carrera del realizador.

Con esta síntesis logra un ritmo trepidante que late dentro del plano: el dinamismo emerge de la composición, y no del montaje. Y aunque siempre está subordinado a la narración, suele impulsar una cierta experimentación visual, aunque siempre justificado por motivos de verosimilitud. Así, hay una secuencia de sexo con LSD filmada mediante una alternancia de filtros en azul y en rojo, que logra una atmósfera antimimética, alejada del referente directo, y nos transporta a las esferas desinhibidas del personaje.

El argumento sigue los pasos de un joven que, por error, se sumerge en el mundo nocturno del stripper y que, ante la escasez de estímulos en su vida cotidiana, se ve atraído por este trabajo que es, en definitiva, una forma de vida. Este joven es, en realidad, Tatum en el descubrimiento de estas esferas, pese a que sea interpretado por Alex Pettyfer. Así, el film parte del motivo del iniciado, del individuo forastero a la colectividad, que entra de manera súbita y descubre todo el entramado laboral.

El arquetipo del iniciado siempre permite cohesionar una narración, pues sirve de guía perfecto para el descubrimiento de realidades por parte del espectador: la narración está focalizada en este iniciado, de modo que sólo conocemos las realidades al ritmo que él las conoces, y devenimos iniciados a la vez. A su figura, se le contrapone la de Magic Mike, interpretada por el propio Tatum, un stripper experimentado y célebre que le ayuda a entrar en esta esfera laboral y a sobrevivir en ella.

Así, esta pareja sirve para contraponer dos visiones del mundo del stripper: el idealismo del iniciado, que mitifica por desconocimiento; y el desencanto del colapsado, que desmitifica por saturación. Dos visiones se oponen para generar el centro de significados del relato. Y ambas están abarcadas en el pub que rige Dallas, encarnado por Matthew McConaughey en uno de sus mejores papeles.

En esta obra, Tatum no buscaba una precisión en la reconstrucción de su pasado, sino la recreación de las atmósferas de trabajo del stripper. Y Soderbergh las construye a la perfección, mediante el recurso de una música atmosférica y de ritmo envolvente, y a través de unas coreografías muy cuidadas que el director se encarga de filmarlas con precisión. Para ello, recurre a una puesta en escena simétrica que genera, en su repetición y desdoblamiento, un propio ritmo de montaje que es el ritmo de la música.

Y con estas atmósferas nocturnas, Soderbergh logra una interacción con el deseo del espectador. Porque lo más interesante de esta obra, bastante ligera en cuanto a temáticas, es en realidad la explicitación del cine como mecanismo generador de deseo. Soderbergh sabe que el cine es mirada al fin y al cabo, que todo espectador tiene una vertiente de voyeur, y juega con esa faceta a través de la puesta en escena.

Magic Mike es una obra sobre el cine como un medio para la emergencia del deseo, por lo que la convierte en una digna sucesora de Boogie Nights, aunque sin la maestría, profundidad y genialidad que la obra de Paul Thomas Anderson posee. Porque el mecanismo está mucho más pulido en Boogie Nights: el film ausculta la industria pornográfica a través de un protagonista del que se comenta el enorme tamaño del miembro viril, pero el director dilata la mostración del miembro para generar el deseo hacia el objeto desconocido que tanto revuelo arma. Hay una consciencia del cine como dilación del deseo.

Y Soderbergh también se apunta a prolongar la satisfacción de expectativas mediante la dilatación de las secuencias: genera siempre aire en las escenas, con un montaje que huye del efectismo y el frenetismo, y el objeto oculto, el cuerpo del stripper, se muestra al final de la escena, y siempre con ciertas censuras. Hay un juego de ocultación y mostración que crea una dialéctica de deseo-represión con el espectador, y Soderbergh pretende crear este viaje de ida y vuelta entre pantalla y público mediante esta obra ligera, pero sorprendente, que es Magic Mike.

Fotos: Sos Moviers