Le prénom: un dios salvaje que no cesa de gritar

El motivo cinematográfico de una velada entre conocidos que obliga a la emergencia de todos los fantasmas del pasado, de los rencores y odios, condensada en mismo espacio y que copa todo el metraje, tiene una gran tradición, especialmente en el teatro. Las obras de Antón Chéjov reúnen siempre a una serie de personajes en un espacio que sirve como caja de resonancia para la réplica del pasado.

En el cine, este motivo lo hemos visto en My dinner with André (Mi cena con André), de Louis Malle, donde dos personajes se reúnen en una cena y filosofan acerca de la vida, contraponiendo sus dos formas de vida: una sedentaria y otra nómada. Pero lo más usual es la inserción de un reparto coral, de modo que la réplica es pluridireccional y perspectivista: no es una oposición de visiones, sino una construcción poliédrica de la realidad, que sólo puede aprehenderse a través de esta yuxtaposición. Es el caso de Carnage (Un dios salvaje), de Roman Polanski.

Y al calor del éxito de Carnage, llega a las carteleras Le prénom (El nombre), una comedia francesa dirigida y guionizada por Alexandre de La Patellière y Mathieu Delaporte, que gira en torno a una reunión familiar y sus disputas retenidas. El elemento que impulsa la eclosión de los reproches es la elección del nombre del hijo de uno de los participantes: bromea con llamarlo Adolphe, y su paralelismo con Adolf Hitler ocasiona la explosión de la tensión paralizada.

El nombre del hijo funciona como un pretexto, como una excusa, es casi el mcguffin hitchcockiano que impulsa el avance del argumento sin ser, en sí, un elemento significativo de la trama; es un vacío dinámico, que en su influjo de abismo, obliga a la narración a desencadenarse. Y tan vacuo es, que incluso es una broma del protagonista. Este recurso lo maneja bien, pero el problema es el paso desde el pretexto a la radiografía del grupo: Le prénom tambalea en la transición de la excusa a la psicología, pues no sabe sumergirse completamente en las capas de mentira y ocultamiento que tejen las relaciones humanas.

Trata de seguir los pasos de Carnage (Un Dios salvaje), partiendo de un elemento externo, en este caso la elección del nombre del hijo, pero le falta sutileza: aborda lo extravagante, hasta el punto de que numerosas discusiones y actitudes se aproximan a la frontera de lo inverosímil (se salvan por el tono cómico del metraje), pero falla en la disección de la doblez, que requiere una menor explicitación y una mayor concentración en gestos y palabras obviadas. Lo que convertía a Carnage en una obra estimable, la ambigüedad de la palabra, aquí queda confinado a puro grito, a desgarro de las cuerdas vocales y queja en forma de altavoz.

Toda la obra está plagada de grito denotativo, ausente de la polisemia que tejía el guión de Carnage, y que es lo que otorga calidad a la obra de teatro de Yasmina Reza en la que se basa. De hecho, creo que incluso la dramaturgia de Yasmina Reza está bastante sobrevalorada: su mayor logro es la polisemia de la palabra, pero ésta queda hundida con el intento de imprimir un mensaje final, reduciendo la apertura de la obra a una realidad por definición ambigua. Le prénom, además, le añade la escasa profundidad de los caracteres, pues todo lo censurado por los personajes es la conducta externa, como la "supuesta" perversión de uno de los participantes en la velada, pero no las tensiones latentes cotidianas del grupo.

Pese a sus fallos, es una obra divertida y capta la atención el espectador gracias al dinámico ritmo que mantiene. Y este tempo se genera gracias a la sabia utilización del espacio cerrado: el director ausculta todos los rincones, fomenta la movilidad del personaje por el hogar, generando reencuadres que aprisionan al personaje en la geometría, o anticipando las reacciones y la movilidad mediante vacíos en el espacio. Sabe proyectar las relaciones interpersonales en el espacio, aunque de nuevo, Polanski lograba una mayor precisión en Carnage; no en vano, el director polaco es un experto del espacio cerrado y claustrofóbico.

La obra está focalizada en Vincent (Patrick Bruel), el padre que , quien porta la voz en off, y accedemos a su conocimiento de la realidad en todo momento. Y, lo más destacable, es la presentación de los personajes al comienzo de la narración a través de su voz, lo que implica la presentación del personaje a partir de su opinión: accedemos a la visión de Vincent del otro. Así, es una presentación irónica y divertida, y el rechazo de una voz en off omnisciente muestra la imposibilidad de conocer al otro fuera de la propia subjetividad.

Fotos: Tout le cine