Hotel Transylvania: entre Docter y Miyazaki

Cuando aparece la noticia de que un director de la talla de Genndy Tartakovsky va a dar el salto a la gran pantalla, las expectativas no pueden ser más altas. Y es que el animador de origen ruso ya ha demostrado en numerosas ocasiones la calidad imaginativa que atesora, pero siempre en series de televisión como Dexter's Laboratory o esa obra maestra que es Samurai Jack. Tampoco se le podía achacar que pasara de los dibujos animados a la animación digital, algo que ya había hecho en Star Wars: Clone Wars. Con un currículum de este calibre, y sobre todo con unas ideas muy claras en cuanto a la intencionalidad de sus animaciones, todo apuntaba a que la ópera prima de Tartakovsky marcaría un punto de inflexión dentro de su carrera. Y lo ha hecho pero, lamentablemente, ha sido para mal.

Hotel Transylvania

Lo que queda demostrado cuando uno ve Hotel Transylvania y la pone en comparación con obras anteriores del director es que no es lo mismo realizar una obra para televisión que para cine. O dicho de otro modo: no se tiene la misma libertad artística. Porque esa parece ser la única razón de que un director como Tartakovsky haya renunciado completamente a su idea de la animación para realizar este largometraje. Y me refiero a que, si por algo destacan sus obras televisivas, es por lo arriesgadas que son en cuanto a la temática, a la manera de realizarlas y en la valoración que hacen tanto del público infantil como del adulto. Ambos disfrutan de ellas con contadas excepciones: en el caso de Samurai Jack, por ejemplo, se extralimita en sus teorías y es quizá demasiado compleja para un público infantil. En ésta, además, la ausencia de diálogos es una parte capital de la narración, al contrario de lo que ocurre en Hotel Transylvania

¿Por qué en esta ocasión es completamente diferente y sólo tiene en cuenta la narración sencilla y los efectos visuales más simples para llegar a los más pequeños? Lo que está claro es que una película dirigida en exclusiva a un público infantil siempre tiene un tirón mediático y unos resultados en taquilla mejores que una película más arriesgada, por lo que es posible que las presiones del estudio le hayan hecho ceder y haya tenido que renunciar a unos valores que tanto había defendido hasta el momento sólo para poder ver su primer largometraje estrenado. Y es que la cinta muestra una temática bastante simple y nada novedosa: un hotel de monstruos clásicos que les sirve como aislamiento de los terroríficos humanos. En resumen, una línea argumental tomada directamente de dos películas anteriores: Monsters, Inc. y Sen to Chihiro no kamikakushi.

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Cualquier cinta que tomara como referencia a estas dos obras maestras, con poco más que añadiera, lo más probable es que se convirtiera en una obra más que disfrutable, aunque no pasara a la historia por la originalidad de su argumento. Sin embargo, volviendo a lo que decía antes, el problema está en que el director renuncia a lo que hizo grande a esas películas de referencia: tanto Pete Docter como Hayao Miyazaki, pese a sus diferencias geográficas y culturales, siempre tuvieron en mente la importancia de llegar con su animación a los dos públicos, valorando a cada uno de ellos por separado y en conjunto. La toma de referencias es tan evidente que hasta el "villano" Quasimodo se parece sospechosamente al Skinner de Ratatouille.

En la película de Tartakovsky nos encontramos con una línea cronológica demasiado simple, sin flashbacks que puedan ser malinterpretados por los niños, con rápidos movimientos de cámara y con un ritmo de narración frenético que no decae en ningún momento, alejando el aburrimiento lo más lejos posible de los espectadores durante su visualización. Y realmente se disfruta mientras se ve, porque su simpleza tanto en la forma como en el contenido no supone ningún reto para un espectador adulto, y encaja perfectamente en las exigencias del público infantil, pero los espectadores más veteranos se sentirán insultados en algunos momentos con los chistes fáciles que pueblan la cinta.

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Todos estos elementos no tendrían que ser algo negativo, puesto que cada año nos encontramos con numerosas cintas de este tipo que repiten incansablemente estas mismas herramientas para hacer disfrutar a los más pequeños, pero lo peor de todo es que sea un director como Tartakovsky el que haya tenido que recurrir a ellas, por el motivo que sea. Afortunadamente para todos sus fans aún podemos contar con sus singulares diseños, que quedan perfectamente plasmados en cada uno de los personajes de la cinta, y que se ven reflejados sobre todo en los créditos finales, realizados mediante la técnica de animación más tradicional. Es una pena que un paso tan importante para cualquier artista como es el realizar su primer largometraje haya quedado empañado en este caso por el resultado final. Esperemos que en la próxima ocasión, si es que la tiene, Tartakovsky saque su verdadero genio y nos regale una obra memorable, puesto que Hotel Transylvania no lo es.

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