Killing Them Softly: el crimen de la crisis o viceversa

Algunos especialistas afirman que los artistas actuales no deberían dejar que sus obras estuvieran influenciadas por la realidad en la que viven. De ser así, no serían buenos directores/guionistas/actores/etc. pero creo que eso es inevitable. Como buenos realizadores siempre los ha habido que utilizaban sus películas para criticar una situación que estuvieran viviendo en ese momento, puesto que al fin y al cabo forman parte de la sociedad como cualquier otro y son conscientes de que disponen de un medio, como en este caso el cine, para llegar a las masas y transmitir un mensaje concreto. Así no es de extrañar que los años 50, durante la guerra fría, hubiera un auge en las películas de ciencia ficción donde los extraterrestres (o los rusos) llegaban a Estados Unidos dispuestos a acabar con el American Way of Live o las películas de terror de la década pasada tuvieran unas connotaciones tan críticas con la política de su país.

Por lo tanto, es evidente que Andrew Dominik no es ajeno a los tiempos que corren y se puede decir, sin temor a equivocarnos, que Killing Them Softly es una película de la crisis. Dicho así tampoco es algo verdaderamente novedoso, puesto que es un tema del que llevamos varios años hablando y ha sido un tiempo suficiente como para que Hollywood lo utilice para distintas producciones. Sin embargo, Dominik pretende aportar algo personal con esta cinta ya que en ella no veremos a peces gordos de Wall Street especular con el dinero ajeno ni a personajes que sufren esas consecuencias: la cinta es una metáfora, lo más realista posible, de cómo otros grupos de la sociedad también se han visto afectados por este problema.

El humor negro que predomina en el discurso hace más atrayente la cinta, pero de manera muy sutil y sin caer en la comicidad abiertamente. Con un interesante guión escrito por el propio Dominik y con su peculiar puesta en escena, ayudada por un gran trabajo de fotografía de Greig Fraser, el director nos sumerge en un universo que podría estar al otro lado del mundo o a la vuelta de la esquina. El cine de gangsters siempre ha parecido algo irreal, con personajes demasiado utópicos o lejanos como para parecer que hayan existido realmente, pero la intención de Dominik aquí es humanizarlos dotándoles un defectos y sobre todo introduciéndolos en una atmósfera económica en la que nos encontramos todos, con todo lo que eso conlleva.

Los diálogos son el elemento central que utiliza el director para desarrollar la historia. En muchas escenas podemos encontrar una similitud con el estilo de Tarantino en sus libretos, con largas conversaciones sobre temas triviales que en realidad no aporta nada a la trama, pero lamentablemente Dominik no es Tarantino. Muchas de estas escenas están demasiado estiradas y acaban resultando ciertamente soporíferas, aunque se pueda observar la calidad que cimenta a cada una de ellas. Desgraciadamente este tipo de escenas no son pocas lo que dan como resultado una cinta demasiado lenta (que no aburrida) en su ejecución y que en algunos momentos desespera.

Afortunadamente el director ha sabido rodearse de un gran reparto lleno de buenas interpretaciones que hacen más llevadera una trama tan lenta. En esta cinta se podría decir que no hay protagonistas ni secundarios puesto que, si el papel de Brad Pitt es en teoría el principal, hay otros como el de Richard Jenkins, Scoot McNairy o Ben Mendelsohn que tiene el mismo peso y que aparecen tanto como él. De hecho en el sentido clásico de escritura de guión, el de Dominik sabe darles a los (teóricos) secundarios la importancia que merecen para conducir la historia y los mezcla con otros más postmodernos como esos diálogos plagados de tacos o de referencias populares.

Todo ello para realizar otra película sobre la crisis, pero también un homenaje al cine negro, a las grandes películas que revitalizaron el género durante los 40 y los 50, y todo ello dándole una vuelta de tuerca. Sin embargo, el gran punto negro del que presume la película, y que se puede ver de principio a fin, es lo reiterativo de su mensaje. Dominik ha afirmado que la obviedad de su mensaje no es algo casual sino que su intención era precisamente esa. Sin embargo, después de comprobar cómo el director reutiliza en varias ocasiones el mismo recurso para subrayar su tesis, aunque todas ellas son dignas de mención, se vuelve evidentemente repetitivo. Pese a esto, lo incisivo y crítico del mensaje tanto sobre la sociedad estadounidense como de la situación mundial dan como resultado una película ciertamente recomendable e interesante.

tres estrellas