Chernobyl Diaries o la radiación tiene ojos

¿Qué le ocurre al género de terror?¿Acaso ya se ha perdido la esencia de lo que suponen estas películas: conseguir que el espectador pase miedo con una película?¿Ya se ha alcanzado el punto máximo de desarrollo de este género y no puede dar más de sí, ni sus películas ni sus directores? Creo que esas preguntas son las que se nos vienen a la mente en la gran mayoría de los casos que salimos de ver una película de este tipo. Y es que, salvo contadísimas excepciones, la mayoría de ellas no sirven ni para pasar el rato y después de su visionado la única sensación que tenemos es la de haber perdido el tiempo.

Por supuesto Chernobyl Diaries no es una excepción. ¿Qué podría tener una película de terror para que nos produjera precisamente eso, terror? Creo que todo se resume a una palabra: originalidad. Este género siempre se ha destacado por, en sus mejores películas, conseguir sorprender al espectador utilizando herramientas del discurso imprevisibles, algo para lo que el espectador no estuviera preparado y cuyo efectismo se vuelve completamente efectivo. Cuando una película carece completamente de eso, como es este caso, poco miedo va a experimentar el espectador viéndola.

Y es que Chernobyl Diaries se puede resumir como una amalgama de clichés del género, que tantísimas veces hemos visto en otras películas y que nos conocemos ya de memoria. De hecho su argumento tiene mucho que ver con otras obras anteriores: es una mezcla entre el Stalker de Tarkovsky (basada en el libro de los hermanos Arkadi y Borís Strugatski) y The Hills Have Eyes de Wes Craven (aunque el remake de Alexandre Aja es mil veces mejor), pero se queda en un punto intermedio de ambas, en un limbo que no llega a ningún lado. Las referencias son demasiado explícitas y tampoco parece que esto importe, puesto que no se disimulan en absoluto.

El principal fallo de la cinta es la diferencia entre lo que pretende ser y lo que finalmente es. Los primeros minutos están grabados con cámara subjetiva, lo que nos lleva a imaginar que es otra película que se ha sumado a la moda, pero que rápidamente cambia de formato. Sin embargo en todo momento intenta dar una sensación de documental, de movimientos de cámara rápidos como si de otro personaje que nunca vemos se tratara. Este estilo que invitaría a introducir al espectador en la película, a sentirse parte del grupo y a sufrir con ellos, no llega a cuajar nunca. Y esto es porque el resto de elementos son tan artificiales que automáticamente se rompe esa empatía. Hablar de las interpretaciones en este tipo de cintas sería perder el tiempo, pero es uno de los responsables, el trabajo del director, Brad Parker, tampoco es que sea demasiado destacable y parece que simplemente llegó para aparecer en los títulos de crédito. Y por supuesto el desarrollo de las situaciones, no surrealistas sino inverosímiles, terminan por rematar esta desconexión.

Una cosa que me pregunto después de ver esta película es cómo Oren Peli sigue trabajando en el mundo del cine. Para los que aún no lo sepan es el creador de la franquicia Paranormal Activity, que parece no tener fin aunque cada una sea peor que la anterior, pero es que además de eso ha trabajado como productor/guionista en otras tantas cintas del género, y la mayoría de ellas con pésimo resultado. La única que se puede salvar mínimamente es Insidious y no precisamente gracias a él. Es bastante curioso comprobar cómo, con la crisis económica que vivimos y teniendo en cuenta los numerosos proyectos que se cancelan como consecuencia de ella, haya dinero para sacar adelante películas tan innecesarias como esta. Supongo que con una mínima recaudación en taquilla compensarán los bajos costes de producción, pero a qué precio.

Igualmente no todo es tan malo en la película. La ambientación de la ciudad fantasma de Prípiat, la principal afectada por el desastre de Chernóbil, es muy realista. Aunque la película se rodara en Serbia y Hungría, se han conseguido planos que parecen rodados en la propia ciudad radioactiva, lo que es muy destacable. Por otra parte, y como viene siendo común en las cintas del género, toda la trama esconde una clara (y demasiado evidente) crítica hacia la política del gobierno ucraniano sobre el problema de Chernóbil y las centrales nucleares. De todos modos, por muy interesante que sea este punto de vista ya llega con unos cuantos años de retraso (26 concretamente) y tampoco es que sean los primeros que utilizan el cine para luchar contra las repercusiones negativas de la energía nuclear (Wes Craven ya lo hizo en el 77). Pese a esto, una cinta completamente previsible y prescindible, que hará perder una hora y media a cualquiera que la pretenda ver.