The Dark Knight Rises: un cierre perfecto para una trilogía única

La historia del cine y de los cómics nos ha demostrado que un personaje como Batman es tremendamente complejo y rico en matices como para hacer tantas obras suficientemente enriquecedoras sean. Se podría calificar dentro de ese grupo de superhéroes al que también pertenecen Superman, Iron Man o otros tantísimos ejemplos, pero uno de sus principales puntos que lo distinguen de los demás es la doble moral que le acompaña, sus actuaciones al margen de la ley. Él no es visto como un salvador, como alguien que limpia las calles, por los que reparten “justicia”, por eso es perseguido y criticado, algo que también se puede ver, en menor medida en Spider-Man.

Pero centrándonos en el tema, Batman es un personaje que ofrece enormes posibilidades, y Christopher Nolan ha sabido y conseguido explotarlas de manera magistral en tres películas que podrían tomarse como una sola: una gran obra de más de siete horas de duración a la que no sobra ni un minuto. Ya es bastante difícil conseguir tanto tiempo de una historia interesante, pero si se hace con la clase y maestría que ha hecho Nolan con el caballero oscuro, tiene aún más mérito, porque hay que ver las tres cintas como parte de un todo, que siguen entre ellas una línea muy continuista y que todas ellas son necesarias de ver para entender qué pretendía contarnos el director sobre este personaje.

Después de la magistral The Dark Knight, Christopher Nolan y su equipo tenían la difícil tarea de superarla tanto a ella como a ellos mismos y, lo que es aún más difícil, conseguir un final a la altura de una franquicia tan bien hecha. Al fin y al cabo el final es lo que se queda en nuestra memoria principalmente. Y el final escogido para Batman en esta saga es realmente redondo.

Pero este final ya se lleva gestando desde que comenzó con la primera película, hace ya siete años con Batman Begins, que vista desde ahora, con la trilogía ya concluida, recibe más sentido en alguna de sus subtramas. Nolan se ha preocupado desde el primer momento, y es algo que ha dejado patente en cada una de las tres cintas, de que tras Batman está Bruce Wayne, un ser humano de carne y hueso, mortal, sin superpoderes (aunque con mucho dinero invertido en tecnología), pero al fin y al cabo es humanizar el personaje de tal manera que se crea un conflicto entre él y su rol nocturno, con todo lo que conlleva y con lo bien que lo ha explotado Nolan. En la primera cinta se centra en su gestación, siempre enfocada en las repercusiones que tiene en Bruce Wayne, en la segunda pudimos comprobar las primeras pinceladas de duda en él, incitadas por su pseudo figura paterna interpretada por Michael Caine, donde todo concluyó con la muerte de su amiga de la infancia a la que daba vida Maggie Gyllenhaal. Pero en esta tercera entrega, Nolan va más allá sobre el conflicto interno del personaje: nos encontramos a un Bruce Wayne deprimido y enclaustrado, retirado, más viejo y renqueante, que se ve obligado a luchar contra sí mismo y contra los que le rodean para volver a ser Batman.

Claro que esto tampoco es completamente nuevo en obras del personaje. Ya se han escrito novelas gráficas sobre él que plantean estos dilemas como La Broma Asesina de Moore o El Regreso del Caballero Oscuro de Miller, quizá la obra no cinematográfica a la que más se asemeje. Pero entonces ¿qué hace de grande a esta trilogía de Nolan? Numerosos motivos. Por una parte tenemos que él es el director, lo que le imprime un carácter visual y un ritmo frenético a la historia que pocos pueden igualar. Y es que su la película dura casi tres horas, desde el primer minuto nos mantiene pegados a la butaca y no nos deja escapar; no nos da un minuto de respiro. Esto es algo que Nolan ha conseguido en todas sus últimas películas.

Por otra parte tenemos una complejidad argumental que no sólo se centra en el personaje protagonista, sino que también de una importancia capital al resto de personajes que le rodean, como el comisario Gordon (otra gran interpretación de Gary Oldman y ya son…) que demuestra que los años no pasan en balde, y de otros personajes nuevos como el de Catwoman o el propio Bane.

Y este es el punto culmen de The Dark Knight Rises. Estoy seguro de que no era el único que tenía cierto temor en comprobar si el villano estaba a la altura de la conclusión y de la trilogía, no por creer que Bane es una mala elección sino porque en la segunda entrega tuvimos un villano irrepetible, tanto el propio personaje como por la interpretación de Heath Ledger. Las comparaciones son odiosas pero también necesarias. Pero he de reconocer que tanto Nolan como Tom Hardy cumplen con creces el desafío y consiguen que el antagonista sea realmente temeroso, que sirva como culmen a un hilo argumental que se lleva desarrollando desde la primera entrega, directamente, y que ponga las cosas realmente complicadas a Batman. Y es que, personalmente por mucho que me guste el personaje del Joker, he de reconocer que Bane es un villano más completo y sobre todo se muestra como alguien al que ni siquiera Batman puede hacer sombra, alguien a quien ni él mismo puede derrotar.

En definitiva, toda la presión que debería haber sentido Nolan y su equipo por concluir correctamente una película así, por hacer una continuación de una película tan grande como The Dark Knight, no aparece por ningún lado y lo que nos demuestra la cinta es que sus creadores tenían las ideas muy claras en todo momento. Pese a pecar de demasiado ambiciosa y de querer introducir demasiados personajes, algo que al principio se vuelve demasiado desconcertante, el espectador no siente en ningún momento que toda esa complejidad se le haya ido de las manos al director, algo a lo que no nos tienen acostumbrados este tipo de películas en Hollywood. Sin duda, la parte más negativa de todo, es que no vamos a encontrar más películas que consigan superar la calidad de la trilogía de Nolan.

4 estrellas