Cannes 2012: Jaime Rosales: silencio, comienza el sueño

Filmar el dolor siempre ha sido difícil. ¿Dónde reflejarlo, en los personajes o en la composición del plano? Eso es lo que se ha planteado Jaime Rosales en su última película, Sueño y silencio, presentada esta mañana en la Quincena de realizadores de Cannes, un día después de la presentación de las obras de Andrew Dominik y Ken Loach. Partiendo de un argumento arquetípico, un matrimonio burgués que pierde a su hija en un accidente de coche, Rosales ha creado una sutil obra sobre la necesidad de pasar el duelo, que casi es el despertar a la lucidez.

De hecho, el duelo permite una progresión en la relación de los personajes con el entorno, que en el film se muestra a través de una degradación de la geometría en favor de líneas orgánicas y onduladas. Al comienzo, la familia parece apresada por la rutina burguesa, de modo que los planos están cerrados por marcos de puerta u objetos que oprimen a los personajes, y dominan las líneas rectas y los planos interiores. El hogar burgués, que se desploma por los personajes. Tras la superación del duelo, los personajes se sumergen en los parques, en la calle, e incluso en el mar, en un bello plano silencioso en el que caminan sobre las aguas, superando el tsunami anterior. Domina la ondulación de las olas del mar, lo árboles azotados por el viento y celebrando la vivencia de la presencia de la hija. El dolor estalla en curvas.

El accidente de coche se elude totalmente, porque le interesan los efectos del dolor, no la causa. De ahí la desorientación del espectador cuando asiste al plano más largo y formidable del film: el entierro de la niña, en el que se muestra el proceso de cierre de la tumba completo. El trabajo mecánico, con el ruido del motor del coche que trae la tumba, domina sobre la emoción, deshumanizando totalmente el momento. Y es que aquí el dolor es tal, que la cámara debe alejarse, y no se atreve a irrumpir en la intimidad. Y por encima, un avión, pura mecánica, que interrumpe el sepulcral silencio del cementerio.

En Sueño y Silencio, Rosales logra consolidar su sistema formal. En su filmografía se notaba un anhelo de experimentación, en busca de una forma en la que encontrarse cómodo, tal y como vemos en las conversaciones mostradas en un mismo plano dividido en La soledad (2005), con un rostro de frente y otro rostro de perfil. Pero en Sueño y Silencio, al fin lleva su elección formal hasta sus últimas consecuencias, mostrando una clara herencia del cine de Antonioni.

Toda la película se engarza a través de planos secuencias, y normalmente fijos, y con una gran precisión en su elección, normalmente frontales a los actores y mostrando un gran respeto por sus emociones, y que pueden mostrar a través de sus gestos gracias a la gran duración de cada plano.

Un blanco y negro elegantísimo domina toda la cinta, otorgando un gran intimismo a la obra. Solamente se rompe esta escala de grises en dos momentos: en el plano final, donde asistimos al proceso creativo de Miquel Barceló (mientras dibuja crucifixiones, dando cuenta del duelo superado por la familia), y en un plano dentro del coche, aludiendo así al accidente de coche eludido en la filmación. En la conversación con el público al final del film, Rosales ha comentado que la elección del único plano coloreado se debe a la intuición, a una necesidad de mostrar una esperanza y una trascendencia dentro del dolor en el que transitan los personajes.

En esta conversación, ha desvelado su proceso creativo: él desdobla la puesta en escena en dos momentos. Por un lado, la distribución de los actores en el decorado, de la que se encarga el propio Rosales; por otro lado, la elección del encuadre, que delega al operador de cámara. De ahí que encuadre y personaje no coincidan, y haya fragmentos de cuerpos deslavazados, pues hay una improvisación en el seno del trabajo que generan aire dentro del cuidado formal del film. Además, la irrupción de cuerpos cortados por el encuadre muestra que la vida transita más allá de los límites de la pantalla, que la vida está ahí y después llegó el encuadre.

Una vida que se dispersa y proyecta por todo cuando la rigidez de los encuadres se desploma. Y esto ocurre al final, cuando una cámara volátil se pasea, junto a paseantes espontáneos que miran a cámara (no parecen ser extras) por el parque Buttes Chaumont, de París, y todos los matrimonios con hijos se dan a la vida cotidiana. Por allí pasea una respetuosa cámara de Jaime Rosales que, en dos planos magistrales, asciende hasta la cima para luego descender y filmar el bienestar que provoca la definitiva superación del duelo. Fundido en negro, y el color de la obra de Miquel Barceló zanja todo el dolor. Un dolor transitado por el silencio, que después, en su superación, deviene en ensoñación.

Fotos: Fotogramas