The Sitter y la teoría de los extremos

De todas las comedias que nos llegan anualmente de Hollywood, que no son pocas, muchas de ellas tienen el mismo protagonistas: Jonah Hill. El actor, que ha visto cómo su carrera se impulsó gracias a películas de Judd Apatow como Superbad o Knocked Up, ahora mismo es uno de los principales intérpretes del género, aunque recordemos que también trabaja en otro tipo de películas, como en la reciente Moneyball.

Sin embargo, aparecer en tantas películas, tan seguidas, algo debía tener de negativo. Y es que el bueno de Hill siempre interpreta a los mismos personajes: da igual la edad que tenga o que deba tener en la película, su rol estará basado en el adulto que no quiere crecer, en esa persona que no quiere dejar atrás un periodo de su vida para seguir evolucionando, pero que debe enfrentarse a una situación que le hará replantearse esta ideología. Eso es lo que le ocurría en Superbad, lo que también le pasó en Get Him to the Greek y lo que vuelve a repetirse en The Sitter.

Lo malo es que esta forma de trabajar la historia, de estructurar la trama, no es algo que se restrinja sólo a las películas protagonizadas por Jonah Hill. Es una tendencia que está tomando el género de comedia para intentar conseguir el efecto de las películas de Apatow hace unos años: convertir un género tan castigado como la comedia (y más la comedia adolescente) en una película respetable, con personajes trabajados y una trama elaborada. En esta ocasión la película nos presenta a un protagonista que no quiere estudiar ni encontrar trabajo, simplemente porque tiene bastante con estar todo el día viendo la televisión. Sin embargo, se ve obligado a cuidar de tres niños pequeños, a cada cual peor, y esta situación es la que le llevará a replantearse su vida.

¿Os suena la trama? Aparte de estar claramente basada en la película de los 80 Adventures in Babysitting, toma tantos elementos de comedias anteriores, mucho más recientes, que parece un collage de todas ellas más que una propuesta nueva. David Gordon Green, que ya ha demostrado saber desenvolverse en este tipo de películas, demasiado saca teniendo en cuenta el guión con el que trabajaba. Tampoco es que su dirección pase a la historia, pero al menos salva los muebles en unas cuantas ocasiones.

Aparte del director y del protagonista, completan el grupo principal los tres niños de los que debe hacerse cargo. Cada uno de ellos, aparte de ser repelentes, se muestra de una manera completamente distinta: por un lado está la niña pequeña que sólo quiere maquillarse e ir a fiestas, por otro su hermano que no acepta su homosexualidad y el tercero en discordia es un hermano adoptado de El Salvador que lo único que sabe hacer es poner bombas en retretes. ¿Parece surrealista? Y eso es sólo el principio, puesto que la exageración a la que se lleva a cada uno de los personajes, sobre todo teniendo en cuenta que se trata de niños pequeños, es bestial. En ningún momento el espectador tiene la sensación de encontrarse ante unos niños normales, con problemas comunes a su edad, sino ante completos adultos que dicen palabrotas, que destrozan lo que les apetece y que ¡ponen bombas!

Pero esta exageración no se queda sólo en los tres personajes "infantiles", sino que se extiende a todo lo demás. Las situaciones por las que pasan son completamente irreales, y si algo debe caracterizar una comedia bien trabajada es su verosimilitud. Los líos en los que se meten durante esa única noche son tan surrealistas que es imposible implicarse y hacerse partícipe de lo que viven. Además de ello, esta situaciones se producen de las maneras más forzadas posibles, buscando sobre todo que simplemente sucedan para poder desarrollar algunos gags nuevos que simplemente elaborar una historia continuada que pueda encadenar estas escenas de una manera mucho más natural.

Pero tampoco es todo malo en la película. Si tiene tantos momentos cómicos, por fuerza, alguno de ellos tiene que ser bueno. Y hay un par de ellos que realmente hacen reír, aunque desgraciadamente no son muchos. Los más interesantes son los que están protagonizados por un sobreactuado Sam Rockwell que, pese a no ser uno de sus mejores papeles, sí que es el mejor de la cinta, ayudado sobre todo por ese circo de homosexuales y musculosos personajes que le acompañan.

Desgraciadamente la comedia actual está apuntando en una dirección muy clara, que es la de la exageración en todos los sentidos, creyendo que así conseguirán hacer reír a un público que por otra parte cada vez es más exigente. Sin embargo, aunque esta situación se da cada vez más en la actualidad, espero que haya director que aún se planteen que esta no es la dirección correcta, y que exploten todas las posibilidades que ofrece un género así en vez de buscar sólo los chistes fáciles llenos de palabrotas y groserías.

2 estrellas