Red Lights: el farsante es Cortés

Resulta algo irónico intentar contar a través de una película la historia de unos investigadores que se dedican a desenmascarar fraudes sobre embaucadores que se hacen pasar por videntes, cuando un director de cine es el primer farsante que utiliza sus propios mecanismos artificiales para engañar y manipular al espectador, dirigiéndole por donde le viene en gana, para intentar sorprenderle con un supuesto giro final. Y esta y no otra es la operación que Rodrigo Cortés intenta llevar a cabo en su tercera película, Red Lights.

Me va a resultar difícil exponer mi punto de vista sin aludir a los múltiples engaños que se producen deliberadamente en la película para mantener al espectador engañado, pero trataré de no hacerlo dando rodeos o utilizando ejemplos menos significativos. En primer lugar, voy a aludir a la primera secuencia de la película, la que funciona a la manera de prólogo y que no tienen nada que ver con lo que sucede a posteriori. Si realmente alguien puede pensar que (un poco SPOLIER sí es) dos niñas son capaces de conseguir que sus padres crean que la casa que acaban de comprar está encantada sólo porque ellas prefieren vivir en su antigua casa y que incluso le vana seguir el rollo a la medium que se presenta para comunicarse con el más allá, no me extraña en absoluto que les pueda haber gustado Red Lights, o que incluso se hayan dejado engañar por las artimañas de un guión tan tramposo.

Me cuesta mucho trabajo identificar la época en la que sucede la trama de la historia cuando en un mismo espacio conviven aparatos electrónicos de los años setenta, con móviles de última tecnología, con aparatos televisores de los años ochenta y cabinas de teléfono que son propias de cualquier época menos de esta. ¿A qué profesor de Universidad habrán interrumpido su clase para que atienda una llamada de teléfono en una cabina al final de un pasillo que parece estar en otro edificio que en el que daba su clase? ¿Quien puede tragarse que un doctor en física le monta un pollo a un colega de profesión en medio del pasillo de Universidad y va a conseguir así que le incluyan en la comisión en la que quiere estar? Probablemente quien nunca haya estado en una Universidad.

Aparte de la falta de verosimilitud de muchos de los momentos de Red Lights (en ocasiones me daban ganas de decirle a mi vecina de butaca que cuando se pegaban, en realidad no se llegaban a tocar), quisiera señalar tres momentos que me sacan de la película. El primero es la primera aparición de Simon Silver en la que el mismo gesto que hace nada más salir del avión nos pone sobre aviso de la manipulación a la que intenta someternos el director, porque no hay ningún motivo que justifique ese gesto, más que el espectador vea lo que tiene que ver y sacar la conclusión que Cortés quiere que saque. El segundo es la demostración, absolutamente predecible, de Margaret Matheson hacia su colega de Universidad, Paul Shackleton. Ya me imagino que muchos creerán que me paso de listo, pero estaba cantada la explicación de los métodos de la doctora para leer la mente del doctor (me ahorro comentar el chiste del género, me dan convulsiones de antiguo y manido).

Y el tercero es toda la parafernalia tecnológica y humana que, según el relato, rodea a este tipo de mentalistas, que desde mi punto de vista, justificaría el espectáculo que montan, tan falso o verdadero como la mayoría de los programas que vemos en televisión como, por alusión clara y directa, Más allá de la vida y la interminable colección de famosos con deudas morales por parte de TeleCinco. ¿Será la película todo un ejercicio en contra del programa de Anne Germain dado que la película está producida por la cadena triste Antena 3?

Y por último y lo peor de todo, encuentro tremendamente tramposo ese sistema de contar toda la historia desde el punto de vista de uno de los personajes, con unas creencias firmes y absolutamente asimiladas, para que el espectador se identifique plenamente con ese personaje, y que finalmente sea el propio director (además del otro personaje) quien cambie por completo el discurso, más que por sinceridad, para sorprender. Para demostrar que te ha podido engañar (si es que lo ha conseguido). Desde mi puto de vista, el auténtico fracasado de la historia sería ese personaje, que se ha engañado a sí mismo, a sus amigos y al mundo entero, resultando tan falso como el propio engaño de la película y el del propio Cortés.

Y es una lástima porque tampoco se trata de una película execrable. Al contrario, Rodrigo Cortés sabe dónde poner la cámara, como crear momentos y atmósferas, la manera de distraer al espectador con sus propias luces rojas… pareciera que es él mismo quien no es capaz de creerse que puede llegar a ser un gran mentalista, quedándose en un mago de tercera con un gran presupuesto y unos conejillos de indias tan fabulosos como resultan Sigourney Weaver, Cillian Murphy, Joely Richardson, Toby Jones o el propio Robert De Niro. No entiendo muy bien lo que aporta Elizabeth Olsen a la película, ni tampoco Leonardo Sbaraglia parece estar a la altura.

Lo único que me queda claro después de ver Red Lights es lo que a Rodrigo Cortés le gusta: la secuencia del oráculo de Matrix, los ejercicios de psicoterapia de The Fury, la habitación roja de Twin Peaks, Fox Mulder y Dana Scully, el final de (SPOILER) Zatoichi y tantas y tantas cosas que nos gustan a todos. Pero no por eso nos va a gustar su película, ni la suya nos va a gustar tanto como estas otras.

2 estrellas