Secuencias Favoritas: El abrazo de Peppy Miller en The Artist

¿Quién podría negar que llevar a la gran pantalla un proyecto como The Artist en pleno siglo XXI no es ya una osadía que invita a tenerla en cuenta?. No es que sea un proyecto osado por tratarse meramente de un film en blanco y negro y mayormente mudo, o mejor dicho, silente; después de todo no sería la única en la reciente historia del cine que trata de emular aquellos años de Hollywood. Es osada porque Michael Hazanavicius es un director que optó hacer su propio homenaje a ese cine de transición desde la propia fórmula y recursos de aquellos años. Será quizá por ello que este film terminó siendo, a pesar de los estupendos halagos que obtuvo de la crítica y la cantidad de premios recibidos, odiado por muchos y amado por otros.

Falta muy poco para que finalmente sepamos cuántas estatuillas, de las diez para la que está nominada, obtendrá esta historia sobre el ocaso de un actor en plena época del nacimiento del cine sonoro en la próxima entrega de los Oscars. Y lejos de empezar a enumerarles la cantidad de razones por las que esta película me ha enamorado, hoy aprovecho este especial de Secuencias Favoritas para destacar una escena inmensa, mágica, increíblemente emotiva.

El film en apariencias no cuenta algo que no hayamos visto ya varias veces. Un exitoso actor, George Valentin, interpretado por Jean Dujardin, ¡cuánta razón los que apuntan su tremendo parecido a Gene Kelly!, conoce de casualidad en uno de sus estrenos a una muchacha llamada Peppy Miller (Bèrénice Bejo). Peppy terminará consiguiendo un pequeñisimo papel en el mismo film en que participa Valentin y no hace falta demasiado para darnos cuenta que entre ambos hay una atracción importante.

Pues el hecho es que Peppy, quien parece no tener miedo a nada, cierto día ingresa al camerino de Valentin aprovechando que no hay nadie, escribe una frase de agradecimiento en su espejo y, como haríamos muchos en su lugar, antes de irse aprovecha para recorrer el lugar, mirar con cariño los objetos del ídolo. Es entonces cuando ve colgado de un perchero un traje con su galera, lo huele, lo acaricia, ingresa uno de sus brazos por una de las mangas y le da vida a ese objeto inanimado.

Es una escena simple pero que me recordó a la misma magia que desprendía Chaplin cuando hacía bailar a las ahora famosas papas en una sobremesa o a Buster Keaton tratando de hacer malabares para calzarse su sombrero en Our hospitality. Es una de las escenas del film, entre varias que podemos ver, que mejor honra lo que fue el cine de aquel tiempo.

Acompañada por la música de Ludovic Bource, esta escena se eleva como la más emotiva y será, seguramente, haya gustado o no, la más recordada de la cinta. No me he topado aún con persona que haya visto el film, insisto aun cuando no le haya gustado del todo, que esta maravilla de dulce encuentro entre el traje y Peppy, no le haya parecido sensacional. La Bejo desprende un halo de dulzura tal que es difícil quedar indiferente y cuesta no ver en su mano acariciando su cintura, la propia mano de Valentin.

Es aquí cuando uno reconoce que las palabras no son necesarias, que más allá de lo que la cinta trata de emular del cine de los tardíos años '20, aquello de que una imagen vale por mil palabras aquí se cumple a rajatablas. Verla me provocó recordar todos los títulos que he disfrutado de aquel cine, desde Broken Blossoms hasta Metropolis y The Artist aun cuando sea un film del 2011 podría integrar mi lista de mejores films clásicos.

Es indudable que un gran mérito hay que otorgarle a Guillaume Schiffman, encargado de la dirección de fotografía del film, que logra una maravilla de encuadre e iluminación que enternece en esta secuencia. Si hay algo, además, que destaco del film es que justamente la fotografía o el aspecto visual en general no se mantiene intacto en todo el metraje, algo que muchos podrían interpretar como un gran desacierto y sin embargo me atrevería a decir que está casi hecho a propósito. Hay escenas que visualmente lucen como el cine de sus comienzos, hay otras como esta del abrazo que pareciera lucir más como los films de los '40 o '50. Es que no en vano, Peppy simboliza no solo la verdadera transición del cine mudo al sonoro, sino también el nuevo, el del futuro. Si ahondamos la mirada posiblemente encontremos que la escala de grises en las escenas que ella aparece poseen mucho más contraste luciendo más similares a la imagen de décadas posteriores .

The Artist es sin duda una de las grandes favoritas de cara a los Oscars. Habrá que ver que no pise la maldición de muchas multi-nominadas que finalmente tras 10 o más nominaciones apenas se hacen con alguna que otra estatuilla sin llegar a mejor film o mejor director. Pensemos en Avatar o The Curious Case of Benjamin Button como ejemplo. Así y todo, y aunque finalmente no obtenga ya más premios que los que tiene, el film de Hazanavicius nos ha regalado una buena excusa a los amantes del cine clásico para emocionarnos con tanta nostalgia.