Placer culpable: Flashdance y los motivos poco importan

No dudo que muchos se sorprenderán de que escoja la película con la que se diera a conocer Jennifer Beals en 1983 como uno de mis placeres culpables. Segunda película dirigida por Adrian Lyne, la película fue todo un éxito de público que no sólo sirvió para impulsar la carrera de su protagonista, sino también la de su director que todavía cosecharía un mayor éxito con Nine ½ Weeks. Si quizás esta me gustaría más desde un punto de vista cinematográfico, encuentro un auténtico placer inexplicable cuando alguna vez he revisado Flashdance. Ningún problema con que sea una película pop o que tenga esa onda romántica. Tampoco tiene nada que ver con que sea un musical, que por cierto se llevara el Oscar a la mejor canción, Flashdance… What a feeling, con música de Giorgio Moroder e interpretada por Irene Cara. Entonces, ¿por qué me siento culpable?

El problema lo tengo, sin ninguna duda con su director: Adrian Lyne. Si se a lo largo de su breve trayectoria -ocho largometrajes en treinta años no es demasiado- acabaría revelándose como un retrógrado conservador que pretendiera erigirse como el defensor de la moral correcta y verdadera en todos y cada uno de sus títulos posteriores, por lo que me cuesta reconocer que me la metiera doblada con Flashdance. Echaré la culpa a que la vi cuando era adolescente. Básicamente, lo que quiero decir es que en su momento me pareció muy simpática la historia de una soldadora cuyo sueño es convertirse en bailarina, para lo que se entrena en un club de pseudo streap-tease con una clientela de dudosa moralidad y conoce a un atractivo joven que se quiere "sacarle de la calle". Es como si estuviéramos hablando de un precedente de Pretty Woman, pero mezclado con Fame, que era anterior. Salvo que aquí ella no está dispuesta a que él interceda en su favor, sino que quiere alcanzar su sueño por sí misma.


Visionados posteriores me han permitido percibir que por mucho que ese planteamiento inicial de mujer emancipada, con un trabajo tan masculino como soldadora, no es más que un falso envoltorio que esconde la típica historia de chica-conoce-chico y lo deja todo por él. Que es lo que finalmente acaba siendo la película porque, por mucho que la prueba final sea estupenda y ella consiga emocionar al tribunal y al público, la película termina con la chica en los brazos del chico, que es lo que se puede esperar de una mujer conservadora, católica y decente. ¿Creéis que después de pasar por el conservatorio hizo realmente carrera o se casó con su hombre y le dio unos hijos estupendos a los que les enseño solfeo?

Pero no me sorprende nada encontrar esta actitud de machismo soterrado en el argumento de Flashdance, cuando me entero de que su guionista no es otro que el inefable Joe Eszterhas, quien posteriormente se convertiría en guionista estrella de Hollywood gracias a su trabajo para Basic Instintc, otra película estupenda que esconde tanto machismo como lesbianas. Aunque lo mejor es descubrir que su productor no es otro que Jerry Brukheimer, uno de los productores detrás de las películas (y series de televisión) más machistas, conservadoras y retrógradas que ha dado el cine (y la televisión) en los últimos años. Luego no resulta nada extraño que con un par de esta guise acabe asociado un director como Adrian Lyne, quien a través de su propia trayectoria profesional se embarcaría en impartir lecciones de ética y moral. A saber:

  • Nine ½ Weeks demostraba que si conoces a alguien y liberas una pasión desenfrenada no esperes que la relación dure más allá de dos meses,
  • Fatal Attraction advertía terroríficamente sobre los peligros del adulterio,
  • Jacob's Ladder le quitaba hierro al asunto a los experimentos sobre drogas que se habían realizado con soldados en la guerra de Vietnam -poco más recuerdo de la película, salvo que esta ya me molestó mucho-,
  • Indecent Proposal reincidía sobre la fidelidad en la pareja y lo malo que era un señor que pretendía acostarse con la mujer del prójimo quien acababan irremediablemente sólido por mucha pasta que tuviera y por muy bien que fornicara,
  • Lolita ni me molesté en ir a verla, con la novela de Vladimir Nabokov y la película de Stanley Kubrick tengo más que suficiente, no necesito que un mojigato me diga que está mal quedarse colgado de una adolescente,
  • Unfaithful, de esta ya ni te cuento, con un título tan explícito no puedo ni imaginarme lo que pretendía de contar, a pesar de que fuera una adaptación de un filme de Claude Chabrol.

Siempre me he preguntado ¿cómo es que a nadie se le ha ocurrido nunca abrir un club con un escenario como ese? Claramente el diseñador de producción, Charles Rosen, tan sólo respondía a unas necesidades prácticas para que no se viera la cara de la bailarina mientras hacía su número musical, por eso colocaba un gran panel iluminado desde atrás que favorecía el contraluz que impedía que el espectador se diera cuenta de que la que bailara no era realmente Jennifer Beals. Si el resultado era elegante y efectivo a la vez que novedoso y rompedor, en realidad también respondía a una tendencia de la época, de la que se aprovechaba igualmente su director de fotografía, Donald Peterman, que llenaba toda la película de fuertes claro-oscuros, aun cuando estaban en penumbra, como sucede en la secuencia del baile final. Y es que si la Flashdance pierde la batalla en moralidad, lo cierto en que la gana en estética, sobre todo cuando de cine de los años ochenta estamos hablando pues es absolutamente representativa de esa época.

No puedo remediar disfrutar con todos y cada uno de los números musicales de Flashdance, incluyendo el momento en que van al gimnasio y se escucha el mítico tema I Love Rock and Roll, interpretado por Joan Jett & The Blackhearts, y aunque la canción de la banda sonora que más me gusta sigue siendo el que interpreta Michael Sembello, Maniac, como casi la mayoría de los mortales una de las coreografías que más me gusta es la del tema He's a Dream. Verdaderamente quizás lo que más me gusta de Flashdance sea su banda sonora, o sus números musicales, pero en cualquier caso, tampoco me importa.