The Ides of March: el fin no justifica los medios

Seguro que todos estamos de acuerdo en el mensaje de The Ides of March, la última película escrita, producida, dirigida y protagonizada por George Clooney. En lo que probablemente podemos discrepar es en la efectividad de la película para convencer de la validez de su propuesta, es decir, en los métodos que el cineasta utiliza para desarrollar su relato que, desde mi punto de vista, denotan demasiadas buenas intenciones, para unos resultados algo cuestionables.

La mayoría de las veces que nos enfrentamos a una película dirigida por un actor, pareciera que fuera sometido a un examen algo más exhaustivo que si de cualquier otro director de cine se tratara. Si algunos como Robert Redford, Sean Penn o Barbra Streisand han superado de largo ese estigma, en el caso de George Clooney parece que se puede prescindir de ese examen tras sus tres títulos previos. Pero en The Ides of March, lo que delata al cineasta es un ligero empeño por hacer que su película parezca más una obra que un producto. En ocasiones también una característica común a algunos de esos actores convertidos en directores.

Esta percepción se desprende (o la interpreto) de la segunda secuencia de la película, que se cuela en la primera a través de un tema musical que después se revelará diegético, pero que no parece que tenga nada que ver realmente con la trama de la película, si no fuera para otra cosa que embellecer la secuencia. En un momento dado podría pensarse que se trata de una manera de vincular emocionalmente su película con aquella paranoia militar (y política) de Stanley Kubrick, pero una vez avanza la proyección acaba diluyéndose cualquier referencia a Dr. Strangelove or How I Learned to Stop Worrting and Love the Bomb.

Tampoco estamos hablando de una película mediocre. Todo lo contrario, es entretenida, con una fina fotografía, una banda sonora elegante y, sobre todo, un excepcional reparto. Desde Ryan Gosling al propio George Clooney. Pasando por las siempre efectivas y estimables aportaciones de Marisa Tomei, Paul Giamatti y Philip Seymour Hoffman. Y con una mención especial para Evan Rachel Wood, que transmite más y mejor que el sector masculino del reparto.

Quizás el problema de The Idus of March sea en la adaptación que George Clooney, Grant Heslov y Beau Willimon hacen de la obra de este último, que si por un lado dibuja unos personajes muy precisos y concretos, no acaba de encontrar un equilibrio entre lo que quiere contar y la manera de hacerlo. O lo que es lo mismo, acaba desbordado por un exceso de palabras en detrimento de acciones que tardan demasiado en llegar. Para colmo, cuando las acciones llegan no consigue llegar a conmover o sorprender. Quizás ya estamos, desgraciadamente, acostumbrados a este tipo de escándalos. Dada la efectividad de los componentes del reparto, no me cabe ninguna duda de que todos ellos habrían sido capaces de aportar lo mismo con muchos menos diálogos que, en la mayoría de los casos, resultan meramente decorativos y altamente pretenciosos.

Quizás la historia hubiera tenido mucha más fuerza si su crítica se pudiera relacionar con alguna pugna política contemporánea. Ejemplos no le hubieran faltado. Pero Clooney decide ubicar a su político y su equipo en una tesitura neutral. Aunque se decanta por un lado político para desarrollar su historia, deja claro que su interés no es criticar político o partido alguno, sino el sistema en general. Una diplomacia que esconde la hipocresía de quien no parece querer mostrar sus cartas. Y quizás por eso, aunque su relato es interesante, no acaba de llegar con toda su contundencia.

2 estrellas