Moneyball: entre la la sopa de letras y la aritmética emocional

Siempre que alguien me pregunta sobre el tema de una película contesto de la misma manera: ¿acaso importa? Me da lo mismo si es de género o de autor, drama o acción, que gire en torno al mundo de las finanzas o sobre universo femenino, adaptación o historia original. Lo que hace que una película me resulte interesante o no, siempre es la manera en la que un cineasta transmite la historia que quiere contar.

Million Dollar Baby, The Blind Side o Rocky son películas que se desarrollan en ambientes deportivos, pero en las que lo más importante son siempre los conflictos personales de sus protagonistas. Por eso no me importó en absoluto que Moneyball, la última película dirigida por Bennett Miller, girara en torno al deporte más aburrido del mundo. Al menos para el que no juega y desde luego siempre desde mi punto de vista, de hecho, creo que la película encajaría más dentro de un ciclo dedicado a las matemáticas que al béisbol.

Avalada con seis nominaciones a los premios Oscar, me sucede casi lo mismo que con otras películas nominadas este año en la categoría de mejor película pues si Moneyball no deja de ser una película interesante y hasta entretenida, también resulta larga, pesada y un tanto esclavizada por demasiadas palabras para tan pocas acciones. Una tara que ya se percibía en el texto previo de Aaron Sorkin, The Social Network, pero que mientras en la película que dirigía David Fincher se las ingeniaba para jugar con los saltos temporales a tres bandas manteniendo la atención del espectador hasta el final de la historia, aquí tan sólo nos encontramos con algunos racontos que no alteran ni aportan nada a la línea argumental principal.

Si acaso aclaran la estupidez del personaje principal que pudiendo elegir entre estudiar en la Universidad y jugar al béisbol, elige lo segundo -en lo que me parece la vía rápida- para descubrir posteriormente que había cometido una equivocación. Curiosamente, una premisa nuevamente similar a la del personaje protagonista de The Social Network, que ciertamente también tiene una estructura inductiva teniendo que llagar al final de la historia tanto para descubrir los motivos reales que llevan al protagonista a tomar las decisiones que toma, como para que termine contradiciendo la propia premisa racional que pone en práctica en el juego, venciendo el sentimiento en la cuestión principal (y no es spoiler).

Desde mi punto de vista, aunque el guión avanza con fluidez, delata que está pensado para un público que no esté familiarizado con el deporte sobre el que trata pues está demasiado contaminado de explicaciones forzadas que no sólo no aportan demasiado, sino que dilatan el ritmo de la película hasta dilapidarlo, particularmente el último tercio que se hace un poco pesado. Ni el conflicto personal del propio Billy Beane (Brad Pitt), ni las aportaciones humorísticas de Peter Brand (Jonah Hill), consiguen vitalizar el desarrollo de una trama demasiado centrada en los logros aritméticos. ¿Quizás sea esta la aportación de Steven Zaillian? Dicho de otra manera, las aportaciones sentimentales no consiguen hacer más entretenidas las premisas racionales.

Si Brat Pitt se esfuerza considerablemente, su interpretación no sólo no está de Oscar, sino mucho menos de nominación, pero sí que es cierto que me parece más lograda que incluso la de The Tree of Life. Admiro mucho a Jonah Hill y si bien celebro su nominación, también me parece un poco excesivo este reconocimiento, más que nada porque algunas de sus interpretaciones anteriores fueran mucho más destacadas. Quizás lo más impactante sea la transformación de Philip Seymour Hoffman, casi irreconocible en un principio, aunque lo más lamentable es la escasa presencia de una actriz tan estupenda como Robin Wright, que se deja ver en ¿¡una sola secuencia!? Quizás lo que más me haya gustado sea la interpretación de Madeleine G. Hall, que consigue realmente emocionar con sólo su voz y una guitarra -otra vez los actores infantiles.

2 estrellas