Placer Culpable: infierno, locura y cirugía estética en Death Becomes Her

Es rubia. Tiene los ojos azules. No habla idiomas. Al menos nunca la he visto en otra película en la que no hable inglés, aunque es capaz de imitar cualquier acento. Ya tiene dos Oscar y aspira a conseguir el tercero. Ni me acuerdo de cuantos Globos de Oro acumula. El público le adora. La crítica le alaba. Sus colegas le admiran. Pero tiene una espina. Si a lo largo de los años ochenta Meryl Streep desarrollara una sólida carrera a través de películas dramáticas, como Deer Hunter, Kramer versus Kramer, Sophie's Choice, Silkwood, Ironweed o Evil Angels; comedias románticas, como Falling in Love, Plenty o Heartburn; y grandes peliculones románticos en toda regla, como The French Lieutenant's Woman y Out of Africa; nunca ha conseguido realmente conseguir el favor del público como comediante.

La que fuera directora de Desperately Seeking Susan, reunía en 1989 a la simpar Rosanne, que acababa de convertirse en una estrella gracias a su serie de televisión y en la que era su primera película para la pantalla grande, con una de las actrices más grandes que había dado el cine en She-Devil. El resultado fue algo más que simpático. A mi, desde luego, me gustó mucho. Pero probablemente a muchos les pillaría de improvisto una película de este corte en el que Meryl Streep no te cortaba la respiración con su interpretación, sino que se lo pasaba tan bien como se lo debería pasar el espectador. A pesar de este traspiés, la actriz de New Jersey no se lo pensó mucho para, dos años después, participar en otro proyecto de corte similar, que podríamos considerar una excepción en la carrera de su director, Robert Zemeckis.

Alumno aventajado de Steven Spielberg y seguidor de los cineastas del Nuevo Hollywood, Robert Zemeckis desarrolla sus carrera en los años ochenta a través de la revitalización en clave cómica de los géneros favoritos de su mentor: el cine de aventuras, con Romancing the Stone, o la ciencia ficción, con Back to the Future, dejando constancia de su interés por la animación con Who Framed Roger Rabbit. Si después de Forrest Gump, auténtico punto de inflexión en su carrera, trataría de permanecer en la primera división cinematográfica con un cine "más serio", como fueran Contact, What Lies Beneath o Cast Away -su mejor título de este período-, volvería a la animación y a un cine de entretenimiento con Beowulf, Polar Express y A Christmas Carol. Quizás por eso a la mayoría de admiradores de cualquiera de estas etapas, le pase tan desapercibido un título como Death Becomes Her.

Robert Zemeckis no sólo se adelantaba a la era digital con unos estupendos efectos visuales -único Oscar de su película- que después perfeccionaría para Forrest Gump, sino que se adelantaba a la renovación de estética que tanto prolifera en las pantallas contemporáneas con un título absolutamente neogótico. También ponía en el punto de mira sobre lo que comenzaba a ser uno de los síntomas de la neurosis colectiva de la sociedad: el culto al bisturí. Y si Meryl Streep estaba espléndida, no menos lo estaban Goldie Hawn, Bruce Willis o una carismática Isabella Rossellini en una historia que comienza con la enemistad entre Mad (Meryl Streep) y Hell (Goldie Hawn) -la traducción literal de sus hipocorísticos sería "loca" e "infierno"- que se desencadena debido a que Hell le roba sistemáticamente todos sus novios a Mad, lo que desencadena un odio irracional de tal magnitud que le lleva a ser internada en el manicomio de One Flew over the Cockoo's Nest, literalmente.

Obsesionada con los estragos que la edad produce en su cuerpo Mad entra en contacto con una sociedad secreta que le restituirá las partes dañadas de su anatomía, dotándole de un cuerpo perfecto eternamente, siempre que tenga el suficiente cuidado como para cuidarlo. Una sociedad en la que ya forman parte personajes conocidos como Elvis Presiley, Marilyn Monroe, James Dean o su "querida amiga" Mad. Sin duda una historia de lo más peculiar para nacer de la pluma de dos guionistas como Martin Donovan -que firmaba el que sería uno de sus últimos trabajos para otros directores- o David Koepps -quien abandonaría su colaboración con Donovan para iniciar una espléndida carrera de la mano de Steven Spielberg, con algunas gloriosas colaboraciones con Brian De Palma, otro miembro de aquellos Cineastas del Nuevo Hollywood.

Cómo no iba a ser una delicia para un cinéfilo empedernido, como un servidor, una película con constantes referencias cinematográficas en la que sus cuatro protagonistas eran capaces de reirse de su propia imagen conviertiéndose Meryl Streep en la mejor peor actriz que fracasaba con su espectáculo en Broadway, la rubia ingenua Goldie Hawn en una brillante e independiente escritora, el intrépido Bruce Willis en un torpe cirujano que no daba tres en burro e Isabella Rossellini en la portadora del secreto de la eterna juventud, que de hecho le permitiera ser la imagen de Lancombe durante tantos años. Es posible que por su temática y estética, Death Becomes Her fuera un título más popular entre el público femenino que el masculino, pero por eso precisamente la he escogido como uno de mis placeres culpables.