The Girl with the Dragon Tattoo: media hora más para contar mucho menos

Lo primero que sorprende de The Girl with the Dragon Tattoo no es la aproximación visual con la que David Fincher ha abordado el guión que Steven Zaillian ha elaborado a partir de la novela de Stieg Larsson, ni los puntos de vista y matices que el guionista de The Schindler List ha aportado a una historia que todos conocemos de sobra, ya sea porque vimos la película o la miniserie o leímos la novela hace tan sólo un par de años. No. Lo que más sorprende de The Girl with the Dragon Tattoo es el descubrimiento de que en Suecia conviven sueco e inglés de la misma manera que lo hace el español con el vasco, el gallego y el catalán en el País Vasco, Galicia y Cataluña. Efectivamente, Steven Zaillian no ha realizado ningún cambio sustancial ni en los personajes ni en la ubicación de las acciones. Ni tan siquiera algo tan leve como que el periodista Mikael Blomkvist pase a llamarse Michael, siendo inglés o estadounidense, y justificando así que todo el mundo le hable en inglés. No. En Suecia, todos hablan inglés siempre y en todo momento, hasta cuando no hay ingleses delante.

Salvada esta primera sorpresa, cabría esperar que David Fincher, cineasta que proviene del mundo del videoclip y que ha creado filmes tan impactantes -para algunos- como Se7en o Fight Club-, fuera capaz de ofrecer algo más interesante visualmente que un planificación basada en plano-contraplano, muy similar a la que ofreciera Niels Arden Oplev en Män som hatear kvinnor, la película sueca. Lo cierto es que ambas resultan películas flojas, más o menos entretenidas, cuya fuerza o interés para continuar la proyección reside única y exclusivamente en el morbo del relato, pero que ninguno de los dos directores ha conseguido contar de una manera cinematográfica, tan sólo televisiva. No parece, de hecho, que la filmografía del sueco haya mejorado en absoluto, pero quizás esperaba algo más de un cineasta como David Fincher, tan cercano con sus obras previas a las posturas del futurismo cinematográfico.

Si quizás en una valoración comparativa me inclino más en favor de la película sueca, no es tanto por su calidad, sino detalles de construcción del relato como enlazar a Mikael Blomkvist con Lisbeth Salander de una manera más natural, o porque consigue una involucración emocional con el espectador mucho más consistente en secuencias como las del tutor o, lo más importante, porque cuando termina, termina. La adaptación de Steven Zaillian consigue estirar insoportablemente la larga larga larga resolución de la película durante treinta minutos en los que no sólo no se aporta nada, sino que consigue desvirtuar el personaje de Lisbeth Salander con un comportamiento patético e incomprensible ¿Lisbeth firmando una tarjeta de Navidad? ¿Lisbeth enamorándose así de esta manera? Ah, claro, que es una película para estadounidenses.

No recuerdo si era exactamente igual en la película sueca, pero una de las cosas que más gracia me ha hecho es la ligereza con la que se autodenominan nazis algunos personajes en la película. Lo que me lleva a aquel lío en el que se vio envuelto Lars von Trier en el festival de Cannes, y que no viene a demostrar que no es lo mismo decir que eres nazi en Escandinavia que en Fracia. Quizás así algunos puedan entender que en los países nórdicos no es algo tan grave como para rasgarse las vestiduras.

Algunos esperábamos mucho de la banda sonora compuesta por Trent Reznor y Atticus Ross, sobre todo después de que se llevaran un Oscar por su magnífica partitura para David Fincher en The Social Network. El caso es que en The Girl with the Dragon Tattoo no sólo pinchan estrepitosamente, sino que meten la pata hasta el fondo con una banda sonora que no aporta nada ni a la psicología de los personajes, ni a la atmósfera de la película. Quizás precisamente su mayor virtud sea la de pasar totalmente desapercibida.

No sucede lo mismo con las canciones que suenan de manera diegética dentro del relato, que consigue que, si uno ya encuentra raro que todos hablen en inglés siempre y en todo momento, te salgas de la película cuando suena una canción de Enya. Y no de su último álbum, no, sino aquel Orinoco Flow (Sail Away), que le hiciera tan famosa a finales de los años ochenta. Vale que se haya reeditado a finales de los noventa, pero ¿acaso llega ahora a Suecia o los Estados Unidos? La canción es muy bonita, me encanta, pero no encaja ni en la historia ni el en momento que se escucha. Habría estado mejor un tema de ABBA, puestos a retorcer emocionalmente al espectador o, por vinculación con Trent Reznor y alusiones nazis, mucho mejor Rammstein. ¡Dónde va aparar!

He dejado para el final a Rooney Mara. Lamentablemente para ella, y para el espectador, no sólo no consigue estar a la altura de Noomi Rapace, es que no llega a parecer algo más que una de esas adolescentes que son góticas un año y que, cuando le cambian de colegio o cuando se enfada con sus amigas, se vuelve la más pija del barrio o se une a cualquier otra tribu urbana con la que se cruce.

2 estrellas