The Artist: cine mudo no, cine antiguo sí

¿Qué es un artista? Hay palabras que se devalúan con el paso del tiempo, si originalmente y tal y como se recoge en el diccionario de la Real Academia Española un artista es una "persona dotada de la virtud y disposición necesaria para las bellas artes" o según otra acepción sería una "persona que actúa profesionalmente en un espectáculo teatral, cinematográfico, circense, etc, interpretando ante el público". Durante muchos años, el uso y abuso de esta palabra por folclóricas cabareteras y personas de dudosa reputación cuya capacidad no pasaba más allá de llamar la atención, ha devaluado enormemente el significado de esta palabra. De tal manera es así que hoy en día casi es más artista el que llega a fin de mes, particularmente cuando lo hace sin dar un palo al agua, como la mayoría de los "artistas" que pueblan la televisión. Y esta misma devaluación es la que podemos aplicar a una película tan mediocre como The Artist.

Por mucho que Michel Hazanavicius reclame que tenía como modelo Sunrise o City Lights, obras maestra de Murnau y Chaplin, respectivamente, siento decir que su película dista muchísimo de alcanzar la eficacia de cualquiera de estos dos títulos o de otros de Stroheim o Lubitsch, que fueron capaces de desarrollar con creces el lenguaje cinematográfico. The Artist desprecia esta evolución para instalarse en la misma tesitura de todas aquellas producciones cinematográficas de la época del cine mudo que no han llegado a nuestros días, no porque se perjudicaran sus negativos, sino por su mala calidad artística.

Si la proyección ya es aburrida de por sí, angustiosa resulta acompañada de la insoportable partitura creada por Ludovic Bource, que al igual que el director de la película no toma en cuenta toda la historia de la música del siglo XX para reproducir, no la misma música que acompañaba la proyección las películas del cine mudo, sino la de las mimas películas mediocres que impresionaron a Hazanavicius. Tan sólo es posible salvar un fragmento, el que suena en el clímax de la última secuencia de la película, pero claro, no está compuesto por él, sino por Bernard Herrmann, que la compusiera originalmente para una de las obras maestras de Alfred Hitchcock: Vertigo.

Incomprensiblemente alabada y premiada ha sido la interpretación de Jean Duardin por encima de la de Bérénice Bejo, algo que no logro entender pues si ella es capaz de imprimir de simpatía y sensibilidad a su personaje, él tan sólo consigue un personaje distante y antipático del que, al menos un servidor, no puede más que alegrarse de todas las desgracias que le suceden.

Al igual que sucede con los remakes, que suelen gustar a los que nunca vieron el original, si nunca has visto ninguna película de Greta Garbo no te darás cuenta de la apropiación de una de sus frases míticas: "I want to be alone", así como de aquella relación que la actriz mantuviera con John Gilbert -actor de moda en el cine mudo, venido a menos con el sonoro, al que la actriz exigió como protagonista para Queen Cristina- o intentan emular el aspecto físico de Gloria Swanson -que protagonizara en 1955 una de las obras maestras de Billy Wilder, Sunset Boulevard, en la que interpretara a una actriz del cine mudo olvidada con la llegada del sonoro-, obviando algún que otro anacronismo pues en The Artist pareciera que en 1930 todo el cine fuera directamente sonoro, cuando tan sólo fue el año que marca realmente el despertar, tras los primeros balbuceos de la películas de Alan Crosland, como Don Juan y The Jazz Singer, con la llegada de filmes internacionales como Sous le toit de Paris!, en Francia, Der Blaue Engel, en Alemania, o Hallelujah!, en los Estados Unidos.

De hecho, la única secuencia realmente interesante de toda la película, aquella en la que el protagonista evidencia que es incapaz de escuchar su propia voz, nos remite a un título posterior, Modern Times, dirigido por Charles Chaplin en un período en el que sí se rodaba ya todo con sonido, técnica a la que se resistió a sumarse hasta la década de los cuarenta con The Great Dictator. Lamentablemente, las posibilidades que ofrece este planteamiento diegético, que podría dar lugar a interesantes reflexiones metacinematográficas, es abandonado en favor de una historia previsible y excesivamente melodramática que hacen del espectador que aguanta la proyección completa el verdadero artista.

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