Dime con quien sales y te diré qué cine haces: Pedro y sus chicas Almodóvar (2)

No cabe duda que esta ha sido una semana para celebrar, por lo menos en lo que respecta a Pedro Almodóvar. En el momento en que acudía en Madrid a la presentación de un libro con una retrospectiva de toda su carrera se enteraba de que su última película, La piel que habito, había sido nominada por la asociación de Prensa Extranjera de Hollywood. Qué mejor momento para continuar con mi análisis personal hacia la obra del universal cineasta manchego que comenzara con la revisión de su etapa con Carmen Maura.

Reivindicando el estilo almodovariano

Todavía es pronto para valorar con coherencia la trayectoria completa del cineasta, más que nada porque no ha concluido y le queda mucho por decir, pero me atrevo a adelantar que la evolución de su filmografía se desarrolla de manera paralela a la evolución de la sociedad española. Si en el primer bloque, el de Carmen Maura, podíamos diferenciar dos etapas que coinciden con dos períodos políticos concretos de España correspondientes, el primero, con la transición democrática y, el segundo, desarrollándose a lo largo de la administración socialista. Podríamos decir que con la década de los noventa su cine parece querer decir al mundo que no sólo se habían acabado los oscuros años del franquismo, sino que España se había incorporado con rapidez y eficacia al ritmo que marcaba Europa.

Quizás por eso a partir de Mujeres al borde de un ataque de nervios su cine parece más un escaparate, apuntado ya con Matador, de la modernidad de la sociedad española, capaz de soportar que en un mismo año Madrid sea la capital cultural europea, que Sevilla albergue la Expo y que Barcelona se convierta en el escaparate mundial por obra y gracia de los Juegos Olímpicos. Incluso hasta las señoras de derechas abrazan sus extravagancias con cariño y lo que antaño se llamaban situaciones esperpénticas se rebautizan ahora como almodovarianas.

Con la seguridad que ofrece un reconocimiento internacional de la magnitud del que le otorga Mujeres al borde de un ataque de nervios, Pedro Almodóvar inicia esta segunda gran etapa en la que, tras cardar la lana, parece dispuesto a llevarse toda la fama a través, precisamente, de la reivindicación de ese universo almodovariano en el que se mezclan travestis, drogadictos, homosexuales y prostitutas con personajes de lo más castizo y cañí, ubicados ahora en un contexto que ya poco, o nada, tiene que ver con la realidad, de la que se irá alejando progresivamente, igual que la sociedad española.

Por que yo lo valgo: Victoria Abril

  • Átame! (1990)
  • Tacones lejanos (1991)
  • Kika (1993)

Tras la caída del muro de Berlín, Pedro Almodóvar, aprovechando que coinciden en la IV gala de los Goya, intenta el acercamiento con Carmen Maura. Ella era la presentadora de la gala y él acudía para entregar el Goya al mejor la mejor dirección, luego todos estábamos esperando el inevitable encuentro. Saltándose el guión y ante la expectación de todos los televidentes, Pedro le regala un fragmento del derribado muro de Berlín con la intención de derrumbar el que a ellos les separa. Carmen lo acepta con estupor y educación, pero sin perdón (su cara fue todo un poema). Ese mismo año Almodóvar presenta la que sería su primera película sin ella: Átame, en la que convierte a Victoria Abril en su primera musa post-Maura.

A mitad de camino entre Bus Stop (1956, Joshua Logan) y The collector (1965, William Wyler), Átame es también la primera reflexión verdaderamente metacinematográfica que encontraremos en su cine. En títulos previos ya había personajes que vinculados al munod profesional audiovisual, pero aquí propone una reflexión sobre el acto creativo a través de ese director que encarna Paco Rabal en silla de ruedas (¿así de invalido se sentía Pedro sin Carmen?), que enamorado de su heroína decide cambiar el final de su película en el último momento. Quizás se estaría disculpando ante el final de su propia película que en la época no fue comprendido por muchos.

Sin duda Antonio Banderas consigue el mejor de sus personajes, no ya en una película de Pedro Almodóvar, sino de toda su carrera. Lo que no impide que Victoria Abril logre una interpretación mucho más convincente y acertada transmitiendo mucho más que su compañero de reparto. Mención especial para Loles León, que tras irrumpir en el cine con un pequeño papel en Mujeres al borde de un ataque de nervios, demostraba aquí que era una actriz como la copa de un pino, hasta meando.

En su siguiente película, Tacones lejanos, que bebe de las fuentes de Höstsonaten (Sonata de otoño, 1978) de Ingmar Bergman, citada descaradamente en la película, y en la que aunque recurre a la presencia de una incondicional como Marisa Paredes, el peso de la acción vuelve a recaer en la todoterreno Victoria Abril. Si Átame no supuso más que un ligero bache para muchos de sus seguidores, la brecha comenzaba a abrirse en este título que aunque simpático parecía querer inclinarse más hacía el drama y lo trágico que hacia la comedia. Muchos no entendieron (entendimos) lo que quiso decir con la película (todavía me pregunto lo de Miguel Bosé).

La renovación de esta etapa también se produce en parte de su equipo técnico. Ya en Mujeres al borde de un ataque de nervios había sido "infiel" a Ángel Luis Fernández, que fuera director de fotografía de casi toda su etapa con Carmen Maura y al que probablemente había incorporado a su cine a propósito de Arrebato, pero que ahora cambiaba por el más reconocido y reputado José Luis Alcaine, que volvería a ser su director de fotografía en Átame. En esta línea también se despoja del que fuera compositor de todas sus bandas sonoras previas, Bernardo Bonezzi, recurriendo a compositores internacionales como Ennio Morricone que pasa totalmente desapercibido en la banda sonora de Átame, por lo que en Tacones lejanos prefiere aliarse con Ryuichi Sakamoto, que le sale rana y con el que tendrá grandes (e irreparables) discrepancias, lo que le lleva a prescindir de compositor en Kika.

No creo que muchos me vayan a llevar la contraria si considero Kika como el punto más bajo de toda su carrera cinematográfica. A mitad de camino entre Barton Fink (1991, Joel & Ethan Coen) y Bitter moon (1992, Roman Polanski) -no lo digo yo, es lo que él mismo manifiesta en una entrevista publicada en la revista Fotogramas, por aquella época todavía dedicada al cine y no al cotilleo cinematográfico (desde luego no encontré ni rastro de Barton Fink)-, lo que le anima para contratar a Peter Coyote, quien se cogería un tremendo rebote después de aprender español para que luego le doblaran.

También supuso la ruptura TOTAL con Victoria Abril. ¿Torturada con los modelitos creados por Jean-Paul Gaultier? ¿Sometida a una interpretación completamente artificial y alejada de su registro habitual? Lo cierto es que nunca han trascendido los motivos de la ruptura, pero la evidencia es que ella nunca ha vuelto a aparecer (hasta la fecha) en una película de Pedro Almodóvar, ni siquiera en un cameo como el que ya hiciera en La ley del deseo.

No creo que haga falta explicar los motivos que me llevan a escoger de esta etapa átame como su película más interesante que, en cualquier caso, no llegará a satisfacerme por completo. En su siguiente período veremos como Pedro Almodóvar se embarca en una búsqueda de una nueva musa que tras recuperar antiguas chicas Almodóvar como Marisa Paredes, Verónica Forqué o Cecilia Roth, le conducirá definitivamente hasta Penélope Cruz.