Placer culpable: «Dune», el Lynch maldito

La primera vez que vi "Dune" tendría catorce años. Recuerdo que formaba parte de un programa doble que se completaba con "Brasintorm", una película ciertamente interesante pero de naturaleza diferente. En aquella época todavía no había entrado en contacto con el fantástico universo de David Lynch, por lo que mi elección para comprar la entrada se basó enteramente en la película de Douglas Trumbul. Y a pesar de que ciertamente me gustó mucho la película protagonizada por Christopher Walken y Natalie Wood, lo cierto es que quedé fascinado por el barroco y extraño universo que David Lynch exploraba en "Dune".

También recuerdo que me encontré con una vecina que había llevado al cine a su hijo de diez años con la idea de que iba a ver una película de aventuras en la onda de "Star Wars", pero ni siquiera quiso terminar de ver la película. Y aunque con catorce años no fui capaz de entender la película en toda su magnitud, ni siquiera el conflicto de Paul Atreides (Kyle MacLachlan), lo cierto es que quedé fascinado con un universo tan moderno y metafísico, como ancestral y visceral. No me interesaron las secuencias de luchas y batallas, sino aquellas en las que se iban desarrollando los personajes. No me importaba saber quien iba a ganar a batalla, sino entender porqué se sucedían las traiciones y conflictos entre los protagonistas.

Quedé totalmente agredido y fascinado a partes iguales tanto por la desagradable apariencia física del barón Vladimir Harkonnen (Kenneth McMillan), como por su intrínseca maldad. Si en un principio quería ser como Paul Atreides, igual que le ocurre a Lady Jessica (Francesca Annis), posteriormente me invadiría el miedo y el desconcierto a partir de la evolución de su conversión de Paul a Muab'dib y después a Usul. Una transformación en la que va dejando atrás su inocencia para asumir su paso a la madurez, representado por la conquista de los gusanos, en una alusión visual y metafórica hacia el miembro viril. Qué decir de la especia melange y un concepto como el de plegar el espacio o el poder letal de un determinado sonido. Si mi lado emocional era capaz de entender lo que estaba sucediendo, mi lado racional no entendía nada. Y luego estaban esos personajes a los que se referían como los mentat, que parecía acumulaban en su mente conocimientos y sabiduría como para completar un sin fin de libros.

Y toda esta fascinación sin llegar a ver la película en su magnitud, no ya porque aquella primera vez la viera doblada, sino porque en el doblaje español habían limado una colección de maravillosos efectos de sonido diseñados por el propio David Lynch que conferían a su película de una inquietante y sobrecogiera atmósfera que sólo descubrí cuando años después, asistí a una proyección en versión original en la Filmoteca de Londres, como homenaje a Jack Nance, que había fallecido recientemente en insólitas circunstancias.

Volver a ver "Dune" después de haber visto "Blue Velvet", "Twin Peaks", "Wild at Heart", "Twin Peaks: Fire Walk With Me" y "Lost Highway", no sólo me sirvió para reafirmar mi fascinación por la primera película que viera del que hoy sigue siendo mi director favorito, sino que me permitió darme cuenta de que todas las características de su universo ya estaban plasmadas en su adaptación de la novela de Frank Herbert. Curiosamente en mis días por la capital británica descubriría una rara publicación, "Wrapped in Plastic", una especia de fanzine que me daría muchos detalles sobre su obra, además de mil curiosidades como que George Lucas le ofreciera dirigir "Return of the Jedi" antes de involucrarse en "Dune". Oferta que declinaría consciente de que no hubiera podido hacer una película personal, dado que estaba comprometida estética y formalmente a las dos obras previas que todos conocemos.

Más adelante leería el libro de Frank Herbert y para mi sorpresa, encontraría que la adaptación de David Lynch no sólo era muy fiel al original, sino que era capaz de traducir en imágenes algunos pasajes que en el libro parecían mucho más complicados. Quizás se alejaba del mensaje ecológico, que sí era más importante en la obra de Herbert, pero porque se centraba más en la pérdida de la inocencia de Paul Atreides, que era lo que más le interesaba al cineasta de esta historia. De hecho en su siguiente película, "Blue Velvet", volvería a reincidir sobre el mismo tema, aunque con una aproximación radicalmente diferente.

La única fisura que encontré en su adaptación era justamente la primera imagen que muestra tras el prólogo de la princesa Irulan (Virgina Madsen), en la que vemos a Paul Atreides consultando un aparato electrónico, que podríamos interpretar com una computadora. Un artilugio que estaba erradicado en la obra literaria, dado que todos los conocimientos estaban almacenados en los* mentat*, como Thufir Hawat (Freddie Jones). También es cierto que algunos puedan pensar que algunos conceptos de la película están sustraídos de "Star Wars". Concepto equivocado. Todos estaban ya en la obra original de Frank Herbert, publicada originalmente en 1965, cuando George Lucas contaba veintiún años y once James Cameron, otro que también sacaría buen provecho y tajada de la misma obra literaria.

Mucho se ha dicho también sobre el relativo fracaso de la película, atribuido injustamente a su director definitivo. Y digo injustamente porque cuando se hace la comparativa entre el presupuesto invertido en la película y su recaudación en taquilla, ninguna fuente menciona que todo ese presupuesto no es el que utilizara David Lynch para desarrollar su punto de vista. La mayor parte del despilfarro se había producido cuando Alejandro Jodorowsky lideraba el proyecto, en los años setenta, en un período de cinco años de preproducción en los que habría involucrado a figuras tan dispares como Orson Welles, Salvador Dalí, Pink Floyd, H.R. Giger y Moebius. Habría que esperar algunos años más hasta que Universal Studios se involucraran en el proyecto para poder completar la película, ya de la mano de David Lynch.

También es cierto que el metraje original de la película era bastante más largo, siendo cortado en beneficio de su exhibición comercial. Sí que es posible que Lynch tienda al exceso, pero de los cuatrocientos ochenta minutos del primer montaje, hasta los trescientos minutos en los que el propio cineasta dejara un segundo montaje hay bastante diferencia, y todavía más hasta los reducidos ciento veinticinco minutos del montaje con que se proyectó en su momento, que luego fueron ampliados a ciento treinta y siete en la versión doméstica. Lástima que no quede rastro, al menos, de ese segundo montaje del director, muchos estaríamos encantados de verlo. Desde luego no se debe confundir con una versión que circula en algunas ediciones en DVD que alcanza los ciento cincuenta minutos, se trata de un infame montaje no autorizado por David Lynch, del que hizo quitar su nombre con toda la razón del mundo.

Muestra de la confianza que Dino De Laurentiis depositaría en la capacidad y la sensibilidad de David Lynch, sería el detalle de darle carta libre (y el soñado final cut) para completar su siguiente película: "Blue Velvet", una indiscutible obra maestra del cine postmoderno, que sigue influyendo a cineastas del mundo entero.