«Win Win», los intérpretes son los ganadores

Tom McCarthy ha demostrado, con sólo tres películas como director, que al menos sabe contar historias, algo que a día de hoy lamentablemente tenemos que agradecer porque no encontramos tantos ejemplos como deberían. Además sus historias son muy características: son personas normales y corrientes que sufren algún tipo de problema interior que les influye en su vida exterior, aunque todo ello lo oculten bajo una máscara de absoluta normalidad. Todo esto cambia cuando se introduce un elemento nuevo y completamente diferente que les hace replantearse sus vidas y si lo que habían hecho hasta entonces es lo correcto.

Esto es justo lo que ocurre en "Win Win": Paul Giamatti es un abogado obsesionado con ayudar a la gente, algo que no es muy viable económicamente, pero que encuentra en entrenar chavales para lucha libre su vía de escape. Sin embargo la frustración que siente al no ver recompensado su trabajo entrenándoles desaparece cuando se ve obligado a acoger a un chico que es todo un maestro en este deporte.

Evidentemente la historia tiene mucho más pero no os la quiero destripar demasiado. Y es que las cintas de McCarthy comienzan desde un punto que mediante el clásico método de introducción-nudo-desenlace acaba en algo completamente distinto. Todo esto hay que cogerlo con pinzas puesto que, aunque el argumento es elaborado y los arcos de transformación de los personajes complejos, también hay que reconocer que la historia en sí es tremendamente previsible. El director utiliza recursos demasiado manidos, resolviendo la trama y las subtramas de una forma bastante simple aunque efectiva, pero que después de comprobar cómo se desenvuelve en todo el metraje deja una sensación de que podía haber conseguido algo más.

Sin embargo si la película falla en la historia y el desarrollo de las subtramas, gana con los personajes, y mucho. Tanto el protagonista como el resto de secundarios que le acompañan están muy bien perfilados, bien trabajados e ideados, lo que aporta una gran riqueza al conjunto. Cada uno de ellos tiene un trabajo específico dentro de la historia, consiguiendo aportar grandes cosas y sobre todo muy variadas, teniendo en cuenta que cada uno de ellos es diferente al resto. Aunque a veces las decisiones que toman son un poco antinaturales teniendo en cuenta como nos los definen, son errores menores que no cambian su buen trabajo.

Pero aparte del gran trabajo del guión, también hay que reconocer que a esto ayuda mucho las buenas interpretaciones del reparto. Desde el protagonista, Paul Giamatti, hasta el secundario que menos aparece en la cinta, todos saben cuál es su papel y cómo interpretarlo de manera correcta, y eso ayuda mucho al espectador a transmitir una sensación de naturalidad, de que lo que estamos viendo puede ser real, algo capital para entrar dentro de una película. Giamatti está como casi siempre: con un personaje dramático pero que sabe cuándo aportar los toques cómicos sin que parezca forzado.

Además McCarthy se ha sabido rodear de grandes secundarios que siempre tienen mucho que aportar a una película. Entre ellos destacan Amy Ryan y el siempre cumplidor Jeffrey Tambor, que sólo con un gesto puede hacer que nos partamos de risa. Un sorprendente descubrimiento ha sido Alex Shaffer, que tiene un debut cinematográfico verdaderamente remarcable como el chico de problemas familiares que tiene a la lucha libre como su mayor vocación.

Por lo tanto, tenemos una película entretenida que se deja ver, con un buen reparto con grandes interpretaciones que sin duda representar lo mejor de la obra. Pero el conjunto tiene ese aire a refrito que en todo momento nos da la sensación de que ya lo hemos visto en numerosas ocasiones. Igualmente es una película recomendable, especialmente por algunos gags verdaderamente graciosos.

3 estrellas

Fotos: Ktarsis & CinemaSeries