La insoportable depresión de «The Beaver»

"The Beaver" constituye la tercera película como directora de Jodie Foster, que, vuelve a centrarse en la familia como tema principal. Con un reparto encabezado por Mel Gibson y ella misma, también incluye las interesantes interpretaciones de Anton Yelchin y Jennifer Lawrence, que a pesar de que se muestran como una pareja más interesante que la primera, no consiguen hacer que la película remonte la irrupción de una sucia marioneta en la forma de un castor.

Y es que ya desde la primera secuencia, a un servidor, se le atraganta la película por causa de un pleonasmo consistente en explicar a través de una voice over lo que unas imágenes muestran exacta y milimétricamente, no dejando lugar al espectador a sacar sus propias conclusiones y tratando de manipular lo que debe sentir por unos y otros personajes. También se muestra muy artificial en el transcurso de sus primeros pasos, pues más que obvio que en el momento en que Walter Black (Mel Gibson) se encuentra con la marioneta en la basura va a volver a cogerla.

Asimismo, una secuencia como el predecible y fallido intento de suicidio pone de manifiesto la falsedad y sobreactuación del actor que cuando quiere ser gracioso, no es otra cosa que patético. Pareciera realmente que el único motivo por el que Jodie Foster le hubiera reclutado para su película sea aquel recuerdo que guardaba de sus besos, de cuando rodaran juntos "Maverick". ¿Sería aquel el momento en el que la actriz decidiera hacerse lesbiana? A lo mejor esa crisis de la familia, que tanto ha aireado que trataba su película, ocultaba en realidad la suya propia y tan sólo quería volver a besar al actor para comprobar si su condición sexual seguía siendo la misma.

Bromas aparte, lo cierto es que da la impresión de que Jodie Foster, en su rol de directora, no llega a creerse realmente que el castor esté vivo, que sea real. No transmitiéndolo así tampoco al espectador que, como ella y su personaje, sólo verá un pedazo de trapo que (casi) nunca disocia visualmente de su interlocutor. De esta manera el espectador nunca llega a asimilar al castor como un personaje más, independiente. Igual Jodie Foster no es consciente de un recurso como la prosopopeya, que le permite atribuir sentimientos y emociones humanos a objetos inanimados, exactamente igual que hace el protagonista con su compañero.

Es una verdadera pena que haya quedado en un segundo plano la relación que mantiene la otra pareja de la película, la que forman Porter Black (Anton Yelchin), junto a su compañera de clase Norah (Jennifer Lawrence). Mucho más interesantes psicológicamente, así como mejor definidos sus conflictos internos y, por supuesto, bastante mejor interpretados que la pareja protagonista, ellos serán los encargados de transmitir la tesis que esconde realmente la película, a través de una estructura inductiva que hará que conozcamos el objetivo real que la directora nos quería transmitir, sólo al final de la película, cuando casi todo nuestro interés se ha perdido por el camino.

2 estrellas