«La piel que habito» y que vomito

Pedro Almodóvar presentó ayer en Madrid "La piel que habito". Un pase de prensa inusual pues no había ningún periodista, sólo blogueros. En un detalle hacia los asistentes, el propio director acudió para presentar la película. Consciente de que su apuesta es muy arriesgada nos pidió que no escribiéramos inmediatamente lo que opinábamos de la película, sino que dejáramos que reposara, para escribir a la mañana siguiente. Sugerencia que he seguido, pero que mucho me temo, en mi caso, tan sólo ha servido para confirmar mi sentimiento al concluir la película. Y si acaso para aplacar el ataque de ansiedad que sufrí ante tamaña patraña.

A pesar de que tenía mis reservas sobre "La piel que habito", particularmente por las similitudes que guardaba con "Les yeux sans visage", la película de George Franju, y agradecido también por el detalle de Pedro, me decidí a disfrutar de la película asumiendo que iba a ver muchas referencias cinematográficas. Debo decir que en ese sentido la película me sorprendió pues habiendo referencias, consigue que sólo permanezcan en la tesitura del homenaje visual, pero no argumental. Quizás por eso me sorprende otro tipo de referencias más profundas, que Almodóvar se guarda muy bien de mencionar, pero que me parecen bastante más interesantes, como la fuerte influencia de "The Silence of the Lambs" y ese traje que Buffalo Bill (Ted Levine) pretendía hacerse con la piel de las jóvenes que secuestraba, para hacerse su propia traje de mujer en el que habitar.

Una de las características que también destacan de "La piel que habito" es que, en consonancia con su deseo de hacer una película cerrada y claustrofobia, el cineasta manchego consigue despojarse de todo rastro de su característico séquito de chicas Almodóvar, puliendo su discurso como nunca hasta ahora había conseguido, salvo cada vez que muestra imágenes en un televisor en donde aflora su regusto hortera y kitsch. De hecho, pareciera que en "La piel que habito" conviven visualmente esos dos polos que parecen atraer de siempre al cineasta consiguiendo un entorno tan clásico y castizo como moderno y contemporáneo, aunque acaban colándose elementos como el disfraz de tigre de Zeca (Roberto Álamo). Y es que, si hasta el momento en que irrumpe este personaje en acción, estaba realmente expectante al transcurso de los hechos, a partir de ahí todo se desmorona para un servidor.

En sus películas recientes, Pedro Almodóvar, retomaba el discurso de algunas de las películas de su primera etapa. En "La mala educación" volvía sobre "la ley del deseo", en "Volver" regresaba al universo de "Qué he hecho yo para merecer esto", en "Los abrazos rotos" se reencontraba con sus "Mujeres al borde de un ataque de nervios". Aprovechando a Antonio Banderas, regresa sobre la premisa de "Átame", sobre la que planeaba la alargada sombra de "The Collector", la fabulosa película de William Wyler en la que un joven trastornado secuestra a una jovencita con la intención de que se enamore de él, tanto como él lo está de ella. No es mi intención desvelar los entresijos de "La piel que habito", pero pareciera que en un retorcido e insólito giro de tuerca y adelantándose al "Carnage" de Roman Polanski, Almodóvar quisiera difuminar las fronteras entre delito y castigo, víctima y criminal. Equivocándose rotundamente en las formas pues al alterar el orden en el que suceden los hechos, no consigue más que hacer predecible un patético desenlace.

Eso sí, se agradece que el tono no sea grandilocuente y que ciertamente nos encontremos ante una película humilde y nada pretenciosa. Quizás sea que traspasa la pantalla el desmesurado esfuerzo del cineasta por lograr sus objetivos, aunque resulta batante lamentable notar que pretenda refugiarse en el manido discurso de que a un artista le está permitido todo en aras de su arte. Se empeña en mostrar referencias como autores, libros y artistas, como si la validez de estos fuera a extrapolarse a su propia obra. Incluso se refugia en los espléndidos graffitis de su personaje, que llega a escribir "Me refugio en el arte". Cierto es que le exigimos demasiado, pero, es lo que tiene haberse convertido en el cineasta español más internacional del panorama contemporáneo -con Alejandro Amenábar no sería, desde luego, tan considerado.

A pesar de que Elena Anaya y Marisa Paredes se entregan, como cabía esperar, en cuerpo y alma, Almodóvar se equivoca en el reparto. Sólo en uno. Pero queda patente en la secuencia que comparten Antonio Banderas y Eduard Fernández que sus respectivos lugares en la mesa en la que se encuentran están cambiados. Un actor como Eduard Fernández está mucho más capacitado para transmitir la complejidad de un personaje como Robert Ledgard, a mi entender, marido descuidado, padre negligente y médico desquiciado. Las caras que pone Antonio Banderas no llega más que a dibujar una caricatura que no beneficia en nada a las pretensiones del cineasta. Se equivoca sobremanera, no con Roberto Álamo, que defiende bastante bien su patético personaje, Zeca, el brasileño salvaje disfrazado de tigre, sino al introducirle disfrazado de esa manera, evidenciando la artificialidad de la historia, y obligándole después a realizar todas esas inverosímiles acciones a las que le obliga.

Despistan pequeños detalles como la ubicación de la historia ¿es realmente importante que transcurra en Toledo? ¿Entonces por qué leen La Vanguardia? Si en el Círculo de Bellas Artes están celebrando el carnaval, entiendo que estamos en febrero, pero parece que Toledo se encuentra en el hemisferio Sur y es verano. Pero esto son menudencias comparado con las tremendas elipsis que sujetan con pinzas lagunas que, quizás, habrían ayudado a entender las decisiones de algunos personajes si las hubiera mostrado. No quiero ni voy a revelarlas, dejaré que las descubran ustedes.

La banda sonora compuesta por Alberto Iglesias me encanta, es molona y supercontemporánea. Pero no la entiendo dentro de la película. Al igual que ese empeño en mostrar acción y pistolas como si estuviéramos en el viejo oeste. También se equivoca con el director de fotografía, José Luis Alcaine, cuya luz no parece aportar lo que realmente necesita la película, más sombras que luz. Desde luego la supuesta influencia expresionista no la veo por ninguna parte. Aunque gran parte de la falta de conexión debe proceder de José Salcedo, montador de la película, que quizás alarga demasiado momentos expresivos, que acaban por caer por su propio peso.

Pareciera que Pedro Almodóvar quisiera mostrarnos lo más bajo a lo que puede llegar el ser humano, pero sólo consigue mostramos el peldaño más bajo de toda su filmografía. El final me da risa, mucha risa y vergüenza, mucha vergüenza. Intuyo que no nos llaman para la próxima.
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